Jueves, 13 de noviembre. El encuentro con el Padre

"Al día siguiente -sigue contando Pepa- jueves, a las diez y media de la mañana, llegamos a Villa Sacchetti, donde la recibió el Padre".

Montse quiso ponerse para la ocasión sus mejores galas: "llevaba zapatos de tacón -cuenta Encarnita-, aunque por su enfermedad le suponía esfuerzo, y estrenaba un jersey azul pálido que le favorecía mucho".

"El Padre -prosigue Encarnita- le preguntó por el viaje, por sus padres y hermanos. Le agradeció los dos ejemplares de 'Camino' que le había encuadernado... También le preguntó qué había visto de Roma y qué le habíamos enseñado de la casa Central. Le dijo que pidiera a Dios la salud, porque la salud es una cosa buena, y que le prometiera que si se la concedía, sería siempre fiel. Pero que añadiera que aceptaba plenamente su Voluntad".

"El Padre -cuenta Manolita- le dijo que él quería que se curara y que rezaría para que se pusiese buena, aunque aceptaba en todo la Voluntad de Dios. Y eso mismo se lo volvió a decir aquella mañana por teléfono a Encarnita. Quería -y le insistió mucho en esto- que Montse supiera que él deseaba con toda su alma que se curase... En la sala de sesiones de la Asesoría le regaló un rosario, una estampa y una medalla. Y quiso hacerse esta fotografía, con ella, en lo que llaman la Galleria del Torreone, junto con don Alvaro. A su derecha en la foto está Icíar y a su izquierda, mirando al Padre, Encarnita".

"Después de hacer la fotografía -prosigue Encarnita-, pasamos al comedor de la Villa, que está muy cerca de la galería. El Padre se puso las gafas de sol para ocultar lo emocionado que estaba, y dijo que iba a darle la bendición".

Esa emoción del Fundador del Opus Dei es fácilmente comprensible. ¡Le habían hablado tanto de esta hija suya, de su fidelidad al espíritu del Opus Dei, y del modo heroico con el que soportaba los sufrimientos de su enfermedad! Debió ser conmovedor y muy duro al mismo tiempo para Mons. Escrivá aquel encuentro con aquella chica joven de diecisiete años, a la que Dios se quería llevar ¡tan pronto!, cuando el Opus Dei necesitaba tantos brazos y tantas energías jóvenes en servicio de Dios y de la Iglesia... Dios se había llevado también en la plenitud de la vida a algunos de los primeros: María Ignacia, Isidoro... cuando pensaba que más falta le hacían. Y hacía poco tiempo se había llevado a su hermana Carmen... Pero Dios sabía más.

El Padre -cuenta Encarnita- dijo que iba a darle la bendición. Montse hizo ademán de arrodillarse y el Padre no se lo consintió. Le puso las manos sobre su cabeza y después le hizo la señal de la Cruz en la frente y le ayudó a besarle la mano".

"Le dio la mano a besar -explica el Diario de la Administración de Villa Sacchetti-, pero ella no se dio cuenta. Entonces (el Padre) le hizo una cruz en la frente, y le puso su mano entre las de ella y se la llevó a los labios".

"Cuando le dio la bendición -se lee en ese Diario- (el Padre) le dijo: 'Molestias, hija mía, las tienes y las tendrás, pero tú ofrece éstas por tus padres, por tus hermanas, por la Obra y por mí'.

Luego le dijo: 'Tú pide al Señor que se cumpla su Voluntad, pero que si El quiere, puedas ponerte bien. Y prométele que desde ahora serás siempre muy fiel'".

"Al marcharse -concluye Encarnita- se volvió desde la puerta y estuvo unos segundos mirando entrañablemente y con inmenso cariño a esa hija suya".

Una carta desde Roma

Tras aquel encuentro con el Fundador le enseñaron la Sede central del Opus Dei, en particular los Oratorios del Corazón de María y del Santo Cristo, con columnas de líneas sencillas, de mármol de color verde, en contraste con los capiteles blancos. Frente al Sagrario, en el centro de la sillería, se venera una imagen de la Virgen sentada, con el Niño entre los brazos, de mármol blanco débilmente veteado.

Conchita Puig, que la conocía de Seva, la acompañaba, apoyada en su brazo, y advirtió que Montse "estaba muy caliente, tenía fiebre; en la sacristía se sentó en un taburete, le llevamos un vaso de agua y tomó un medicamento. Estaba maravillada y feliz de ver todas aquellas cosas tan bonitas y cuidadas".

Encendieron todas las luces para que pudiera contemplar las vidrieras que hacían brillar, al iluminarse, un escudo con el sello del Opus Dei -una cruz inscrita en un círculo, significando la cruz en las entrañas del mundo- y el retablo en el que, en un tríptico, se representa, al estilo del quattrocento, la Crucifixión del Señor. La Virgen está de pie, junto a la Cruz, como evoca el punto 508 de "Camino":

"Admira la reciedumbre de Santa María: al pie de la Cruz, con el mayor dolor humano -no hay dolor como su dolor-, llena de fortaleza.

-Y pídele de esa reciedumbre, para que sepas también estar junto a la Cruz".

Aquel día almorzó con las alumnas del Colegio Romano de Santa María, y estuvo un rato de tertulia con ellas. "Siempre está riendo y animando a todas", escribió una en el diario aquel día. Durante aquella reunión de ambiente familiar y distendido, Encarnita se sentó a su lado y fue contándole cosas de unas y otras, mientras algunas cantaban canciones de diversas regiones.

Montse, como buena catalana, quiso cantar unos aires de su tierra ayudada por Conchita Puig y Teresa Negre, que recuerda: "En el transcurso de la tertulia, dijo que podíamos cantar una canción en catalán. Creo que fue 'Muntanyes del Canigó'".

Mientras cantaban, la miraban con cierta tristeza, sabiendo que muy posiblemente, salvo que Dios hiciera un milagro, no la volverían a ver; y aunque se esforzaban, les resultaba difícil estar a su lado como si no pasara nada. Montse se daba cuenta de esto y procuraba pasar inadvertida. "Ni una sola vez hizo alusión a su enfermedad", cuenta Manolita Ortiz.

Hubo un momento especialmente emotivo. Al acabar una canción, durante unos segundos todas se quedaron en silencio mirándola. Ella salvó la situación proponiéndoles cantar un villancico. Todavía faltaban unas semanas para las Navidades, pero ¿qué importaba? Empezaron a cantar:

Soy una mula, mi Niño, mi Niño,

pero te quiero, te quiero...

Niño, móntate a caballo, a caballo,

iremos por el sendero.

Yo te enseñaré la tierra,

tú me enseñarás el Cielo...

Y les mostró el regalo que le había hecho el Fundador. "Nos enseñó emocionada -se lee en el Diario- la medalla del Colegio Romano de Santa María que esta mañana le regalara el Padre. Al mirar la imagen de la Virgen Regina Operis Dei que está en el anverso, decíamos, encomendando fuerte (...): 'iter para tutum'", prepárale un camino seguro... Durante la tertulia le hicieron esta fotografía:

"Ese día -sigue contando Pepa-, después de comer, y para que descansara, le alojaron en una habitación que hay detrás del soggiorno de la Montagnola. Aprovechó el momento para escribir a sus padres". "Hablaba con un cariño inmenso de sus padres y hermanos -recuerda Encarnita-. Se notaba que formaban una familia muy unida". La primera carta la dirigió a su madre, que había aprovechado la breve ausencia de su hija para hacer un Curso de Retiro.

"Querida mamá:

En estos momentos estoy en el Soggiorno de la Montagnola. Ya he visto al Padre.

Bueno, te lo voy a explicar todo desde el principio, para que te des más cuenta de todo lo que voy conociendo. Por la mañana me han venido a buscar en coche a la Región, pues no vivo en Villa Sacchetti. A eso de las 11 ya (estaba) había llegado y enseguida empecé a ver cosas, y todas ellas ¡tan bonitas! El Oratorio del Santo Cristo es precioso, no se puede explicar por carta; así es que ya te lo explicaré de palabra cuando llegue. Al lado mismo está el Oratorio del Corazón de María, también preciosísimo. Luego, enseguida de haber visto esto, bajó Encarnita y nos dirigimos al salón donde el Padre recibe (...).

Allí esperamos como unos 2 ó 3 minutos y llegó el Padre con don Alvaro. Fue tan emocionante: es tan sencillo el Padre que por eso te impresiona muchísimo más (...) Enseguida se acercó a mí (...), nos sentamos y el Padre mandó buscar a Icíar. Vino volando. Mientras tanto el Padre me iba preguntando por mis padres, hermanos, etc. Yo le dije que estabais muy bien, y en cuanto llegó Icíar nos hizo pasar a una galería donde nos hicieron dos retratos para mandároslos a vosotros, o sea que papá ya los habrá recibido, fíjate qué detalle tuvo el Padre tan estupendo, ¿no te parece?

Esta carta la he interrumpido porque ha subido Encarnita al soggiorno y nos marchamos con Pepa a ver más cosas, y no te las cuento porque si no, cuando llegue, no sabré qué contarte y eso no puede ser. Como te decía, te continúo esta carta después de la tertulia que ha sido ¡¡tan maravillosa!! No te lo puedes imaginar. Estaba también Encarnita y éramos muchísimas y además de cantidad de sitios distintos. Una venezolana y otra de Guatemala tocaban la guitarra y las demás cantábamos. Había una también del Perú y muy jovencita además. Es hija de la primera Supernumeraria que ha habido allí. Hemos cantado además muchísimas canciones de Casa y además muy bien cantadas, pues Teresa Negre es la profesora y canta divinamente. Bueno como Encarnita te quiere decir algo, yo me despido, muchísimos besos y abrazos.

Montse"

En Villa Sacchetti vivían muchas mujeres del Opus Dei de diversos países, profesiones y edades, aunque la mayoría no habían superado la treintena. Algunas ayudaban a Mons. Escrivá en el gobierno del Opus Dei, en todo lo relativo a las mujeres, como Encarnita Ortega, y otras trabajaban o estudiaban allí, mientras aprendían de los mismos labios del Fundador, el espíritu de la Obra. Después de residir en Roma durante un tiempo, volvían a sus naciones de origen o comenzaban la labor en algún nuevo lugar. Alguna se quedaba a vivir en Italia de un modo más estable, como Pepa Castelló, que se había ido a vivir a un Centro del Opus Dei de Roma precisamente el día anterior de la llegada de Montse a Italia.

Encarnita Ortega veía cómo aquellos sueños apostólicos, de los que les hablaba el Padre pocos años antes, en aquella tarde de noviembre del 42, en el Centro de la calle Jorge Manrique de Madrid, ya tenían rostros y nombres concretos: los de aquellas chicas de países y mentalidades tan diversas, de varios continentes, que habían acogido con generosidad la llamada de Dios.

Habían pasado sólo dieciséis años desde que el Fundador le hacía ver a las tres que le escuchaban todo el panorama apostólico que Dios quería para el Opus Dei: entonces eran sólo tres en torno a una mesa y ahora... eran miles y miles en todo el mundo.

Se estaban abriendo aquellos "caminos divinos de la tierra" de los que le hablaba el Padre a comienzos de la década anterior: miles de hombres y mujeres de todo el mundo santificándose en las tareas más diversas. Pero esos caminos, a veces, parecían incomprensibles: junto a aquellas chicas jóvenes, con toda la vida por delante, estaba Montse, en aquella salita, en los últimos meses de su vida, escribiendo a su padre...

"Querido Papá:

En este momento acabo de escribir a mamá y le he contado tantas cosas que ya no sé cómo voy a contártelas a ti. Lo principal: he visto al Padre. Ha sido emocionante: se le ve tan bueno y tan sencillo. Me ha preguntado por vosotros, me ha dado la bendición y un recuerdo preciosísimo, ya te lo enseñaré.

Todo es estupendo. Me pinchan cada día, ¿sabes? Esto es para que no sufras. La ida en avión ya te la contaré con más detalle. Sólo te digo que desde Milán a Roma hizo un tiempo de mil demonios. El avión bailaba que era un contento. Ni qué decir tiene que pasé un miedo y un mareíllo, pero en cuanto llegué, todo se me pasó. Estaba Pepa en el aeropuerto. Me hizo una ilusión... y además me cuidan mucho y me quieren más.

Hoy estoy en Villa Sacchetti y es formidable; te lo contaré todo de 'pe a pa' (...).

Resulta que todavía no termino porque estoy continuando después de la oración. Perdóname la letra, pero estoy en una postura que, como dice Pepa, 'así ya se puede vivir', pero de todos modos es muy incómoda para escribir. Dile a Nacho que está en muy buenas manos lo de buscar chapas y que seguramente le traeré un montón (...). Que me acuerdo mucho de la abuelita y que la compadezco, pensando en el trabajo que debe tener con todos, especialmente con Rafaelín, que debe estar hecho un demonio, como siempre; y si es así, un buen tirón de orejas y un beso en la punta de la nariz.

Muchos recuerdos a Jorge y que a ver qué hace que todo esto VALE LA PENA. Si veis a Enrique preguntadle de parte mía cómo le va el pie y la acetona, y dile también papá que esto vale la pena. Muchos besos a las nenas y que estudien mucho.

Bueno, ya estoy cansada de tanto escribir, cuando llegue ya os contaré más cosas y a ver si os traigo algo que os guste. Papá muchos besos y más todavía y hasta el lunes que llegaré.

Montse"

Después de escribir a sus padres hizo media hora de oración junto al Sagrario, y muy posiblemente meditó, como recomendaba el Fundador, las palabras del himno eucarístico compuesto por Santo Tomás:

Adoro te, devote, latens déitas,

quae sub his figuris vere látitas.

Tibi se cor meum totum súbiicit...

Al terminar, las que vivían en Villa Sacchetti siguieron enseñándole diversas zonas del edificio y algunas costumbres de la casa, que guardaban un profundo sentido mariano, inculcado por el Fundador. En un pequeño jardín, muy cerca de un semicírculo formado por columnas blancas, estaba lo que llamaban el Cortile del Cipresso: un patio con un ciprés, algunos macizos recortados, una palmera y una yedra. En la pared, sobre un sarcófago romano con altorrelieves del que emergían begonias y plantas trepadoras, había una representación de la Virgen con el Niño, con el cuerpo envuelto en vendas, según la costumbre oriental. Cada día, al anochecer, una de las que vivían en aquella casa encendía el farol que iluminaba débilmente la cara del Niño, mientras rezaba una oración a la Virgen, habitualmente un "Acordaos". Aquella noche le tocaba a Montse.

Aunque Montse "residía en Villa delle Palme (...) -recuerda Adelaida Sánchez, que vivía entonces en Villa Sacchetti-, bastante tiempo lo pasó entre nosotras(...). Estuvo con nosotras feliz y como si nada le ocurriese. Se movía con mucha dificultad, aunque no lo hacía notar. Solamente quien la llevase del brazo podía darse cuenta de su peso". Durante una tertulia, recuerda también Adelaida, hablaron de diversas labores apostólicas, y Encarnita le iba diciendo que tenía que ayudar desde el Cielo a todas aquellas chicas de los distintos países de los que estaban hablando...

"No lo hacía notar", añade Adelaida. Y eso, durante aquellos días romanos se le fue haciendo cada vez más difícil, porque los dolores fueron en aumento. "En los pocos días que estuvo en Roma -recuerda Pepa- empeoró muchísimo. Sin embargo, soportaba el dolor como podía, y cuando bajaba al comedor disimulaba la cojera haciendo bromas".

Pepa refleja uno de los rasgos más característicos de Montse: su preocupación por "envolver" el dolor en alegría. Como tenía como punto de lucha espiritual no hablar de sí misma, procuraba mortificarse especialmente en estas cosas evitando todo lo que ella pensaba que hacía sufrir a los demás. Eso hacía que a veces resultara difícil adivinar sus padecimientos. Durante la Misa se esforzaba especialmente por disimular su dolor: no hacía muecas, ni se adivinaban en su rostro gestos contraídos. Se ponía de pie, cuando lo mandaba la liturgia, igual que todas. Sólo cuando contó lo que aquello le costaba, y le dijeron que se sentara, pudo seguir la Misa más descansada.

Más descansada... relativamente. Porque cuando Encarnita le preguntó si le dolía mucho, contestó, con toda sencillez:

-"Sí. Es como si un perro rabioso me estuviera mordiendo siempre".

Por las noches parecía como si aquel perro se pusiera especialmente furioso. María Altozano, que era por entonces Secretaria regional del Opus Dei en Italia, estaba preocupada por ella, porque pensaba que no iba a poder conciliar el sueño a causa del dolor: "si esta noche te despiertas -le dijo- y no puedes dormir, te vienes a mi habitación, charlaremos un rato, y luego verás cómo descansas".

"Aquella noche no lo hice -explicaría Montse- porque yo sabía que, al día siguiente, ella tendría que hacer vida corriente..."

Aquella noche Montse se acostó; comenzó a sentir un profundo dolor; se levantó; el dolor proseguía; se volvió a acostar de nuevo. Y aquella punzada hiriente seguía y seguía... "Estaba tan agotada de dar vueltas en la cama -contó al día siguiente- que me levanté, bailé la titiritaina delante de la imagen de la Virgen, y después me dormí enseguida".

Al día siguiente, cuando supo lo que había sucedido la noche anterior, María Altozano decidió quedarse con ella hasta última hora para cerciorarse de que no le dolía la pierna y dormía tranquila. Estuvieron charlando durante largo rato en su habitación. "Durante esa conversación -recuerda Pepa- le preguntó por Tía Carmen y María le contó su muerte y de cómo supo llevar sus sufrimientos con tanta alegría y con un sentido sobrenatural tan profundo. Entonces Montse se incorporó y levantando una mano hacia el cielo, dijo:

-Tía Carmen... ¡Llévame contigo!"

Viernes, 14 de noviembre. Por las calles de Roma

Al día siguiente dieron un breve paseo por Roma: vieron los puentes sobre el Tíber, los palacios renacentistas, las iglesias barrocas, las fuentes de Bernini, las viejas callejuelas con mosaicos e imágenes de la Virgen en las esquinas... En casa de sus padres, en Llar, saludaba siempre con un piropo la imagen de la Virgen que había en su habitación o en la sala de estar. El amor a la Madre de Dios tenía un especial relieve en su vida de piedad: cada noche, antes de acostarse, rezaba las tres avemarías; procuraba poner cada vez más amor al recitar las avemarías del Rosario; y con mucha frecuencia repetía jaculatorias a la Virgen o la oración del "Acordaos" de San Bernardo, pidiendo por la persona que más lo necesitara en aquel momento. Pero, aquí en Roma, con su imagen casi omnipresente, ¡qué fácil era acordarse de Ella..! Le parecía todo un sueño: era como estar en el Cielo.

Y del Cielo al suelo: de vez en cuando algo brillaba sobre los viejos empedrados romanos: ¡una chapa! ¡una chapa italiana! "¡Qué alegría -pensaba- la de Nacho cuando las vea!" Intentó agacharse discretamente para recoger una chapa olvidada en la acera o junto a la mesa de un restaurante... Cuando le preguntaron por qué lo hacía, explicó que su hermano Ignacio le había pedido que le trajera chapas italianas para su colección, aunque con una condición: "traémelas... -le dijo- si no tienes que agacharte". Entonces las que vivían en Villa delle Palme le pidieron al lechero que venía habitualmente un buen surtido de chapas y pudo llevarse, feliz, una bolsa llena para su hermano. Estaban haciendo lo que el Padre les había dicho: "adivinarle el pensamiento".

Ese baile nocturno ante la imagen de la Virgen -la titiritaina un baile de enamorados de la tradición popular catalana-, ese conjunto de chapas, aparentemente insignificante, constituyen un retrato de cuerpo entero de la vida de Montse. Un dolor que se convierte en alegría, en canción, en baile y música; un pequeño sacrificio aparentemente sin importancia, que esconde un acto de amor. Son esos actos de amor que están, como las chapas, al alcance de todos y cada uno... Pero ella hizo colección.

En Villa delle Rose

 

El viernes fue junto con Pepa Castelló y María Altozano a Villa delle Rose, un Centro del Opus Dei en Castelgandolfo, muy cercano a la residencia de verano del Papa. Era una villa italiana que constaba de dos edificios unidos por un jardín, desde el que se divisaba el lago Albano. Había sido la primera Casa de Retiros del Opus Dei en Italia. La tranquilidad del lugar invitaba a la oración y al trato íntimo con Dios: ya lo proclamaba bajo la cornisa la inscripción que campeaba sobre la fachada del edificio:

Aquí el aire es más puro

y el cielo es más abierto

aquí Dios es más familiar.

Montse pudo comprobar la certeza de aquel lema sobre el propio lugar. "Nos acercamos hasta la terraza -cuenta Pepa-, desde la que se divisaba una vista magnífica del lago". El cielo era abierto como se afirmaba en el lema, pero el tiempo no acompañaba demasiado. Cerca de allí se alzaban los famosos "Castelli romani" entre antiguas ruinas y bosques de castaños: Genzano, Marino, Grottaferrata, Frascati... ¿Qué mejor lugar que éste -dijeron- para hacerse unas fotografías? "Quisimos hacerle algunas -recuerda Pepa- pero ella estuvo haciendo varias bromas para no salir, y de hecho no salió en ninguna".

No hay que sorprenderse por esta reacción. Su madre se había dado cuenta de que no le gustaba nada que le hiciesen fotografías; pero cuando había, por ejemplo, un motivo de caridad, o de cariño, accedía gustosa. Lo de no querer fotografiarse no era una rareza. Montse no solía hacer cosas raras, o impropias de una chica de su edad: y a cualquier chica de su edad le gusta "salir en las fotos". Esas bromas simpáticas con las que intentaba -y conseguía- no salir en las fotografías, no eran más que eso: su modo concreto de vivir la virtud de la humildad. Un modo personalísimo: entre bromas y risas. Montse no fue humilde a secas: fue alegremente humilde; más aún: "divertidamente" humilde.

Villa delle Rose guardaba entre sus paredes muchos recuerdos de la historia del Opus Dei. Entre todos ellos, había uno particularmente entrañable: era un óleo de escuela italiana, de Carlo Dolci, del siglo diecisiete, que representaba a la Virgen con el Niño y que había pertenecido a la madre del Fundador de la Obra. El Niño tenía el cabello perfectamente alisado, como acabado de peinar, por lo que en casa de don Josemaría se le designaba, con castiza expresión aragonesa, como "la Virgen del Niño peinadico".

Ese cuadro, que acompañó durante toda la vida a la madre del Fundador, y que había recogido su última mirada en la tierra, era uno de los pocos objetos que Carmen Escrivá conservaba de su madre. El resto lo había dado todo -al igual que su vida- al Opus Dei. Pero un día del mes de junio, pocos días antes de su muerte, don Josemaría le preguntó:

-"Carmen, ¿te gustaría que este cuadro fuese para el Colegio Romano de Santa María? Así tendrán allí un recuerdo de nuestra madre y un regalo tuyo".

Carmen, como siempre, dijo que sí.

Una pizza italiana

¿Cómo se podía ir Montse de Italia sin saborear una "pizza"? En Castelgandolfo le esperaba, a la hora de la comida, un suculento plato de esa "comida nacional" italiana. Pero, ¡ay!, no tenía ningún apetito, y por mucho que fuera el cariño con el que se lo ofrecían, tomar aquel plato le suponía un verdadero tormento.

Se calló. Hizo como siempre: disimuló entre bromas su falta de ganas y penosamente, poco a poco, se lo tomó...

"Se le dijo que lo dejara -cuenta Pepa- pero continuó hasta el final. Y aunque tenía siempre mucha sed, nunca pedía agua..."

Pusieron todos los medios para que descansara; pero, a pesar de sus bromas y de sus chistes, sus ojeras y su rostro delataban que la enfermedad, en aquellos pocos días, se había ido agravando. Intentaron alegrarla con cosas que le gustasen. ¿Qué hacer? Cuando hay cariño es fácil acertar. "En Roma tenían un aparato de televisión -cuenta Pepa, evocando tiempos en los que en España esos aparatos no eran muy comunes todavía- y Montse se divirtió mucho con algunos de los programas; en especial con uno que se llamaba 'Musichiere'".

Sábado, 15 de noviembre

Aquel sábado, después de unos días de muy mal tiempo, calificado por algunas de las que vivían en Villa Sacchetti, con ironía, como de "otoño suave", salió por fin con fuerza el sol romano. Aprovechando la circunstancia, unas se fueron de excursión y otras acompañaron a Montse a contemplar las grandes basílicas romanas. Vieron Santa María la Mayor, con su alto campanile, el más antiguo de Roma. Allí se custodian las reliquias del pesebre, los grandes mosaicos y el artesonado dorado con el primer oro que se trajo de las Indias... Vieron también Santa María de los Angeles y una Basílica de reciente construcción, que estaba muy cerca de Villa Sacchetti, junto a Villa Borghese: San Eugenio.

Uno de aquellos días Encarnita estuvo hablando con Montse. El Fundador "me había encargado -cuenta- que le hablara con delicadeza y claridad del alcance de su enfermedad, para que la aprovechara con eficacia sobrenatural y para que se dispusiera a ganar la última batalla. Lo hice con la mayor delicadeza y claridad que me fue posible. Me dijo que tenía horror al dolor físico, pero 'pienso que si soy fiel a lo que Dios me pide cada día, El me dará su gracia'; comprobé así la fuerza con que había arraigado en ella el sentido de la filiación divina, a la vez que, de manera muy humana y sencilla, manifestaba su miedo al dolor. Se hacía patente su recia piedad: cariño a la Virgen por medio de las normas marianas que vivimos en la Obra; devoción a la Eucaristía que demostraba en su forma de hacer la genuflexión, aunque le costara esfuerzo por la enfermedad.

Al verla con una alegría que destacaba en todo momento -en los ratos de vida de familia, en el comedor, etc.- pensé que quizá mi explicación no hubiese sido suficientemente clara y antes de marcharse le pregunté si estaba dispuesta a todo. Sonrió y dijo que sí".

Domingo, 16 de noviembre

El domingo fueron de nuevo al Vaticano. Montse estaba entusiasmada: ¡estar cerca del Papa! No pudieron verle, ya que el viaje no coincidió con ninguna audiencia pontificia, que eran entonces mucho menos frecuentes que en la actualidad. Pepa recuerda su emoción al ver la residencia de Juan XXIII, que había convocado ya un Concilio Ecuménico.

En la Constitución Dogmática "Lumen Gentium", uno de los documentos capitales de ese Concilio, que se celebraría años más tarde, se proclamó: "Todos los fieles, de cualquier condición y estado, son llamados por el Señor, cada uno según su propio camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre celestial".

Esta había sido la enseñanza del Fundador del Opus Dei, uno de los grandes pioneros de ese Concilio: que todos los fieles cristianos están llamados a la santidad. Montse, con su vida sencilla, fue un ejemplo vivo de esas enseñanzas de raíz evangélica que pregonaría el Concilio a los cuatro vientos. A sus diecisiete años, cuando su vida se apagaba poco a poco, estaba encarnando con una profunda madurez espiritual y al mismo tiempo con heroicidad y con sencillez, ese mensaje que la Iglesia propone a todos los cristianos.

Ese mensaje -que el Beato Josemaría enseñaba desde 1928- recuerda que la santidad está "al alcance de la mano", que todos y cada uno podemos -debemos- hacernos santos en medio del mundo, en nuestro trabajo cotidiano, en nuestra propia situación; que Dios no nos pide cosas extraordinarias para hacernos santos, sino que luchemos por amor en hacer cara a Dios las cosas ordinarias de cada jornada. Así fue la vida de Montse y ése fue su mensaje: un mensaje de alegría, de amor de Dios en lo pequeño, de aceptación gozosa de la cruz de cada día. "Nuestro camino es de alegría -enseñaba el Fundador-, de fidelidad amorosa al servicio de Dios. Alegría que no es el cascabeleo de la risa tonta, puramente animal. Tiene raíces muy hondas, es algo muy profundo. Pero es compatible con el cansancio físico, con el dolor -porque tenemos corazón- (...). La alegría es consecuencia de la filiación divina, de sabernos queridos por nuestro Padre Dios, que nos acoge, que nos ayuda y nos perdona siempre".

Aquel domingo estuvo comiendo en Villa Sacchetti, con las que se ocupaban de la administración doméstica de aquellos centros. También estaban allí algunas de las primeras mujeres que habían pedido la admisión en la Obra en diversos países del mundo. Durante aquellos días las conversaciones solían girar en torno al talante humano del nuevo Papa, casi octogenario, sencillo, cordial, abierto y expansivo. Su modo de actuar contrastaba con el de Pío XII, al que los católicos habían contemplado durante muchos años majestuoso, afable, con una gran bondad pero también con una gravedad distante. Si Pío XII mostraba toda la grandeza del Papado, Juan XXIII resaltaba otra faceta distinta: la cercanía a los fieles del Padre común de todos los católicos. Circulaban por toda Roma anécdotas de aquellos primeros días de su pontificado, como la que le sucedió al encontrarse con el guardia que custodiaba la puerta de sus habitaciones personales.

-"¿Quién es usted?", le preguntó el Papa.

-"Soy el capitán de la Gendarmería Pontificia, Santidad".

-"¡Ah, hombre, enhorabuena por haber llegado a capitán! Cuando yo hice el servicio militar no pasé de sargento..."

Durante la tertulia, Encarnita recordó que Juan XXIII había estado pocos años antes, en julio del 54, en el colegio Mayor La Estila, una residencia del Opus Dei de Santiago de Compostela. Convivió con los estudiantes de un curso internacional de verano, charló y cantó con ellos, y le impresionó gratamente el ambiente de alegría propio del espíritu del Opus Dei; tanto, que al firmar en el libro de oro del Colegio Mayor, cuando se despedía, quiso añadir la palabra "gaudium" (alegría) en su lema cardenalicio:

"Angelo Gius. Card. Roncalli Patriarca de Venecia

Oboedientia, gaudium et pax. 23.VII.954".

La tertulia discurrió entre bromas y anécdotas. Al final cantaron una canción que hablaba de ideales altos y de fidelidad:

Se han abierto los campos
surcos abrió el amor,
el mundo se hizo senda
para el deseo del sembrador

La tierra es muy pequeña
si es grande el corazón.

¡Fieles, vale la pena!
Brillará bajo el sol
el trigo que guardaba
la mano herida
del sembrador...

Montse cantaba también, pero se la veía cada vez más cansada. "Hoy sí que la encontramos decaída -se lee en el Diario- a pesar de los esfuerzos que hacía... Según nos dijo Pepa, tenía unos dolores grandísimos, y el calmante que toma, que sólo es una vez al día si son muy fuertes los dolores, esta noche lo tomó tres veces. Tenía muy mala cara y Encarnita le dijo que después de comer se acostara un poco para descansar y así lo hizo, en la cama de Lourdes".

Después de descansar un rato se levantó para asistir a una meditación predicada por un sacerdote. Al finalizar tuvieron la Bendición con el Santísimo y después Encarnita le enseñó la sala de la imprenta para que se acordase de rezar por aquella labor apostólica.

"Antes de que se fuera a Villa delle Palme con Conchita y Carmen -cuenta Pepa-, estuvimos merendando con Encarnita. Montse le comentó la ilusión que le haría estar de nuevo con el Padre, para que le diese la bendición de viaje.

-Pero Montse, si ya te la ha dado..., le dijo Encarnita, sorprendida.

-Sí -comentó Montse- pero éste es otro viaje..."

Había llegado la hora de la despedida. Antes de irse le enseñaron el Oratorio de la Santísima Trinidad, que no conocía, en el que celebraba habitualmente la Misa el Padre, y otro Oratorio que contenía reliquias de diversos santos. Las que vivían en Roma, sabían muy posiblemente que no la volverían a ver más. Y como querían que recordara siempre con alegría aquellos momentos, para evitarle cualquier sufrimiento, fueron muy pocas las que se despidieron de ella. "También a Montse le costó mucho marcharse -recuerda Pepa-. Sólo había una razón, de carácter apostólico, por la que quería volverse pronto a Barcelona: por aquellos días empezaba un curso de retiro en Castelldaura al que podían ir varias amigas suyas, y pensaba que cuanto antes se volviera, más amigas suyas podían ir. Que si no..."

"Recuerdo su despedida en el vestíbulo de Villa Sacchetti -evoca Encarnita- (...). Trabajaba en la portería Jacoba Pacheco, Numeraria Auxiliar, que en el momento de despedirse de ella se emocionó y se le escaparon las lágrimas. Montse, con gran naturalidad y delicadeza, se volvió haciendo que no lo había visto, con el deseo de que nadie pasara un mal rato por ella".

 

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