El gran salto

 

"Entonces fue cuando dio el gran salto... -recuerda su hermano Enrique-. Hasta aquel momento su vida había sido, en gran parte, fruto de la educación cristiana que nos habían dado en casa. Pero fue entonces, cuando se encontró cara a cara con esa experiencia fuerte del dolor, cuando se identificó con la agonía de Jesús en la Cruz. Descubrió que estaba condenada -por decirlo así- a morirse en muy poco tiempo, y comenzó a ser heroica en lo pequeño y a poner en práctica esas enseñanzas sobre el amor a Dios en medio del sufrimiento, que todos hemos oído tantas veces, pero que sólo pueden vivirse de verdad cuando se experimenta ese dolor en carne propia".

Volvió a Seva, donde siguió participando de los planes familiares en la medida que le permitían sus nuevas circunstancias. Aprovechó la mejoría que experimentaba tras las sesiones de radioterapia para visitar a sus amigas que veraneaban en lugares cercanos. Aunque a veces eran esos amigos los que venían a pasar un día con ellos.

Usaba la bicicleta para ir de un sitio a otro por Seva, utilizando sólo el pedal derecho, el de la pierna buena. Así iba a bañarse con sus amigas en los "gorgs" -grandes remansos- de la "Riera Major".

"Durante esos años compartí con los Grases muchos momentos -recuerda Jorge Suriol-. Para mí era Montse como una hermana, como una más de la familia. A veces venía con nosotros -invitada por Ana María- a Campelles, a un pueblecito que está encima de Ribas de Fresser, ya en el Pirineo, o nos íbamos con sus hermanos de excursión desde Seva al Brull...

Si no me hubieran dicho lo que tenía Montse, no lo hubiera sospechado: salvo la pierna hinchada, aparentemente rebosaba salud. Tenía una bondad natural que afloraba en todos sus gestos: unos gestos sencillos, de muchacha sin doble intención, que sabía mirar con una mirada clara, con recato...

Y entonces me sorprendía -aunque no sabía analizarlo como ahora- este rasgo desconcertante de su personalidad: aunque era una persona de carácter muy vivo, luchaba por no dejarse llevar por él. Dominaba su carácter, lo utilizaba, lo dirigía para conseguir lo que ella quería. Por eso sabía desaparecer: cuando venía con mi familia se integraba perfectamente y era una más. Se adaptaba a nuestro estilo de vida: no quería ser 'la enferma', ni el foco de atención. Tenía mucha personalidad y sabía cuando era necesario pasar inadvertida y cuando era conveniente hacerse notar. Entonces actuaba sin personalismos, sin protagonismos de ningún tipo".

Seguía viviendo durante aquel verano su plan de vida cristiana con toda regularidad: Santa Misa, oración..., que vivía en las circunstancias más diversas. María Luisa Xiol recuerda que rezaban el Angelus todos los días; y cuando estaban bañándose, salían del agua, y recitaban la plegaria en honor de la Virgen. Luego volvían a chapotear y divertirse. Carmen Salgado recuerda también que se confesaba con puntualidad, todas las semanas, y le llamaba la atención el recogimiento con que se preparaba: "siempre me pareció que profundizaba mucho, juzgando solamente por su actitud externa". Y seguía con su vitalidad de siempre: incluso aprendió a tocar alguna pieza en el acordeón de Rosa Pantaleoni... aunque Encarnita Rubio señala que "eso le cansaba bastante, pero lo hacía porque sabía que Rosa disfrutaba al verla tocar..."

"Le gustaba mucho el deporte -recuerda María Luisa- y la verdad es que jugaba muy bien. Disfrutaba mucho con el deporte. Y aparentemente, no le pasaba nada... Sólo hubo una vez... Fue una tarde, cuando fuimos a bañarnos a casa de unas amigas. Al terminar estuvimos comentando lo bien que nos lo habíamos pasado. Y a Montse se le escapó:

-¡Ah! Ha sido fantástico. Si no fuera porque...

Todos la miramos. Entonces hizo un gesto; se calló y no dijo nada más".

Las familias de Seva se iban enterando poco a poco: el rumor "de lo de Montse" se comentaba veladamente de corro en corro; se decía en voz baja en las tertulias nocturnas; y de ahí saltó a la puerta de la iglesia; a la panadería; a la tienda de ultramarinos... Y allí estaba Balbina Garrido, una señora que ayudaba a Manolita en las faenas domésticas desde hacía varios años -a la que no le habían dicho todavía la gravedad de la enfermedad, para que no sufriera-, esperando su turno de compra, cuando se le acercó una señora...

-"Qué desgracia, ¿verdad? lo del cáncer de Montse..."

-"¡Pero qué dice usted! ¡Cáncer! ¡Si Montse no tiene cáncer!"

-"¡Ay, perdone...! pero eso es lo que se comenta en todo el pueblo..."

Balbina volvió hecha una furia a Villa Josefa: "¡Estos pueblos! ¡Tiene uno la pierna mala y todo el mundo empieza a cotorrear que es un cáncer! ¡No saben de qué hablar!" Se lo dijo inmediatamente a la señora:

-"¡Fíjese usted lo que andan diciendo por el pueblo, doña Manolita: ¡Nada menos que lo de Montse es un cáncer!"

Montse escuchaba, riéndose.

-"Pues mira, Balbina..." -comenzó a explicarle Manolita.

"Aquel comportamiento de Montse -comenta su padre- causaba la sorpresa de todas las familias conocidas. No comprendían que pudiera estar tan alegre, sabiendo lo que sabía, que fuese en bicicleta, que hiciese deporte y que no se perdiese ninguna de las sardanas que se organizaban en el pueblo..." "En ese mismo verano jugó al baloncesto con la pierna hinchada -recuerda María Luisa Xiol- contra otros equipos de los pueblos cercanos... Jugaba adelantada, al ataque, y no retrocedía porque no podía correr. Y todavía encestaba mucho". Incluso, cuando fueron a bañarse a una piscina de Tona, le enseñó a su amiga a tirarse de cabeza, desde la palanca.

Un viaje a Lourdes

"Por aquel tiempo -cuenta Rosa- yo decidí ir a Lourdes. Y le dije a Montse:

-¿Sabes qué? Yo nunca he querido ir a Lourdes, porque eso de que yo me podría curar allí... en el fondo, en el fondo, no me lo acabo de creer. Si fuera, me faltaría fe. Yo tengo fe en la Virgen, tú lo sabes, pero pensar que de repente me voy a sanar... me cuesta mucho creérmelo, lo siento.

Pero ahora voy a ir, porque ahora hay una cosa mucho más importante. Cuando esté allí y me bañe, le voy a pedir a la Virgen que tú te cures.

Entonces establecimos un orden de prioridades: mi polio estaba después de su cáncer. Y ella reconoció que sí, que era más importante en esa ocasión pedir primero por ella y luego por mí. Pero esto lo decidimos como el que va a resolver un asunto, como si hubiéramos dicho: 'muy bien, esta tarde quedamos a las siete en Lezo'. Y yo me fui a hacer aquella 'gestión' a Lourdes... a rezar con todo mi corazón, y a bañarme con toda mi fe, y con toda mi ilusión y mi alegría y mi esperanza, para que la Virgen curara a Montse.

Pero cuando llegué a Lourdes y entré en la piscina me sucedió algo curioso: no me acordé ni de su pierna ni de las mías. Sólo le dije a la Señora que le diera a Montse lo mejor, que fuera feliz.... Luego, le escribí contándole cómo eran los enfermos de Lourdes, su resignación; el silencio impresionante que había en la Gruta, a pesar de que éramos miles de personas; el amor a la Virgen, la emocionante bendición de los enfermos en la plaza, la solicitud de los 'brancadiers', la procesión de las antorchas, el fervor de todos... (...).

Yo estoy segura que le pidió a la Virgen de Lourdes su curación; pero cuando vio que no era ésa la Voluntad de Dios, la aceptó con alegría, sin dramatismos. Porque lo dramático no lo aceptó nunca. Cuando la gente le preguntaba por su enfermedad, nunca hablaba de sus cosas".

"Es que -afirma Ana María Suriol- no quería hablar de su muerte porque le parecía que eso era hablar de sí misma".

"Procuraba pensar siempre en los demás -explica Rosa- y no le gustaba hablar de sus males ni de sus penas... porque ni las consideraba males, ni las consideraba penas. Y un día me dijo:

-Rosa, tanto que me hablabas de la Cruz y ya la tengo... Y ahora, cuando la miro, la miro con mucho más cariño; porque realmente tenías razón; es nuestra Cruz: la tuya y la mía..."

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