El gordo de la lotería

-"Mamá, me parece que tengo vocación".

Cuando escuchó aquellas palabras en labios de su hija, Manolita se quedó desconcertada. Aquello que acababa de escuchar era algo que la ilusionaba, sin duda. Siempre había soñado con tener un hijo sacerdote, y allí estaba Enrique... Siempre había deseado, en el fondo de su corazón, que sus hijos se entregaran a Dios, y ahora Montse le decía que...

Sin embargo, había pensado siempre, no sabía explicarse por qué, que aquello sucedería dentro de muchos, muchos años, como si el tiempo no pasara... Quizá, como todas las madres, no se había dado cuenta de que sus "niños" ya no eran tan niños, y que aquel momento, por el que había rezado durante largo tiempo, ya estaba aquí, ¡tan pronto...!

-"Pero, ¿te lo has pensado bien Montse?"

-"Sí, sí, sí, mamá. Tengo vocación y quiero pedir la admisión como Numeraria".

¿Qué podía decirle? Montse la miraba aguardando una respuesta... ¿Qué respuesta iba a darle? No hay cosa más delicada que la vocación que nace en un alma joven. ¿Qué hacer? ¿Decirle que esperara un poco, como a Enrique...? Ya les había dicho el padre Gabriel que no se podía hacer que los jóvenes retrasaran su entrega y que cuando Dios llama hay que decir que sí, y que los padres comprometen su alma cuando ponen obstáculos graves a la vocación de sus hijos...

Pero aquello podía ser sólo una ilusión, un capricho juvenil que lo mismo se va que se viene. Y... ¿si era cosa de Dios? ¿Cómo podía oponerse a algo que era de Dios?

-"Pero Montse, ¿lo has consultado ya con tu director espiritual?"

-"No, mamá, porque antes quiero estar segura".

-"Pues yo te sugiero que lo hagas, porque él puede ayudarte. ¿Qué te parece si se lo decimos a papá?"

Montse no parecía muy dispuesta. Le insistió:

-"Mira, papá puede ayudarnos a encomendarlo más".

Montse dudó unos instantes. No había contado con esto. Al final aceptó:

-"Bien, hablaremos con él".

Manuel Grases recibió la noticia con su calma habitual, y procuró disimular la alegría que aquello le producía.

-"Mira, Montse -le comentó, con voz serena-, todo lo que yo puedo decirte es esto: la vocación es un don maravilloso que Dios nos da y supone una decisión que hay que meditar muy bien, en la presencia de Dios... Tu madre y yo lo único que podemos hacer en este caso es rezar; y ya que estamos en estas fechas lo que vamos a hacer es encomendárselo los tres al Niño Jesús, para que te haga ver claro cuál es tu vocación. ¿Qué te parece?"

Manuel Grases contuvo su emoción como pudo. Sí; aquello era algo por lo que había venido rezando durante toda su vida... Dios le daba -como le había pedido- una nueva vocación entre sus hijos. Pero ahora lo importante no era que se cumpliese su ilusión personal, sino que se cumpliese la Voluntad de Dios.

Y se pusieron a rezar.

Manuel y Manolita Grases obraron como buenos padres cristianos: dejaron a su hija en plena libertad para que decidiera ante Dios. No le habían dicho que ellos ya pertenecían al Opus Dei, y esto no suponía ningún tipo de desconfianza, ni era un secreteo tonto: era una exquisita muestra de delicadeza con ella; pensaban que de ese modo respetaban más su decisión. Y no se equivocaban.

Tampoco le dijeron que hacía tiempo que rezaban para que algún día se entregara a Dios. Pero le dieron el mejor camino para resolverla: le aconsejaron que rezara, que consultara su decisión con personas bien experimentadas. Y dejaron que decidiera por ella misma, con libertad.

Y ellos, por su parte, pusieron los medios sobrenaturales para conocer la Voluntad de Dios: confiaron en la oración.

Veintiún mil setecientoooos. Ochocientasmiiiil pesetaaaaaas... Cuarenta y ocho mil ochocientos noventa y cuatro. Ochocientasmiiiil peseeetaaaaaaas...

Las voces agudas de los niños del Colegio de San Ildefonso horadaban aquella mañana del 22 de diciembre los tímpanos de los sufridos vecinos de aquella casa de la calle París. Se escuchaba, incesante, por todas partes, la cantinela anual de los premios de la lotería. Hacía frío: 9 grados. Por la calle, ateridos tras sus bufandas de lana, se felicitaban los viandantes: "Bon Nadal! Bon Nadal!" En la Rambla de Cataluña las vendedoras de gallos ponderaban sus ruidosas mercancías, que tiritaban bajo sus plumas entre las miradas inquisitivas de las amas de casa:

-"Pensi que l'hem criat a casa -insistía la vendedora- ja m'ho sabran dir".

Los Grases fueron a Misa a la parroquia, como de costumbre. A la vuelta sonaba todavía la cantinela del sorteo a través del patio interior de la casa, poniendo en vilo a cada momento a las señoras que preparaban la comida del día. A Manolita no le gustaba "tirar el dinero en esas cosas de la lotería", pero en el edificio, quien más quien menos, guardaba una esperanza lejana en su "decimito", o en su pequeña -o grande- participación en la lotería de Navidad, con la secreta ilusión, nunca confesada -¡a mí, a mí qué me va a caer el gordo!- de que si no el Gordo, al menos cayeran unos duros en la pedrea; o si no, para terminar bien las fiestas, algún "pellizco" en el sorteo del Niño...

... Cincuenta y tres mil setecientos veinticincooo: Seiscientas miiiiil pesetAAaaas. Cinco mil seiscientos setenta y sieteee: Cua-tro-cien-tas-mil peseee-tAAAAaaaaaaaaaaaaas...

Manolita no apartaba la vista de Montse. Aparentemente en la casa se vivía con el ajetreo de cualquier Navidad: los niños estrenaban ruidosamente sus primeros días de vacaciones, alborotaban y jugaban por los pasillos mientras Manuel ponía el Belén... y todo, con la música de fondo de los lloros del pequeño Rafael. Pero Montse...

Montse estaba como... distinta. Contenta, pero inquieta. Y no contribuían a la calma precisamente el eco de los números de la suerte que se escuchaban, "gracias a Radio Nacional de España", como repetía el locutor cada diez minutos. A las doce menos cinco hubo un breve silencio. ¿El gordo? ¿Habrá caído el gordo? Muchas señoras del edificio suspendieron por un momento sus faenas domésticas en la cocina. Hubo una tregua en el trasiego de las cacerolas y agudizaron el oído. Sí, por fin, ahí estaba: ¡El gordo! Se escuchó por la radio una voz grave y metálica que leía, silabeando, con acento solemne:

Cin-cuen-ta-y-tres-mil cua-tro-cien-tos-ca-tor-ce: trein-ta mi-llo-nes de pe-se-tas.

A continuación en muchos hogares se armó un pequeño revuelo en busca de aquel boleto que quizá... quizá... pero, después de comprobarlo, nada, ni por asomo. Ni siquiera la última cifra. Está bien. Otro año será. Y las bolas de la suerte seguían repartiendo fortunas, dando vueltas dentro del bombo de la lotería...

Montse, mientras tanto, seguía dándole vueltas a su entrega. Ya estaba casi decidida, pero de vez en cuando, surgía de nuevo la duda... Todo cristiano -lo sabía bien- está llamado a la santidad. La vocación a la Obra es una determinación de esa llamada universal; pero... ¿Dios le pedía eso? ¿Y si todo no era nada más que un sueño, un número equivocado de la lotería?

¿Y si...?

¿Y si su verdadero número, su verdadero camino era ése, y estaba a punto de tocarle el regalo más maravilloso que jamás pudo haber soñado?

A las 11 de la mañana del 22 de diciembre la Radio Vaticana difundió el mensaje de Navidad del Papa por todo el mundo. A través de las ondas se escuchó la voz grave y solemne de Pío XII: "Dios ha confiado a los hombres sus designios para que éstos los realicen personal y libremente poniendo a contribución su plena responsabilidad moral, y exigiendo, si fuera necesario, fatigas y sacrificios al servicio de Cristo".

Durante la tarde del día 24, víspera de Navidad, Pepa y Montse volvieron a hablar. "Montse -recuerda Pepa- vino para ayudarme a terminar el Belén. Luego salimos juntas a hacer varias compras y nos acercamos hasta la plaza de la catedral donde estaban los mercadillos en los que se vendían figuras de Belén, panderetas, musgo... Luego fuimos a Monterols, donde estuvo viendo los adornos navideños que había hecho Carmiña Cameselle. Estuvimos hablando de su vocación y me dijo que le dolía la pierna, pero yo no le di mayor importancia. Estaba prácticamente decidida a ser del Opus Dei, pero la retenía el temor a no perseverar".

Montse le expuso sus dudas: quizá era demasiado joven... Pepa le habló de Icíar, la Directora de un centro del Opus Dei en Roma, que se había decidido a su misma edad. Montse volvió a la carga: ¿y quién le decía a ella que en el futuro...? ¿Quién le aseguraba la perseverancia? ¿Y si se encontraba sin fuerzas? Pepa le daba razones sobrenaturales hasta que, en un determinado momento, Montse se abandonó en las manos de Dios, y se decidió. No había que darle más vueltas: Dios la llamaba al Opus Dei.

"El Gordo en Bilbao", anunciaba el día anterior "La Vanguardia" en los grandes titulares de su primera página. "Y el segundo en Valencia", apostillaba el diario. Montse sabía que no era así. Aquel año el gran premio de la lotería, el "gordo", no había caído ni en Bilbao ni en Valencia, sino en Barcelona. En concreto, le había correspondido a ella.

Volvió de nuevo a Llar, exultante y contenta. Desde luego, mucho más contenta que el Sr. Zajarín, el agraciado mecánico bilbaino propietario del boleto de la suerte, que se asomaba a la primera página de los diarios con su rostro sonriente de nuevo millonario...

Nada más llegar, como tenía por costumbre, saludó al Señor en el Sagrario. Estaba totalmente decidida. Y feliz, aunque un poco nerviosa. En la sala de estar cantaban villancicos junto al belén y escuchaban unos discos que había traído de su casa.

"Me acuerdo perfectamente", cuenta María del Carmen Delclaux: "eran las ocho de la noche y yo estaba con Montse planchando algunos lienzos del Oratorio. Estaba inquieta: iba y venía desde la habitación donde planchábamos hasta la puerta del despacho de Lía, que en ese momento estaba ocupada. Me dijo que estaba esperando para hablar con ella. Me sorprendió aquel nerviosismo. Luego me dijo: 'más adelante..., ¿me enseñarás a planchar cosas del Oratorio?'. Me quedé extrañada: ¿Qué me quería decir con aquel 'más adelante'?"

Al fin, se abrió la puerta del despacho de Lía y Montse salió corriendo.

-"Lía, ¿puedo hablar un momento contigo?"

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