Pascua 1958. Unas fotografías en el jardín

 

"A comienzos de abril -recuerda su madre- nos fuimos a Seva, como de costumbre, para pasar los días de Semana Santa allí. Yo estaba convencida de que en verano Montse se nos iba a Francia -aunque a ella no le habían dicho nada todavía: sólo tenía previsto irse a vivir aquel verano a un Centro del Opus Dei- y por eso quisimos aprovechar aquellas últimas vacaciones en Seva con nosotros para hacerle fotografías en el jardín de Villa Josefa, con el rosal al fondo. En ésta fotografía está junto a Manuel, con un gesto muy suyo..."

"Hubo que convencerla para que se dejase retratar. No era nada amiga de aquellas 'sesiones' fotográficas; o mejor dicho: era enemiga de todo lo que supusiese significarse... no le gustaba 'posar' y hacía gestos divertidos para que no la fotografiáramos; por eso en una de las fotos está muy salada, haciéndole burla a la cámara..."

"En esta fotografía que me hice con ella lleva colgada al cuello una medalla preciosa de la Virgen de Montserrat, con esmaltes, que diseñaron para la madre de Manuel, que también se llamaba Montserrat. Manuel me la dio a mí y yo se la regalé a Montse. Tiene una orla de rubíes y en el centro, alrededor de la Virgen, está representada toda la escolanía..."

"Pasamos en Seva unos días de Semana Santa especialmente entrañables, con un sabor agridulce de despedida. Por las tardes íbamos a los Oficios en Santa María".

Como reflejan bien las fotografías, la madre de Montse no dejaba de mirar a su hija: pensaba que aunque Montse no lo supiese todavía, muy posiblemente en cuanto se lo propusieran decidiría irse a Francia, y tardaría tiempo en volverla a ver...

Los días pasaron rápidos. Y el 5 de abril, Sábado de Gloria, como era costumbre en toda Cataluña, salieron grupos de niños cantando las "caramellas", unas canciones tradicionales de la Pascua florida:

Al.leluya
Ja sonen les campanes
El món es tot florit
Cantem en cor...

Las circunstancias concretas de la entrega de Montse como Numeraria del Opus Dei, indicaban que había sido llamada por Dios para vivir el celibato apostólico y que gozaba de una disponibilidad completa para sacar adelante las labores apostólicas del Opus Dei. Y esa disponibilidad plena significaba, para Montse, en aquel momento concreto, irse a vivir aquel verano a un centro para formarse espiritualmente según el espíritu del Opus Dei, y dejar de vivir materialmente con su familia, con la que aparece en esta fotografía.

Esto le costaba. Y le costaba mucho, aunque esa separación física de su familia no suponía una separación afectiva ni espiritual, sino todo lo contrario. Pero veía con toda claridad, que Dios le estaba pidiendo aquella separación. Y muy posiblemente sentía en su alma el eco de las palabras de Jesús adolescente en el Templo: "¿No sabíais que yo debo ocuparme en las cosas de mi Padre?"

Quería con toda su alma a sus padres. Pero por encima de ese cariño, estaba la Voluntad de Dios. "Quien ama a su padre y a su madre más que a mí..."

A sus padres aquella separación también les costaba, naturalmente. Los hijos se les iban yendo... Enrique ya estaba en el Seminario. Y ahora Montse, quizá, a Francia... Pero lo aceptaban con alegría: no se hacían "novelas rosas" con sus hijos; los habían educado para cumplir la Voluntad de Dios y ahora empezaban a recorrer libremente el camino que Dios les pedía. Y como padres cristianos, no deseaban otra cosa, por mucho que les costase -que les costaba- que ayudarles a recorrer con garbo ese camino.

"De todos modos -comenta su madre- yo, como la veía tan contenta con la idea de marcharse a vivir a un Centro del Opus Dei en verano, le decía de vez en cuando, de broma:

-Montse, estás deseando irte... ¡qué fresca!

-No, mamá -me contestaba, con una expresión tan dulce y con tanto cariño, que me hacía comprender lo verdadero de su vocación..."

Una marcha problemática

"Cuando acabó la Semana Santa -sigue contando su madre- volvimos a Barcelona. Montse continuó con sus clases. Pero los dolores no cesaban y yo veía cada vez más problemática su marcha. A ella a veces también la veía inquieta...

Siguió haciendo su vida normal: asistía a clases, iba por Llar, pero se veía -aunque no se quejara- que aquello le costaba cada vez más esfuerzo. Tenía unas grandes ojeras; era evidente que no dormía bien y que debía pasar más de una noche en vela. A la mañana siguiente, yo le insistía inútilmente, intentando que se quedase en cama. Pero ella se levantaba puntualmente, aunque estuviese rendida, a la hora señalada.

-Montse, quédate en cama. Si no has dormido nada...

-No mamá...

Y se levantaba".

El doctor pensó que con un poco de reposo se le pasaría el dolor. Lo único que debería hacer era levantarse más tarde. Pero esto a Montse le costaba mucho cumplirlo: veía que había mucho trabajo en casa con todos sus hermanos y argumentaba, con toda razón que, cuando volvía de Misa, su madre ya había hecho "todas las labores de la casa y eso no puede ser". Le dijeron que ofreciera ese reposo como una mortificación.

Manolita observaba que durante la comida Montse levantaba disimuladamente el faldón de la mesa camilla para frotarse la rodilla y que de vez en cuando se le contraía el rostro con un latigazo de dolor. ¿Qué podría ser? Y había perdido el apetito. Cada día, al mediodía, se repetía la misma escena:

-"Montse -le insistía su padre-, un poco más".

-"Papá..., si es que no me apetece tomar nada".

-"Pues has de comer, hija mía. Anda, un poco más..."

Al ver este estado de cosas, el médico de cabecera recomendó que fueran a visitar a un especialista y el 10 de abril acudieron a la consulta del doctor Escayola, de la Sociedad médica a la que pertenecían. El doctor anotó en su ficha un diagnóstico provisional: "artritis reumática. Ligero derrame". Indicó que se le hiciese una radiografía.

Pero aquello no parecía un reuma pasajero. Seguían las molestias y el día 24 de abril volvieron a la consulta del doctor Escayola, que contaba ya con el informe del radiólogo: se apuntaba allí una ligera separación del periostio.

Hoy, cualquier estudiante de Medicina aventajado sabe que una pequeña separación de aquel tipo en el periostio es un signo revelador -patognómico, en lenguaje médico- de una patología específica, de una enfermedad muy precisa y concreta... Pero en aquella época se ignoraba todavía que alcance podría tener aquello.

El 3 de mayo volvió de nuevo a la consulta: la pierna seguía algo hinchada y le molestaba. Dos días después, el doctor decidió hacerle una punción. El resultado fue negativo: estaba claro que no era una artritis; sino otra cosa. El doctor determinó que le pusiesen una calza enyesada. Al salir Montse estaba demudada.

Le escayolaron toda la pierna hasta el tobillo, dejándole a salvo el pie; y aunque Montse hacía bromas diciendo que así se podría poner unas punteras para cubrir los dedos, lo cierto es que se encontraba cada vez peor. Además, daba la impresión de que le habían puesto una cantidad de yeso excesiva. Pero lo llevaba con serenidad.

No pensó que esa fuese una causa suficiente para alterar su horario mañanero del día siguiente. "No dejó ni un solo día de venir a Llar -cuenta Lía- para hacer la oración, hasta que cayó definitivamente en cama. Daba pena verla en el oratorio con su pierna estirada; le era prácticamente imposible arrodillarse, pero ella hacía mil piruetas para conseguirlo. '¿Por qué no voy a hacerlo?', decía".

Al día siguiente la pierna se le hinchó dentro de la escayola y las molestias se volvieron insufribles. Decía que no lo podía soportar. ¿No estaría exagerando?

-"Ten un poco más de paciencia, Montse" -le dijo una.

-"Sí" -respondió sonriendo.

Todos empezaron a inquietarse. Aquello no parecía la consecuencia de una simple caída en una excursión de esquí... "Al tercer día, al verla en ese estado decidimos -prosigue su padre- ir al doctor Esteva, cirujano de huesos y buen amigo. Nada más examinarla nos dijo que había que quitar inmediatamente aquel yeso y en todo caso, ponerle otro mucho más flojo; pero que en todo caso la quería ver antes de enyesarla de nuevo.

Le quitaron el yeso. Y le hicieron sufrir mucho porque se lo habían aplicado directamente a la piel... Después de reconocerla, el doctor Esteva nos dijo que lo mejor era no ponerle nada y volvió a revisar el análisis y la medicación".

Sus padres seguían perplejos: ¿qué podría ser aquello? Lo que le recetaba un médico lo desaconsejaba el siguiente; y el siguiente cambiaba lo del anterior. Le hicieron algunas punciones en las rodillas: pero era difícil averiguar dónde le dolía exactamente: el dolor se le extendía por toda la pierna y además, contra todo pronóstico, iba en aumento. Se quejaba de un dolor en el muslo, pero todos le decían que no había que preocuparse: debía ser el dolor reflejo de algún nervio.

Mayo. Una romería a la Cisa

Esta fotografía corresponde a una de las ocasiones en que fue a Castelldaura.

Durante el mes de mayo algunas de las que iban por Llar decidieron hacer una romería a la Virgen de la Cisa, caminando desde Castelldaura. Tenían previsto rezar una parte del Rosario durante el camino, hasta llegar al Santuario, que está relativamente cercano. Para llegar allí había que andar un rato entre pinos mediterráneos, siempre con el mar al fondo.

"Yo iría en coche -precisa Rosa-. Al llegar junto a la Virgen, rezaríamos otra parte del Rosario, y la tercera al volver. Y Lía le dijo a Montse: 'tú es mejor que no vayas andando, porque los médicos han dicho que no te conviene mover la pierna. Vete con Rosa'.

Uf... ¡Seguro que aquello no le gustó nada! Le dijo a Lía que no se preocupase, que ella podía ir andando hasta allí...

-No, no, Montse -le dijo Lía-, tú vete en coche con Rosa.

-Mujer, vente, me harás compañía, le dije yo.

-Pero, si yo puedo ir a pie como todo el mundo, ¡si no estoy lisiada...!

En ese preciso momento se dio cuenta de que eso me podía haber herido... Y entonces, sin dudarlo un segundo, se subió al coche y me dijo:

-Perdona, Rosa. He dicho una tontería, porque... fíjate: lo más importante no es estar lisiada por fuera, sino estar lisiada por dentro: tener poca caridad y decir cosas que molestan a los demás.

Yo me quedé muy sorprendida, y le dije: 'Chica, si no me ha molestado nada'. (Y era verdad, aquello no me había importado nada. Yo comprendía muy bien que ella quisiera ir andando: a mí también me hubiera gustado mucho ir a pie...) Pero ¡qué disgusto tuvo por haber dicho aquello! Y desde aquel momento estuvo teniendo detalles de cariño conmigo.

Yo sé que esto no son grandes cosas; todo lo que recuerdo de ella durante ese tiempo son cosas pequeñas, de este tipo... pero como nos enseñaba el Padre, esas cosas pequeñas, hechas por amor a Dios, son muy importantes. Cuando el Padre se enteró que yo quería ser farmacéutica, me dijo: 'hija mía: cuando envuelvas un paquete, puedes hacerlo de dos maneras: con cariño o con indiferencia. Si lo envuelves con cariño y encomiendas a aquella persona, se va con el paquete... y tus oraciones'. Y ahora, en la farmacia, cada vez que envuelvo un paquete, me acuerdo de esto siempre, siempre... ¿Qué hubiese sido de mi vida si el Padre no me lo hubiera enseñado? Pues esto era lo que me admiraba de Montse: su amor a Dios en estas cosas pequeñas".

"Es cierto que a veces -matiza Rosa- era demasiado espontánea, demasiado impulsiva: al principio decía, por pura falta de doblez de ningún tipo, todo lo que se le pasaba por la cabeza. Pero se lo fueron haciendo ver y se fue corrigiendo poco a poco..."

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