La última subida al Matagalls

De todos modos, a pesar de esa aceptación plena y rendida a la Voluntad de Dios, es muy duro cortar a los diecisiete años con esas pequeñas ilusiones de juventud que pueden resultar nimias, ridículas casi, si se contemplan desde la lejanía de la madurez, pero que ocupan un lugar muy importante en el corazón de un adolescente.

Una de esas "pequeñas-grandes ilusiones" de Montse era la subida desde Seva, durante la noche, hasta el Matagalls, uno de los tres grandes picos del Montseny. "Ya habíamos subido hasta allí de todas las formas posibles -recuerda su hermano Enrique-. En bicicleta, hasta Collformic, y luego a pie. De mil modos. ¡Lo habíamos probado todo! Hasta que un día de ese verano se le ocurrió a alguno:

-Oye, ¿y si subiéramos al Matagalls para ver salir el sol?"

Matagalls al amanecer... Aquello debía ser excitante. ¡Ver salir el sol en el Matagalls! ¡En el "pedró de Catalunya", como lo denominaba el Padre Claret! ¡Aquello era nuevo, era distinto -palabra mágica en la juventud-, era arriesgado...! Y además tenía una incertidumbre: sus respectivos padres, ¿les dejarían? Comenzaron los tiras y aflojas familiares...: "nos dijisteis que este año ya podríamos ir y ahora..." Al final los padres cedieron con la condición de que fuese con ellos Andrés Framis, al que consideraban "mayor", y responsable...

"Empezamos a hacer los preparativos -sigue contando Enrique-, ¡con una ilusión! Porque aquella subida nocturna guardaba para nosotros un sabor especial, indefinible. El Matagalls formaba parte de nuestra vida".

Aquí se ve a los dos hermanos -Enrique y Montse- en una excursión de años anteriores.

Aquella excursión se recordaría además, a lo largo del curso académico, entre clase y clase, como un mundo irreal, lejano, casi soñado entre las aceras grises de Barcelona: ¿te acuerdas de aquel amanecer en Matagalls...? "Era -prosigue Enrique- una especie de desafío, de reto fuerte, que nos ponía a prueba: la confirmación de que éramos mayores y capaces de reconocer los caminos por la noche, sin perdernos..."

Hubo un revuelo incesante durante los días anteriores a la marcha, con idas y venidas a casa de unos y otros, entre los gritos de la chiquillería. Los padres repetían los mismos avisos y recomendaciones del año pasado y del anterior: cuidado con hacer el loco; cuidado con esto, cuidado con lo otro...

Enrique y Jorge se calzaron para la ocasión unos botones inmensos, como si se prepararan para coronar el mismísimo Himmalaya; prepararon las mochilas, las cantimploras... ¡las cámaras! Sí; había que hacerse fotografías, como aquella de hacía unos años en la que aparecen Montse, María Luisa y Javier Framis...

Tres, dos, uno... Iban contando los días que faltaba para la subida. Ya se imaginaban monte arriba cantando una de sus canciones favoritas:

...A dalt de la muntanya
hi havia un vell xalet.
Mur blanc, sostre d'herba i
davant la porta un tronc revell.

Porque en esta ocasión, de noche, todo cobraría un encanto especial. Sería como ir por primera vez. Irían reconociendo, entre sombras, a la luz de la luna, los lugares por los que habían pasado ya: mira, el Brull; mira, la silueta del Matagalls... Y luego, seguirían cantando:

A dalt de la muntanya
caigué el vell xalet.
La neu i el rocam,
units, el van enderrocar...

Como en la letra de la canción, Montse veía cómo todas aquellas ilusiones de juventud, todos los proyectos de su vida, se le habían derrumbado de pronto, como aquel chalecito de la montaña. Pero no había que entristecerse porque, como decía la canción...

A dalt de la muntanya
hi hagué un nou xalet
car Jan, amb cor galant,
el va bastir millor que abans...

¡Sí! ¡Dios le construiría una vida nueva maravillosa, en el Cielo! ¡Dios la ayudaría! Y todo sería "millor que abans", mucho mejor que antes, cuando divisaba desde la cumbre todas las maravillas del Montseny, como en aquella fotografía en la que contemplaba el Hotel San Bernat...

Aunque le quedaba la nostalgia de las cosas que dejaba aquí... También lo decía la canción:

A dalt de la muntanya
quan Jan tornà al xalet
plorà amb tot son cor
sobre la fi del seu amor...

 

Estaba decidida: aquella sería su última subida al Matagalls. Se sentía todavía con fuerzas; ¡era todavía perfectamente capaz de llegar hasta arriba sin que nadie la ayudase, cantando sin cesar! ¡Seguro que sus padres la dejarían subir! Y desde allí, al pie de la cruz que coronaba la cumbre, sus pensamientos no serían muy distintos de aquellos que dejó escritos Mosén Cinto, abrazado a esa Cruz, poco antes de morir: "Verament la Creu de Jesucrist sempre es formosa". Allí se despediría de aquellas montañas, de aquellos valles, de aquellos cielos, de aquellos días de felicidad tan lejanos... y tan cercanos. Y podría ofrecerle a Dios su vida entera, lo mismo que el gran poeta catalán, cuando cantaba en sus versos:

Des del bell cim de la més alta serra
avui vos he cridat, oh Jesucrist:
jo us voldria oferir tota la terra,
amb quant sobre ella els ulls del sol han vist.
Per dar-vos-en lo ceptre i la corona
sols per un jorn, voldría ser-ne rei;
i aprés, com príncep que l'amor destrona
m'allistaria a vostre dolç servei... (...)
Tenir voldría el mon, ses meravelles
sos continents, les terres e la mar,
i lo sol i la lluna i les estrelles

per fer-ho a vostres plantes rodolar.

Sí: ¡aquella sería la última -y la más gozosa- subida al Matagalls de toda su vida!

Pero... no pudo ser.

"Me da mucha pena recordarlo -escribe su madre-. Desde el 23 de agosto se encontraba francamente bien y estaba ilusionadísima con subir; iban sus hermanos y todas sus amigas... ¡Nos dolió tanto tenérselo que prohibir! Al principio, como la veíamos tan bien, quedamos en consultárselo al médico, que nos dijo que, a pesar de todo, no era prudente: debía evitar todo lo que representase un esfuerzo.

-Pero -nos dijo Montse, durante la cena- si igual ha de ser... ¿por qué no me dejáis?

-Montse, porque a pesar de todo, hay que poner todos los medios.

Se quedó muy seria... ¡Qué cena! Enrique tuvo un gesto que nunca olvidaré. El también iba, por supuesto, y con mucha ilusión, como todos. Yo estaba pensando pedirle que se quedara; pero también me daba pena porque ya estaba en el Seminario, y pensaba que, a lo mejor, tampoco tendría otra ocasión de hacerlo. Así que no dije nada.

Pero de repente Enrique, en tono alegre, dijo:

-Bueno, se acabó, yo también me quedo. Pepón Ferrater creo que también y vamos a organizar algo para pasárnoslo bien.

Se me hizo un nudo en la garganta... y le di gracias a Dios".

No se da cuenta

Aquello le costó mucho. "Un día que bajó a Barcelona -recuerda Montse Amat-, me comentó que su padre no la dejaba ir de excursión al Matagalls como todos los años...

-Pero Montse -le dije-, te cansarás mucho...

-¡Qué me voy a cansar! -me contestó- ¡Con las veces que he ido!

Cuando la vi hablar de ese modo de la excursión; y de los preparativos que había hecho con tanta ilusión, pensé: 'es que esta criatura no sabe lo que tiene. No se da cuenta exactamente de lo que le pasa'.

Seguimos la conversación. Cerca de nosotras, encima de la mesa de dirección, había una fotografía de Tía Carmen. De pronto, la tomó entre las manos y comentó con gracia:

-Tía Carmen, ¡qué pronto vamos a conocernos, maja!

... y seguimos hablando, como si nada, de la excursión al Matagalls. Entonces comprendí que sí se daba cuenta -¡perfecta cuenta!- de lo que le pasaba..."

¿Naranja? ¿Turquesa?

A su madre también le desconcertaba la actitud de su hija. Un día de aquel verano vinieron a hacerle un vestido y Montse no acababa de decidirse: eran dos telas con el mismo estampado y dudaba entre una de tono turquesa y otra de tono naranja. Su madre la miraba asombrada. Aquella indecisión de su hija le confirmaba en sus sospechas: Montse debía estar íntimamente convencida de que se iba a curar; si no, aquellas cavilaciones no tenían sentido...

"¿Por qué tardará tanto en escoger el vestido esta chica? pensaba yo -recuerda su madre-. ¿Qué más le dará que sea turquesa o naranja? ¿Cómo es posible que a estas alturas esta hija mía me venga con estas dudas, como si fuera a llevar este vestido este verano y el que viene, y el otro y el otro?"

Pero Montse seguía allí: mirando y remirando las telas: la verdad es que ésta queda bien, pero ésta...

"Yo seguía diciéndome -cuenta su madre-: ¡Será posible...! ¿Se habrá olvidado de lo que le hemos dicho...? No lo creo...

Entonces me crucé en mitad del pasillo y le pregunté:

-Oyeme Montse: Papá está convencido de que te curarás. Yo a veces también lo pienso. ¿Y tú?

No me respondía.

-Dime lo que piensas -le insistí-, que tú nunca dices nada...

Me miró con un gesto apacible y sonriente.

-Yo no lo pienso nunca -me dijo, como indicándome que se había abandonado totalmente en Dios..."

Esta sorpresa se daba en todos los que la trataban, ya que, para los que no sabían lo que le pasaba, era muy difícil sospechar la gravedad de su situación. Jean Marie, el chico francés que realizaba el intercambio con Enrique, vino de nuevo, como el año anterior, a pasar unos días en Seva, y se incorporó al ritmo de la vida familiar. "De vez en cuando le hacía a Montse alguna broma sobre su pierna -recuerda Manuel Grases- sin sospechar ni remotamente lo que tenía. Ella, al oírlo, sonreía en silencio".

"Eso mismo sucedió el día de la fiesta Mayor de Seva -recuerda María Luisa- cuando subimos al campanario de la iglesia para ver y oír las sardanas desde arriba. Estuvimos bastante rato en silencio contemplándolo todo... Yo veía que para ella aquello era un adiós a todas las cosas, verlas y sentirlas por última vez...

Pero no dijo nada, y bajamos".

Montse, estaba claro, odiaba el dramatismo.

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