Septiembre 1958

 

Nascosta rosa,
io sento il tuo profumo divino,
che il cuore mi solleva e mi riposa
quando si fa più ripido il cammino.

... Fiore stellare
quando la notte abbatta l'alto muro
Tu sarai lì, ridente, a preparare
la dolce fine del cammin sicuro

Se acababa el verano y con él, los plazos de matrícula para el siguiente curso en "l'Escola". Montse, aunque era perfectamente consciente de la gravedad de su situación, no lo dudó: se matricularía aquel año como si aquel fuese un curso más... aunque estaba segura de que sería el último. Una de las profesoras, tía de Carmen Salgado, quiso verla y preguntarle cómo estaba. Montse eludió el tema: "Bien, bien"...

A tantas otras personas, aquella situación podría llevarles a la desesperanza, a la tristeza, a la apatía, a un abandono, que nos parece normal, de las ilusiones humanas. En su caso no fue así: Montse procuró vivir fielmente su vocación hasta el último momento; y como sabía que su vocación le llevaba a santificar el trabajo de cada día, no dudó en matricularse en septiembre en un curso que -lo sabía- no iba a terminar...

Sus amigas no acababan de salir de su asombro: "Empezó a planear como si no pasara nada -recuerda Carmen Salgado- lo que iba a hacer. Decía: 'estudiaré piano, a ver si me da tiempo de terminar la carrera, porque a mis padres les haría mucha ilusión; pero tendré que pedir los libros a Ana María, porque es una pena hacerles gastar tanto dinero para cuatro días'".

No fue nunca "el caso"

Se esforzaba por vivir con normalidad... hasta donde le permitían sus fuerzas. "Una vez iba en una vespa con sidecar -recuerda Roser Fernández- y me la encontré, como otras veces, en la parada del autobús de la calle Balmes, en la dirección de subida al Tibidabo. Tenía ya la pierna bastante hinchada. En cuanto la vi le dije:

-¿Quieres subir?

-Yo sí quiero -me dijo, sonriendo-, la que no sé si querrá es la pierna..

Entonces introdujo la pierna con mucho esfuerzo en el sidecar y se sentó como pudo. Me sorprendió la alegría con la que hacía estas cosas, a pesar de que le costaban mucho. Pero no pensé nada más: siempre me pareció una chica normalísima...

Luego, a medida que ha ido pasando el tiempo me he dado cuenta que lo extraordinario de Montse era precisamente esa normalidad. Supo llevar su enfermedad sin buscar ningún tipo de protagonismo, sin querer ser el centro de las preocupaciones de los demás, sin darle ninguna importancia al hecho de su enfermedad... Cuando le preguntábamos por su enfermedad nos respondía sin trivializar el hecho, y sin tremendismos de ningún tipo, en el mismo tono con que otra persona podía decir: 'pues me he examinado esta mañana y me ha salido mal'. Y al verla actuar así, también a nosotras aquello -que se fuera a morir dentro de poco y estuviera alegre y feliz- nos parecía normal..."

No daba ninguna importancia a "lo suyo". "Una vez -afirma Ana María Suriol-, estando ya bastante enferma Montse, pasamos por delante de la casa donde había vivido esta chica" (que tenía cáncer en el cerebro, que habían ido a visitar varias veces y que había ya muerto)", e hizo un comentario sobre ésta, diciendo que verdaderamente ella sí que sufrió".

"Es verdad -concluye Roser-. No quiso ser nunca 'el caso', a pesar de que podría haberlo sido perfectamente, porque era la única enferma entre todas las chicas que iban por Llar y se encontraba en plena juventud.

No fue sólo mérito suyo, desde luego: fue una gracia de Dios a la que ella supo corresponder. Pero no hay que olvidar que no se enteró de la gravedad de su enfermedad quince días antes; lo supo con muchos meses por delante. Recuerdo que una vez le pregunté qué tal estaba; y me dijo, con total sencillez:

-Bueno... me han dicho que no llegaré a Navidad".

..........

En esta fotografía sonríe a la cámara desde el balcón de Llar. Se divisan al fondo los edificios de la calle Muntaner. Aparentemente no le pasaba nada. "No le gustaba hacer alarde de su enfermedad -comenta Carmiña- y no hablaba de ella. En una ocasión, una chica le comentó que le había contado a una amiga 'lo suyo'. 'Ya sabes que no me gusta', le dijo Montse". Sin embargo, todas advertían su sufrimiento: "Yo la observaba cuando estaba en el Oratorio -comenta Ana María- y veía cómo se retorcía las manos procurando que nadie se diera cuenta de su dolor. Cuando eran más fuertes estaba más inquieta y nerviosa y cambiaba constantemente de posición; pero procuraba siempre que los demás no lo notaran".

No tenía "complejo de enferma", ni quería comportarse como una enferma: "Cuando llevábamos las sillas de la sala de estar al Oratorio porque allí no había suficientes para sentarnos -continúa Carmiña-, no nos dejaba nunca que le llevásemos su silla. Y en esto, Rosa la animaba mucho; porque en estas cosas, tampoco Rosa se dejaba ayudar... Y en el Oratorio no le gustaba estar con la pierna apoyada en una banqueta -le parecía como una falta de delicadeza con el Santísimo-. Cuando se puso peor se quedaba en una salita contigua, y yo me quedaba muy cerca, en el pasillo, por si se encontraba mal. En una ocasión se levantó y me reconoció que ya no podía soportar el dolor.

-Entonces te llevo a casa, le dije.

-No, no; porque a esta hora mamá estará dando de cenar a los pequeños y no quiero estorbar".

"A mí también me asombró esa sencillez -añade don Emilio Navarro, que había regresado a Barcelona y atendía espiritualmente la labor de Llar, cuando los otros sacerdotes, por diversas razones pastorales, no podían asistir-. No sabía lo que le sucedía y le pregunté si pensaba asistir a algún curso de verano. Entonces me dijo:

-No; no puedo porque estoy enferma.

-¿Qué te pasa?

-Tengo un cáncer.

Me quedé sorprendido por la forma tan directa y clara con la que me lo dijo.

-Pero un cáncer... ¿ya diagnosticado y...?

-Sí, sí. Cáncer".

Cáncer. En la actualidad esta palabra terrible ha dulcificado algo sus aristas dramáticas gracias a los avances de la Medicina. Muchas personas, a pesar de padecer un cáncer, confían en su curación, porque hay modernos tratamientos que logran retrasar durante decenas de años el desenlace de esta enfermedad, cuando no la vencen totalmente. Pero a finales de los años cincuenta esa palabra tenía un sinónimo muy preciso. Ya lo había dicho Carmen Escrivá, con la claridad que la caracterizaba, cuando le comunicaron que tenía cáncer:

-"Alvaro me acaba de dar la sentencia de muerte".

Pero, ¿es que le resultó tan fácil aceptar la idea de morirse? ¿Es que esto no la hacía sufrir?

Los testimonios de los que disponemos confirman que sufría ¡y mucho, como cualquiera en su situación! "Lo que sucede -cuenta Rosa- es que ella aceptaba su muerte con visión sobrenatural y... no dramatizaba". Si un día se organizaba en Llar un baile de sardanas no se quedaba en un rincón, haciéndose la víctima. "Una vez -recuerda Carmen Salgado- una amiga le dijo '¿bailamos la titiritaina?'. Montse la miró y con la cara le decía que no podía, pero como la otra le insistió, se levantó y bailaron con mucha gracia. Al terminar, sin que nadie lo notara, se fue, porque no podía más".

Sólo su abandono sereno y alegre en los brazos de Dios, fruto de un profundo sentido de la filiación divina; sólo su afán de desagravio y corredención, que la llevaban a una unión cada vez más profunda con Cristo en la Cruz, explican la razón última de su comportamiento. Montse sabía, como enseñaba el Fundador, que "la alegría es uno de los medios que nos da Dios para hacer el bien, porque el Señor se sirve de la alegría y de la serenidad de mis hijos para llevar su luz y su paz a las almas". Sólo desde esta perspectiva sobrenatural se puede explicar que Montse le contestase sólo con tres palabras llenas de serenidad, acompañadas por una sonrisa, a su amiga Concepción Miró, cuando ésta le preguntó lo que tenía:

-"Tengo un cáncer".

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