La primera carta

 

No -concluyó Lía-, aquello no era un arrebato sentimental de un momento; no era el fruto fugaz de un estado de ánimo pasajero: Montse era una chica equilibrada que no obraba por impulsos repentinos. La conocía bien. Aquella era una decisión madura y meditada, profundamente libre. No era la consecuencia de ninguna influencia externa: Montse tenía una personalidad firme, muy poco influenciable. Aquello era de Dios.

Lía, después de ponderarlo detenidamente y de considerarlo en la presencia de Dios, tras hablar con Montse, se convenció de la madurez espiritual de aquel alma joven y de sus sinceros deseos de entrega y de lucha. Sabía que deseaba pedir la admisión en el Opus Dei para servir a la Iglesia, para santificarse en su trabajo cotidiano, para luchar por amor hasta el último instante... Y la dejó pedir la admisión mediante una carta al Fundador escrita de su puño y letra, en el tono familiar propio de la Obra.

Montse tomó la pluma algo nerviosa. Aquella sí que era una carta decisiva. Muy decisiva. Sin duda, la más decisiva de toda su vida. Pero estaba plenamente decidida: aquello era lo que Dios le pedía. Y empezó a escribir:

Aunque aquello sólo fuese un primer paso -era sólo pedir la admisión en el Opus Dei-, aunque no hubiese compromiso jurídico alguno, que no podría tener hasta que pasasen algunos años, ya estaba con toda el alma entregada a Dios en la Obra. Con el corazón ya era del Opus Dei. ¡Qué alegría! ¡Se había entregado plenamente a Dios la víspera de la Navidad!

Aquella noche, al salir, mientras volvía a su casa, todo le parecería más hermoso: la pequeña plaza de Adriano, aquellos plátanos que acompañaban la bajada de la calle Muntaner, surcada por el famoso 64 -el tranvía-, los edificios de grandes balconadas que se veían, calle arriba, entre los árboles, hasta lo alto del Tibidabo, y que se perdían hacia abajo, por los callejones del puerto... ¡Qué pena que desde allí no se viera el mar! Sí; todo era más hermoso en aquella Navidad: las farolas de luz débil, las tiendas iluminadas con los nacimientos y los adornos... Aquella era la Navidad más gozosa de su vida. En la Navidad, cuando Dios se entrega por Amor, ella se había entregado libremente ¡también por amor! a Dios.

También hubo fiesta en su casa. Estaba deseando contárselo todo a sus padres.

-"Pues nosotros -le respondieron- también somos del Opus Dei".

-"¿Pero cómo...? ¿Vosotros también? ¡Qué suerte, qué suerte, qué suerte!"

"Estaba a punto de estallar de gozo -comenta Manolita- y de agradecimiento a Dios".

Entonces Manuel Grases brindó por su hija... y empezaron a cantar los tres juntos:

Se han abierto los campos

surcos abrió el amor,

y el mundo se hizo senda

para el deseo

del sembrador...

Montse recordaría siempre aquella noche: aquella carta, aquel brindis y aquellas canciones de amor.

¡Fieles, vale la pena!

seguir al sembrador

por su claro sendero

entre los campos

sembrando amor.

Más tarde las que vivían en Llar o iban por allí fueron a la Misa del Gallo al Oratorio de la Administración del Colegio Mayor Monterols. Al terminar se sentaron junto a la chimenea, cerca del belén, y cantaron villancicos.

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