Enero del 58

 

Ja sonen les campanes
El món es tot florit

Un curioso Rey Mago

El 6 de enero se celebró en Llar la fiesta de la Epifanía al modo habitual de los hogares españoles. Muchas de las que residían allí habían pasado unos días fuera, haciendo un Curso de Retiro, y al volver a Barcelona se encontraron con que Lía y las más jóvenes ya lo tenían todo dispuesto para la celebración de los Reyes. Había un magnífico trono improvisado en la sala de estar -compuesto por el sofá de la sala del piano, envuelto en una tela, y varios almohadones como escabel- y todo estaba dispuesto ya para recibir a los regios visitantes que vinieron, con toda la pompa y el boato que pudieron proporcionar las colchas de la casa. Melchor, Gaspar y Baltasar habían delegado sus funciones esta vez en Carmen Salgado, Ana María Suriol y Montse Grases, que fueron recibidas por la concurrencia entre grandes aplausos. Hubo pequeños regalos y bromas alusivas para cada una por parte de sus majestades, que no se olvidaron de sus propios regalos: Montse recibió una pequeña escultura de barro que representaba un borrico, y un alfiletero con la forma de un farol pintado de rojo.

Así era Montse: si le pedían que cantara para entretener a los demás, cantaba. Y si hacía falta bailar, bailaba. Y si le pedían que hiciera de rey mago, lo hacía; sin temor al ridículo, y sin timideces (con frecuencia esas "timideces" no son más que vanidad y complicación interior: qué pensarán, qué tal quedaré...). Desconocía la doblez. Le contaba a Lía con toda sinceridad las cosas que le salían bien y le salían mal en su empeño por incorporar a su vida el espíritu del Opus Dei. Confiaba en la gracia. Si lograba los puntos de lucha espiritual que se proponía, daba gracias a Dios; si no, luchaba por corregirse. Todo con sencillez, que es el sabor de la humildad. "Recibía las correcciones que se le hacían -recuerda Carmen Salgado- con mucha paz; escuchaba con atención, y luego, sonriendo, daba las gracias". Luchaba por tener la constancia, la docilidad y la fidelidad del borrico del que hablaba tanto en su predicación el Fundador del Opus Dei: "¡Bendita perseverancia la del borrico de noria! -Siempre al mismo paso. Siempre las mismas vueltas. -Un día y otro: todos iguales.

Sin eso, no habría madurez en los frutos, ni lozanía en el huerto, ni tendría aromas el jardín".

Montse sabía estar en su sitio, sin querer ser la sal de todos los platos, y procuraba pasar inadvertida; pero cuando le pedían que hiciese algo para divertir a los demás, hacía lo que hiciera falta -hasta de rey mago-. Aunque la pierna, después de aquel día de excursión, le molestaba un poco.

Unos días de convivencia

El día ocho de enero comenzaron unos días de convivencia en Castelldaura. Asistieron Lía, Sylvia, Ana María, Montse y ocho chicas más. Habían rezado mucho por los frutos apostólicos de aquellos días. Debían ser una ocasión para rezar, para abrir horizontes de vida cristiana a las chicas que asistían a aquel medio de formación, y también para descansar, divertirse y hacer deporte. Montse iba muy elegante: Lía le había explicado que debía cuidar su aspecto externo como una muestra de delicadeza humana en el apostolado y del amor a Dios.

Pero lo cortés no quita lo valiente; ni la elegancia, el buen humor. "Me acuerdo -cuenta Sylvia- que animaba mucho el ambiente y en esa ocasión contó en la tertulia unos cuantos chistes". Con su carácter, era fácil trabar amistad con ella. Durante aquellos días coincidió en la misma habitación con una chica que no conocía. Se llamaba Montse Soler. Congeniaron mucho y desde aquel día se hicieron amigas.

A partir de entonces Montse asistió a Castelldaura en diversas ocasiones. Esta fotografía recuerda una de esas estancias:

Aquella caída en La Molina

Un domingo de enero por la tarde Lía se extrañó al ver que Montse cojeaba un poco. También su madre lo advirtió. "Llamamos al doctor Sáenz -cuenta Manolita- que vino tan campechano y jovial como siempre, y empezó a gastarle bromas:

-Vamos, vamos, Montse, ¿pero a quién se le ocurre ponerse enferma?

El doctor no le dio ninguna importancia a aquel dolor en la rodilla y le recetó unas vitaminas. Pero el dolor no se le quitaba. Al poco tiempo la vio de nuevo; le dijo que se pusiera una rodillera y le sorprendió por su decaimiento físico; estaba perplejo:

-Lo que no puedo comprender -me dijo- es que tenga este aspecto con la cantidad bárbara de vitaminas que está tomando; esto es lo que más me preocupa".

"Montse pensó que aquella rodillera que le habían indicado que se pusiese era poco menos que un aparato ortopédico -recuerda Carmen Salgado- y cuando me lo contó en Llar yo le dije que yo tenía una y que se la podía dejar. Se la llevé y en cuanto la vio me dijo, riéndose: 'anda, si de esto tienen mis hermanos para jugar al hockey; yo pensaba que era una cosa muy cara...'. Y se puso muy contenta por no tener que haber hecho un gasto a sus padres".

Era una caída sin importancia; quizá un nervio hinchado que necesita un poco de reposo; pero el dolor no cedía y cojeaba un poco al caminar. "Yo -cuenta Rosa-, cuando la vi venir hacia mí cojeando, creía que se estaba riendo de mí, y le dije:

-Mujer, que encima te burles de los pobres que andamos así...

-¡No, si no me burlo -me explicó- si es que me he dado un golpe y me duele la rodilla!"

"Sin embargo -sigue contando su madre-, el Dr. Sáenz estaba muy inquieto por aquel asunto: sabía que nuestros hijos no eran enfermizos ni quejones. Las 'curas de caballo' se habían hecho célebres en casa: cuando los chicos venían del colegio con alguna herida, Manuel tomaba las tijeritas, cortaba la piel, lo desinfectaba bien y no pasaba nada... Aguantaban a pie firme porque les habíamos enseñado a ser recios. Por eso, en Seva, se extrañaron tanto cuando uno de sus amigos empezó a llorar a moco tendido cuando se lastimó y le puse en la herida un poquito de agua oxigenada..."

Volverá

"¿No gritaríais de buena gana a la juventud que bulle alrededor vuestro: ¡locos!, dejad esas cosas mundanas que achican el corazón... y muchas veces lo envilecen..., dejad eso y venid con nosotros tras el Amor?"

Todos los días Montse hacía un rato de oración junto al Sagrario, y aquellos puntos de "Camino" la encendían en amor de Dios y la llevaban a deseos cada vez mayores de apostolado y corredención. Sabía que su vocación -la gracia mayor que el Señor había podido hacerle- le llevaba a santificar su trabajo y suponía una entrega plena al apostolado: "No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo soy el que os he elegido a vosotros y destinado para que vayáis y deis fruto..."

Dar fruto... Pero ¿cómo? Nadie nace sabiendo y tuvo que ir aprendiendo a hacer apostolado poco a poco. No le costó mucho, porque el apostolado no consiste en ninguna técnica; es, en palabras del Fundador del Opus Dei, "sobreabundancia de la vida interior". Y Montse tenía vida interior: rezaba, era piadosa, recibía diariamente al Señor en la Eucaristía, tenía un trato cada vez más íntimo con la Humanidad Santísima de Jesucristo, profundizaba en su devoción eucarística, crecía en afán de desagravio...; y además tenía muchas amigas y las sabía querer. Ofrecía por ella muchas pequeñas mortificaciones y las encomendaba especialmente en su oración. "Un día Lía (...) nos dijo -recuerda Sylvia- que iba a haber un curso de retiro abierto en una parroquia cercana y que, si queríamos, podíamos ir a hacer la oración de la mañana y a oír la Misa. Durante aquellos días yo iba a buscar a Montse, e íbamos juntas. Recuerdo que en las meditaciones el sacerdote abría horizontes de amor a Dios y de entrega, y Montse y yo nos mirábamos (...) y encomendábamos a las chicas que asistían".

En Llar le enseñaron cómo es el apostolado propio de una persona del Opus Dei: apostolado de amistad y de confidencia, de servicio y de abnegación; de entrega generosa, sin esperar compensaciones, y de respeto hacia la libertad del otro; sin buscar nunca intereses personales y sin instrumentalizar la amistad, aunque sea por un fin noble.

No le costó mucho llevar esos principios a la práctica. Era "amiga de sus amigas" en toda la extensión del término; y esa expresión en ella estaba llena de sentido. Ser amigo de alguien es mucho más que compartir risas y aficiones: es saber confiar, saber perdonar y -muy importante- saber olvidar. La amistad lleva a aceptar las buenas cualidades del otro... y también sus defectos (aunque se le ayude a corregirlos), y sus manías, y sus aficiones (aunque no coincidan con las nuestras), y sus momentos buenos y esos momentos en los que se pone insoportable. Y eso no siempre es fácil.

Montse sabía ser "amiga de sus amigas": sabía dar afecto y lo recibía; y como consecuencia lógica de esa amistad nacía la confidencia, que facilitaba el apostolado.

Sabía además, que con aquel apostolado participaba de la misión redentora de Cristo para salvar almas. Era una obligación -"id y predicad el Evangelio..."- y un derecho: "Yo ¿por qué me voy a meter en la vida de los demás? -explicaba el Fundador- ¡Porque Cristo se ha metido en vuestra vida y en la mía!"

Sus medios para llevar a cabo esa misión fueron la oración, la mortificación y una acción apostólica vibrante y decidida. Sus "aliados", su simpatía, su buen humor y... el tenis.

Y junto con el tenis, el baloncesto. Formaba parte de un equipo de la Escuela profesional y participaba en un pequeño torneo. Aunque ahora tenía, además del incentivo deportivo, el apostólico. En el equipo había conocido a una chica, Gloria, a la que quería acercar a los apostolados de la Obra.

Gloria era muy deportista: era la jefe del equipo de un colegio que iba a la cabeza del torneo. Y era además, buena estudiante. Un día Montse la invitó a la meditación que tenía lugar en Llar. Al acabar le preguntó si estaba interesada en tener dirección espiritual con el sacerdote, don Julio González Simancas, y en venir por aquel Centro. Gloria asintió. Montse estaba contentísima, y lo comentaba con alegría:

-"¿Te das cuenta? ¡Ha venido Gloria! ¡Volverá!"

Y como el que hace un cesto hace ciento, comenzó a hacer "planes" apostólicos con otras amigas. "Si conseguimos ir a jugar ping-pong a Barcino -le decía a Carmen Salgado- seguro que Mª Luisa Xiol vendrá, porque juega muy bien y le encanta. Así será más fácil que venga a Llar. Podemos estar jugando hasta una hora o así antes de la meditación. Entonces les preguntamos qué van a hacer; les decimos que nosotras vamos a Llar y que también pueden venir ellas; les explicamos que nos reunimos unas cuantas chicas, hablamos de catequesis, roperos, etc... Luego un sacerdote da una charla, hay bendición con el Santísimo, cantamos la Salve..."

Una más

"La recuerdo como una más entre las chicas que venían por allí", comenta don Julio González Simancas. No hacía nada llamativo, nada que desentonase en la vida cotidiana de un Centro del Opus Dei, donde se viven prácticas habituales de la vida cristiana. Iba diariamente a Misa; hacía todos los días media hora de oración por la mañana y otra media por la tarde y algunas veces la vieron rezar durante la media hora de rodillas. Ofrecía el trabajo antes de empezar y desde que había pedido la admisión en el Opus Dei, se esforzaba por hacerlo con mayor perfección humana y espiritual. Leía habitualmente los Evangelios y algún libro de lectura espiritual. Rezaba las tres partes del Rosario. Hacía la Visita al Santísimo; procuraba decir jaculatorias. Se esforzaba en tener detalles de servicio con los demás... Todos los que la conocieron durante ese periodo coinciden en lo mismo: era una chica de grandes cualidades, pero no llamaba la atención. Por esa razón, pasan los días sin que haga una mención de ella la que escribía el Diario de Llar, en el que se recogían anécdotas de la vida cotidiana del Centro. Sólo hay una referencia, fugaz, el martes 4 de febrero. "Después de Misa -se lee- Montse G. se quedó en casa toda la mañana haciendo cosas de oratorio".

Ese era su encargo: cuidar del oratorio, preparar todo lo necesario para la celebración de la Santa Misa. Como es natural, al ser tan joven, en el Opus Dei no le encargaron grandes cosas; ella se ocupaba, por ejemplo, de llevar el balón cuando jugaban al baloncesto; y procuraba llegar la primera para no hacer esperar al resto. Pero en ese encargo del Oratorio puso todo su amor, porque sabía que todo aquello se relacionaba directamente con Dios. Al comenzar tenía un pequeño detalle de delicadeza con el Señor: se lavaba las manos antes de tocar aquellos objetos litúrgicos que iban a estar en contacto con el Cuerpo de Cristo. Y siempre, un cuarto de hora antes de marcharse a su casa, preparaba todo lo necesario para la Misa del día siguiente.

"Todo lo suyo -comenta su madre- fue siempre muy pequeño, porque el amor de Dios esta lleno de cosas pequeñas hechas por amor... Todo muy pequeño, como aquel dolor de la rodilla, que no se le quitaba;y que además no sabía localizar bien: unas veces le dolía más arriba; otras más abajo..." Pero eso no parecía importarle; seguía haciendo deporte, aunque le doliera: "coja y todo -bromeaba- seguiré jugando".

Era un comentario que manifestaba su reciedumbre humana, que había aprendido de sus padres y que fue el cimiento de la fortaleza sobrenatural que iría creciendo en su alma en la medida que fue correspondiendo a la gracia. "Esa fortaleza -comenta don Julio González Simancas- puede ser de dos tipos: la de los mártires, que mueren en un momento por amor y la de los que saben morir poco a poco, mediante la negación constante de sí mismos en las cosas pequeñas. Así fue la fortaleza de Montse".

Esa fortaleza en lo pequeño le llevaba a no permitirse caprichos: Carmen Salgado recuerda que tenía un vestido "que no le gustaba nada, pero se lo ponía, porque se daba cuenta de que tenerlo en el armario sin usar, era falta de pobreza".

Toda esta primera época de su vocación podía resumirse en una sola palabra: felicidad. Felicidad plena en su entrega recién estrenada e intensamente vivida. En aquellos primeros meses -recuerda Lía- su vida "se desarrolló tranquilamente. Como todas, tuvo sus luchas, sus pequeños fallos y dificultades; pero siempre fue de una gran pulcritud interior tremenda, sincera, transparente... lo captaba todo con gran facilidad y tenía un gran amor a su vocación".

Rebosaba del gozo de la entrega, y de esa profunda alegría con la que Dios suele premiar a las personas generosas en los comienzos de su vocación. "En estos primeros tiempos en el Opus Dei -cuenta Sylvia- hablábamos muchas veces 'comparando experiencias' y a menudo nos encontrábamos comentando el pasaje del evangelio del 'joven rico' (...). Solíamos pensar en él con pena, y nos parecía natural que se fuera triste, porque le había dicho que no al Señor por su falta de generosidad. En cambio, qué estupendo era haber dicho que sí!"

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