Julio de 1958. Treinta sesiones de radioterapia

 

"El día 2 de julio -sigue contando su padre- comenzaron las sesiones de radioterapia. El médico nos dijo que debían darle unas treinta sesiones seguidas, diarias, descansando los sábados y los domingos. Fuimos al consultorio de los Doctores Parés y Vilaseca donde le aplicaron la dosis máxima de 10.000-R".

"Llevarla hasta allí -recuerda su madre- nos costaba mucho. La metíamos en el taxi con bastante dificultad. Yo le colocaba la pierna a lo largo del asiento y me sentaba en una esquinita. Así recorríamos las dos aquel trecho de una manzana y media escasas.

A mí me parecía imposible que prefiriese el trajín de meterla y sacarla del coche dos veces al día, además del plantón que debíamos soportar en la calle hasta que encontrábamos un taxi; y se lo dije varias veces. Tanto es así que ella, un día que no aparecía ninguno, accedió a ir caminando. ¡Pobrina! ¡Cómo recorrió aquellos metros! ¡Nunca más se lo volví a decir! Me acuerdo perfectamente del gesto de dolor que traía cuando llegó a casa".

A pesar de todo seguía asistiendo con regularidad a los medios de formación espiritual. "Se la veía contenta pero inquieta -se lee en el Diario de Llar-. Está molesta. Tiene una pierna hinchadísima. Hoy le decía a Lía que estaba preocupada. No tiene la menor idea, pero algo teme".

Aquellas sesiones de radioterapia la obligaban a bajar con frecuencia de Seva a Barcelona. En una de esas ocasiones la acompañó Carmen Salgado, que se asombraba de su buen humor: "Cuando le dejaban la pierna quemada -cuenta-, Montse me comentaba: 'se me está poniendo más morenita la pierna'".

Afrontaba con el mismo optimismo las penalidades del taxi. Le resultaba muy costoso introducirse en ellos, porque en unos cabía con la pierna extendida y en otros no. Pero no hacía un drama de eso: "yo -decía, bromeando- necesito los taxis a medida..."

Las sesiones de radioterapia duraron hasta el 13 de agosto, y se las pusieron a una hora un tanto intempestiva, a mitad de la tarde, cuando más arrecia el calor en Barcelona. Nunca se quejó. "Lo único que le oí -cuenta Carmen- fue: 'Ah, ya es la hora de ir al médico. Qué de prisa se pasa el tiempo en Llar'".

Rosa y Ana María la acompañaron en alguna ocasión. "Cuando íbamos a esas sesiones -recuerda Rosa- todas las enfermeras le preguntaban qué le pasaba; pero ella enseguida cambiaba la conversación y acababa preguntándoles por sus cosas; y se hizo muy amiga de una enfermera: se enteró que le gustaba dibujar, y le preguntó por sus dibujos, por sus problemas... Aprovechaba la ocasión para hacer apostolado: no perdía comba... Y se interesaba por todos, hasta por el médico también. Y me pedía siempre que me quedara con ella, durante la sesión médica. Le consolaba mucho que estuviéramos juntas las dos.

Y a veces, cuando terminábamos, me decía la enfermera:

-Qué simpática, qué alegre y cariñosa es esta chica. Pero nunca sé si le duele o no le duele. ¿Tú lo sabes?

Y yo le contestaba:

-Pues yo tampoco".

Sin embargo, aunque no lo manifestara, aquellas sesiones la agotaban, como recoge el Diario el día 10 de julio: "Se le nota cada día más cansada. Sigue con gran ilusión de que pronto se pondrá buena, aunque parece lo dice menos convencida. Tiene poco apetito. Mañana se va (...) a Seva cerca de Vic. Decía: verás Lía cómo allí con el aire y el sol me entra un hambre feroz. Después, cuando vuelva, si no me ha entrado, sí que me asustaré..."

Sus padres no sabían qué hacer. ¿Era prudente decirle ya la gravedad de su enfermedad o era preferible aguardar un poco? ¿Se sospecharía algo? Los médicos decían que podía vivir algunos meses más. ¿Y, con ese tiempo por delante, no era mejor esperar, como les aconsejaban todos sus familiares? Además, ¡estaba tan ilusionada en irse a vivir a un Centro del Opus Dei! ¿Cómo cortar de cuajo y de golpe todas esas ilusiones sin herirla innecesariamente? Porque los médicos podían equivocarse... y en vez de tres meses podían ser diez, o doce... o quizá... ¿Quién sabe?

Resolvieron esperar; porque, aunque la pierna le dolía, Montse seguía haciendo vida completamente normal: sabía que tenía un tumor, pero pensaba que se le reduciría enseguida... Muchas de las chicas que conocía no advirtieron nada nuevo en ella: "Yo la veía cada sábado en LLar, y no tenía ni la menor idea de que estuviese enferma...", cuenta María Josefa Rovira, una estudiante de farmacia que iba por aquel Centro.

En Seva seguía el ritmo de vida normal de todos los veranos -el doctor Cañadell le había dicho que no había ningún inconveniente para ello-, y aunque se esforzaba por mejorar en todo lo que se le indicaba, sus padres se esforzaron en tratarla igual que siempre: cuando hacía algo mal, su madre se lo advertía. Entonces -recuerda Ana María-, lo aceptaba "con mucha visión sobrenatural, rectificaba y luchaba".

"Me llevaba en bicicleta todos los días para ir a Misa -comenta Ana María-, después me di cuenta de que hacía un gran esfuerzo físico. Pero como nunca se quejaba, no pensé que le podría doler la pierna".

De todos modos, aunque no se le dijera nada por el momento -convinieron sus padres con la directora de Llar- había que prepararla... "Sobre todo interiormente", precisa Lía. "Y a partir de entonces vi cómo iba creciendo en vida interior. Me preguntaba cómo vivir mejor las cosas pequeñas, crecía en su devoción a la Virgen y mostraba una gran sinceridad en todo; y todo lo decía con una gran sencillez".

Un mes antes, a comienzos de aquel verano -el 12 de junio-, Pepa Castelló se había ido a Roma, y residía en el Colegio Romano de Santa María, muy cerca del Fundador. Recibió entonces una carta de Manolita. "En esa carta me decía -cuenta Pepa- que tenía que decirle a Montse la gravedad de su enfermedad, y nos pedía a las que vivíamos en Roma que rezáramos por Montse, para que supiera reaccionar como una mujer del Opus Dei".

Montse, por su parte, seguía tan contenta como siempre: bulliciosa, divertida, siempre con una canción entre los labios. "Cantaba -recuerda Rosa- canciones de todo tipo. Canciones de moda, folclóricas o tradicionales, como aquella de los árboles altos:

Corazón que no quiera
sufrir dolores
pase la vida entera
libre de amores,
libre de amores.
¡Ay! vida mía,
libre de amores.

Y le gustaba mucho aquella otra que decía:

Corazón, corazón,
es inútil dejar de quererte...
Corazón, corazón...
ya no puedo vivir...
sin tu amor.

Y estaba al tanto de la última moda y de todo lo que se hablaba..."

Durante aquellos días en Seva se hablaba sobre todo de la obra de teatro que los hijos de los veraneantes iban a representar aquel año. A todos hizo ilusión que participara Montse y le dieron el libreto para que ensayara. Y por las tardes era frecuente verla, en el jardín de Villa Josefa, junto con su amiga Marisa, repitiendo los diálogos de la comedia una y otra vez, intentando aprendérselos de memoria. Manuel y Manolita la oían repetir una y otra vez un pasaje del diálogo de su personaje, dicho en tono cómico:

-"¡Ay que esto no es pa mis años!... ay Madre de la Piedad, que yo me muero!"

"¿Tú entiendes lo que me pasa? -le preguntaba Montse a Lía, cada vez que bajaba a Barcelona-. Yo no entiendo nada, pero noto que estáis muy preocupados".

-"Un tumor -le comentaba Lía, para irla preparando, como había convenido con sus padres- no se sabe lo que puede ser. A veces son malignos. Mi padre murió a consecuencia de un tumor..."

-"Pero a mí no me pasa nada..."

-"...Quizás no, Montse... pero hay que estar preparada para hacer la Voluntad de Dios. Ya sabes que somos una caja cerrada... Te están haciendo muchas cosas para indagar qué te pasa y no acaban de averiguar la causa de ese dolor... Y por más que los médicos hagan, Dios tiene la palabra".

Era lo máximo que podía decirle. Montse no se alteró. Y le comentó:

-"Ahora no me duele nada, Lía. De todas formas, yo estoy dispuesta a sufrirlo todo..."

"Otro día volvió a preguntarme -recuerda Lía-: ¿Pero por qué no puedo saber lo que me pasa? ¿Tú qué crees que tengo?

Para mí era una tentación decirle lo que le pasaba, pero sólo de pensarlo me daba pavor... De todos modos, poco a poco, la iba preparando.

-Montse, ¿de verdad estás contenta, y dispuesta a aceptar lo que pueda ser?

-Claro que sí -respondió-. Pero, ¿por qué tienes miedo? Fíjate cómo estoy de fuerte -y me enseñaba sus brazos-, no quiero que te preocupes.

Pero a pesar de todo, se la notaba peor. De vez en cuando me buscaba, y me preguntaba si tenía mucho trabajo. Yo dejaba inmediatamente lo que estaba haciendo y nos poníamos a charlar un rato. Un día tomé la resolución de insinuarle algo más claramente y le dije, en el transcurso de la conversación:

-...porque ya sabes que hay tumores que degeneran en cáncer.

La miré a la cara para ver qué impresión le había causado. Seguía serena, y me preguntó:

-Pero si es el Señor quien me ha dado la vocación, ¿por qué no ha de darme la salud?

No pude más y le dije, muy resuelta: ¿Pero tú estas dispuesta a todo, no es cierto?

-Sí, eso sí -me dijo-, pero me da mucho miedo sufrir y los médicos me asustan... pero si Dios me envía más sufrimientos, como dices, me ayudará mucho, lo mismo que vosotras".

"Uno de esos días -recuerda Manolita- bajé a Barcelona para hablar con Montse Amat y me dijo que habían pensado en acortar el plazo de la incorporación jurídica de Montse al Opus Dei. Al regresar a Seva le dije:

-Montse, tengo que darte una alegría.

Pero no pudimos charlar hasta la noche.

-Mamá -me preguntó-, ¿qué me querías decir?

Se lo conté y me dijo:

-Eso quiere decir que voy a durar poco...

Yo intenté arreglarlo como pude; pero ella seguía serena. Me había hecho aquel comentario con la frialdad de una conclusión lógica, aunque esa lógica llevase a algo terrible... No acusó ni pena ni sentimiento de dolor. Un poco más tarde se acostó y se quedó dormida enseguida".

Índice de Montse Grases