17 de noviembre de 1958. Lunes. Vale la pena

Durante el viaje de vuelta, en el avión, le escribió a Encarnita unas breves líneas en una postal: "Viaje estupendo. Todo muy bien. Estoy a punto de llegar y dispuesta a 'todo', que vale la pena. Montse".

"La postal desde el avión -comenta Encarnita-, con aquel dispuesta a 'todo' porque vale la pena, era su respuesta a la conversación que habíamos tenido".

El día 17 por la noche estaba de nuevo en Barcelona. Volvía agotada y sin fuerzas, y descendió del avión del brazo de una azafata que la ayudó a caminar. "No parecía la misma -recuerda Lía-. Estaba mareada, y tuvimos que recostarla un rato en los asientos del aeropuerto para que descansase. Venía muy impresionada por todo lo que había oído y vivido".

La llevaron, entre muchos cuidados, a la casa. Allí, mientras los mayores la ayudaban a acostarse, los hermanos pequeños se abalanzaron sobre las maletas. ¡Regalos! ¡Allí estaban los regalos! Había un pequeño recuerdo para cada uno. Ignacio no hacia nada más que recontar, una y otra vez, sus nuevas chapas...

Entre los pequeños obsequios que trajo estaban dos borricos con alforjas, de distinto tamaño: "Me han dicho -le comentó a Carmen Salgado- que tengo que llenar las alforjas de cosas pequeñas". Esas palabras evocaban aquel punto de "Camino": "Porque fuiste 'in pauca fidelis' -fiel en lo poco-, entra en el gozo de tu Señor. -Son palabras de Cristo. -'In pauca fidelis!...' -¿Desdeñarás ahora las cosas pequeñas si se promete la gloria a quienes las guardan?"

Y añadía con gracia, mientras metía el dedo en las alforjas del borrico pequeño:

-"Este todavía; pero lo que es el otro..."

"Estaba muy contenta -cuenta su madre- y con ganas de contar cosas: las peripecias del viaje, sus impresiones de Roma y de Villa Sacchetti, la medalla del Colegio Romano de Santa María que le había dado el Padre... 'El Padre -repetía- la sacó del bolsillo, la bendijo, la besó y me la dio'.

También nos contó que el Padre había hecho que le cambiaran el billete de vuelta para que no tuviera que hacer escala en ningún sitio; y que les había dicho a las que la atendían que se las arreglaran como quisieran, pero que la tenían que dejar sentada y bien acomodada en el avión. Fueron Pepa, Sabina Alandes y Gabriella Filippone a despedirla y Montse nos contaba divertida como lograron acomodarla en el propio avión a pesar de todas las pegas que les iban poniendo en los diferentes controles; pero el caso es que la acompañaron hasta allí.

Sin embargo, a pesar de todas las incomodidades que padeció, aquel viaje a Roma la ayudó espiritualmente muchísimo y se lo agradecía constantemente a Dios. Me lo dijo en más de una ocasión, sobre todo cuando se la veía sufrir. Muchas veces estábamos calladas en su habitación y de pronto me miraba y me decía:

-¡Qué suerte, mamá, aquellos días!"

En Roma, su alegría en medio del sufrimiento había dejado una huella profunda. Rezaban por ella y, como se lee en el Diario, "queremos ayudarla para que sea muy santa, para que aproveche mucho sus dolores, para que lleve su enfermedad con garbo. (...) Su serenidad, su alegría, sus dolores vividos con tanta paz nos impresionaron".

El martes se quedó descansando, sin salir de su casa, para reponerse del viaje. "Esa tarde -cuenta María del Carmen Delclaux- fui a hacerle un rato de compañía. Me habían dicho que no le preguntara nada de Roma, para que descansara y con ese propósito iba... pero en cuanto me vio, saltó de la cama y, cojeando, me llevó a una vitrina de la habitación de al lado y me enseñó todo lo que había traído de Roma. Yo le decía que descansara, que ya me lo daría, pero ella me decía que no: tenía una ilusión loca por contármelo todo y por darme una estampa de Juan XXIII que me había traído de recuerdo; y con esa ilusión se le quitaba el cansancio. Eso le pasaba mucho: a veces estaba muy cansada y cuando había un motivo de caridad, reaccionaba como si no le costara nada..."

A los pocos días, se levantó para contar su aventura romana a las que iban por Llar; empezaba y no paraba: que si Roma era así, que si había conocido a ésta y a la otra, que si el Padre le había dicho que... Les trajo también algunos regalos que le habían dado en Roma para ellas: una fotografía de la hermana del Fundador que les enviaba Encarnita, un florero de porcelana que acabó en un lugar de privilegio del comedor, y algunos rosarios para las que vivían allí. Trajo también una pequeña pata de fieltro: "Es de tía Carmen -explicaba-, la llevaban en el coche y se la pedí". Aunque la pierna le dolía cada vez más, se la veía contenta y feliz. Y esa alegría se refleja en la carta que le escribió a Encarnita desde la cama, dos días después de regresar.

"Querida Encarnita: 19.XI.58

Supongo habrás recibido la postal que te mandé en el mismo avión Iberia, en la que te decía que había tenido, en pocas palabras, un viaje estupendo. La azafata se portó muy bien conmigo y no hubo ningún percance en todo el trayecto.

También supongo que te habrán contado las interesadas las peripecias que pasaron para poderse colar y acompañarme hasta el avión, cosa que consiguió Sabina, hasta allá mismo, o sea que todo fue estupendo (...).

Encarnita, me voy a ordenar y a contar todas las cosas a medida que fueron sucediendo: llegué al aeropuerto, y lo primero que vi fue a un grupito de gente que empezaron a llamarme; bueno, en realidad no vi, sino que oí, pues ya era completamente de noche y no se veía nada; pero pude distinguir gritos familiares que me llenaron de ilusión. Estaban papá, mamá, la abuelita, Lía y Enrique, mi hermano mayor, que aquel día, como tenían fiesta, se había hecho el vivales y me vino a esperar. Di abrazos y besos a todo el mundo y seguidamente ya empecé a hablar, pero de todas formas fueron muy comprensivos conmigo y nada más les conté lo más inmediato, que era el viaje. Cuando llegué a casa, a pesar de todos los pesares, pues mamá no quería que empezase a abrir cosas, fue imposible, pues además a mí también me hacía muchísima ilusión; de allí salió de todo: globos, chiclets, caramelos, chapas... Ignacio estaba como loco de contento: no hacía más que contarlas y recontarlas. Y luego ya vino lo más gordo, que como ya lo sabes, no te lo digo, ¿no te parece? En este momento no había nadie en mi habitación y estábamos papá, mamá y Montse Amat, que nada más llegar llamó ella y cuando supo que teníamos cosas para Monterols, le faltó tiempo para ponerse el abrigo y decírselo a Tere, y ya estaba en casa. Estaba contentísima con su estampa y con todo lo que le pude contar en aquel ratito, que como te puedes suponer fue lo mejor y lo más importante.

El día siguiente me lo pasé todo en cama, porque según mamá tenía que reponerme, pero por lo demás estoy como nunca, te lo aseguro. Este día vino Ana Suriol por la mañana y por la tarde Carmen Salgado, Lía y Pili, que por cierto su padre creo que se encuentra algo mejor, y además llevando su enfermedad muy bien, yo lo estoy encomendando mucho. Y finalmente hoy, para variar, estoy en cama, pero nada más para descansar; estoy estupenda y encomendándoos a todas muchísimo. Cada misterio que rezo es una lucha titánica porque no sé a quién encomendar primero; me acuerdo muchísimo de todas vosotras y del Padre. Díselo Encarnita, si puedes, claro está...

Montse"

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