La llamada

Entró Enrique en el Seminario diocesano de Barcelona y Montse continuó sus clases en l'Escola. Las buenas calificaciones del curso anterior evidenciaban la formación que había ido recibiendo en Llar sobre la santificación del trabajo. A medida que crecía en vida interior, iba intensificando su espíritu de trabajo y esto tuvo un reflejo claro en las notas de fin de curso: obtuvo una mayoría de notables y sobresalientes. Seguía acudiendo a Llar con frecuencia. "En noviembre del 57 -cuenta Rosa- la invité de nuevo a ir un Curso de retiro. Esa vez me amparé en mi polio. Le dije que no sabía yo si podría ir a esos Ejercicios...

-¿Por qué?, me preguntó.

-Porque iba a venir una amiga mía para ayudarme y al final no va a poder. Y, la verdad, si no va alguien que me ayude, no me animo a ir. No me gusta que todo el mundo tenga que estar siempre pendiente de mí...

-Ah, muy bien -me dijo enseguida-, entonces iré yo y te ayudaré.

Ese era un gesto muy suyo: ayudarte en todo lo que pudiera. Y lo hacía además con una gran elegancia humana: no se hacía notar. Sabía hacer y desaparecer, sin dejar por eso de estar pendiente de ti: de repente, te dabas la vuelta y te la encontrabas detrás, por si necesitabas algo...

Esta actitud puede resulta natural en una persona mayor, pero en una chica tan joven como ella, me sorprendía. Estaba pendiente de las cosas grandes y de las pequeñas. Por ejemplo, si en una habitación no había sillas para todos, se marchaba, las traía, las ponía y se sentaba. Y si yo me daba cuenta, me guiñaba un ojo, sonriendo, como diciéndome: 'ya está'.

Al final, por otras razones, yo no fui a esos ejercicios. Me quedé en Barcelona y recé mucho por ella... porque yo estaba convencida de que tenía vocación. Veía que Montse tenía un espíritu desprendido, generoso, con capacidad de entrega. Y el corazón libre para querer a Dios...

Un día se lo dije claramente:

-Mira, Montse, Dios te ha dado una serie de cualidades por las que estoy convencida de que, si te entregas a Dios, serás muy feliz. ¿Por qué no le preguntas al Señor si tienes vocación?

Yo estoy segura que ella también veía todo esto, pero... no le gustaba que yo se lo dijera: me dijo que la vocación era algo muy importante, muy personal, y que lo tenía que decidir con plena libertad.

Y yo la dejé, naturalmente, en plena libertad. Pero seguí rezando por su vocación..."

Lía Vila

El 5 de noviembre llegó una nueva Directora a Llar, Emilia Vila, a la que todas llamaban por su nombre familiar: Lía. La madre de Montse recuerda a esta catalana de veintisiete años, oriunda de Gerona, como una mujer de grandes cualidades y de una gran simpatía: "...Alta, esbelta, con el pelo castaño... era muy dinámica, y tenía una gran vibración apostólica y un temperamento muy abierto y extrovertido. Era una mujer de gran corazón, muy delicada y muy agradable en el trato. Era alegre y serena, al mismo tiempo. Falleció hace unos años. En resumen: una persona excepcional".

Al llegar a Llar, Pepa Castelló presentó a Lía algunas chicas jóvenes que venían por allí: una de esas chicas estaba enfundada en una bata blanca y colaboraba en los arreglos de la casa limpiando una puerta sucia de pintura. Cuando vio a Lía se adelantó a saludarla:

-"Hola, me llamo Montse. ¿Y tú?"

El segundo Curso de retiro

Montse "me llamó la atención de una manera especial", recuerda Lía en sus escritos. Poco tiempo después de esta breve presentación tuvo ocasión de pasar con Montse unos días en Castelldaura, durante los Ejercicios Espirituales y tiempo más tarde se haría con ella esta fotografía:

Montse "estaba muy contenta -recuerda Lía-; me habló de que le ayudara a ponerse un plan serio" (de vida cristiana)". 'Ya lo tengo pero quiero hacer más, y sobre todo ordenado. Ya sé que va a ser un poco difícil, porque somos mucha gente en casa y tengo que ayudar un poco a mama'. Hablamos del 'minuto heroico', (...), de ir a Misa todos los días... y con cara de pasmo me iba diciendo: 'todo eso en casa lo hacen mis padres'. Y comentó: 'Pues, si ellos lo hacen, ¿por qué no voy a hacerlo yo?'"

Montse había ido al Curso de retiro junto con su amiga Ana María Suriol; eran las más jóvenes y les costaba estar en silencio. "Hablaban las dos bastante -recuerda Lía, divertida- pero no solíamos decirles nada". Lía y Pepa comprendían que a su edad, después de las charlas ascéticas y de las meditaciones del sacerdote, tuvieran ganas de charlar y de darse una vuelta, riéndose, por los jardines...

Del motivo de aquellas risas se enterarían más tarde. El primer día, nada más llegar a Castelldaura, Montse había ido probando, de broma, todas las camas que había en la casa, para comprobar cual estaba más blanda y más mullida; y cuando decidió cual era la mejor... se lanzó sobre ella como si estuviera desde lo alto de un trampolín y ¡zás!, tuvo tan mala suerte que la cama se rompió, ante la consternación de Ana María, que vio como acababan las dos -Montse y la cama- en el suelo. Tuvieron que atarla con cuerdas... ¡Vaya un buen comienzo -pensaron- del Curso de Retiro!

De todos modos, Lía y Pepa animaron a aquellas dos jóvenes parlanchinas a que aprovecharan aquellos días de retiro para profundizar en el trato con Dios y a que lucharan por estar en silencio, porque Dios habla bajo...

Fue como un susurro. Montse intuyó lo que Dios quería de ella... pero no del todo. Como sucede en todas las llamadas de Dios, debía superar todavía una pequeña bruma.

Aparentemente no había pasado nada. Nadie se dio cuenta. Ni siquiera Ana María, que lo único que notó fue una mayor alegría en Montse. Durante aquellos días -cuenta- intensificamos nuestras conversaciones espirituales (...). Sin embargo, no me comunicó su vocación o deseos de entrega al Señor hasta algún tiempo después, cuando vio con claridad la llamada de Dios".

En aquel Curso de retiro estaba una chica, Sylvia Pons, algo mayor que Montse, que cuenta: "Eramos doce las asistentes al retiro y tuvimos oportunidad de hacernos amigas todas las que estábamos allí. Montse estaba con una amiga suya Ana María Suriol, de su misma edad, 16 años. El retiro fue muy intenso, como todos los cursos de retiro. Recuerdo que en el comedor leíamos 'Cartas de Nicodemo', de Jan Dobraczynsky, que nos encantaba a todas".

Las "Cartas de Nicodemo" resultaban una lectura perfectamente adecuada para aquel público y para aquellas horas del mediodía. Habían tenido, por la mañana, una meditación antes de la Misa; luego otra meditación y un rato de lectura espiritual. Por la tarde vendría el Vía-Crucis, otra meditación, el Santo Rosario, la bendición con el Santísimo... Y todo en silencio, para favorecer la oración personal, junto al Sagrario o paseando por las avenidas de Castelldaura, bajo las palmeras o los plátanos, divisando siempre la cinta azul del Mediterráneo en la lejanía.

Tras el "affaire" de la cama, Montse y Ana María estaban haciendo con profundidad y seriedad aquel Curso de Retiro... pero es fácil comprender que aquellas dos quinceañeras estallaran en risas al oír en labios de una amiga la lectura del comienzo del primer capítulo de aquel libro:

"Esta enfermedad, Justo, me está destrozando. Antes yo era un hombre lleno de energía, sabía mostrarme suave y comprensivo con los que me rodeaban. No sentía esta continua irritación e impaciencia, esta insoportable necesidad de quejarme sin cesar de los demás..."

Montse -sigue contando Sylvia- tuvo unos cuantos ataques de risa y explosiones, contagiando a las demás".

Una vez superadas las risas, seguía el silencio del retiro y la oración junto al sagrario. En uno de esos momentos Montse atisbó lo que Dios le pedía: la entrega total y plena, dentro del Opus Dei.

Exteriormente nadie notó nada; pero, como recuerda la expresión castiza, "la procesión iba por dentro", aunque por fuera siguiera tan divertida y expansiva como siempre. "Siempre recordaré -comenta Sylvia- los abrazos tan efusivos y tumbativos que daba y lo dinámica que era".

Cuando terminó aquel Curso de retiro, ya de vuelta a Barcelona, comenzó a asistir con más frecuencia a Llar. A primera hora de la mañana acudía con Sylvia a la Misa que se celebraba en el Oratorio del Centro y después se quedaba a ayudar en lo que libremente quería. Era una ayuda eficaz y con frecuencia, divertida. "Nos quedábamos muchas veces -recuerda Sylvia- para hacer la limpieza del Oratorio. Como el suelo era de parqué, le sacábamos brillo frotándolo con bayetas. Estábamos no sé cuanto tiempo frotando con las bayetas en los pies hasta dejarlo resplandeciente. Nos parecía que era más efectivo al frotar, dar una patada al suelo, de manera que hacíamos un ruido fenomenal".

Lía Vila cuenta que, a partir de aquellos tres días de retiro, cada semana charlaban sobre algunos puntos de la vida interior, especialmente sobre la oración; para hacer la lectura espiritual le recomendó, y le entusiasmó, "El Valor divino de lo humano", de Jesús Urteaga; y "La Virgen Nuestra Señora", de Federico Suárez; que asimiló muchísimo y fue un libro muy decisivo en su vida... Recuerda también Lía otros libros de espiritualidad que había leído Montse, como "Dificultades en la oración mental", de Boylan, "Simón Pedro", de Chevrot y otros. También hablaban de filiación divina, de mortificación en las cosas pequeñas, y de apostolado. Y un día le dijo que estaba pensando pedir la admisión en el Opus Dei.

Por esos días -el 8 de diciembre-, Sylvia había decidido ya entregarse a Dios en el Opus Dei. A Montse no le extrañó: ya le había comentado a Nuria, una amiga suya, durante el retiro, que aquello se veía venir...

La decisión generosa de Sylvia debió ser un aldabonazo en su alma, como lo había sido la de su hermano Enrique. Sylvia tenía más o menos su misma edad y ya se había entregado a Dios... "Sylvia -recuerda María del Carmen Delclaux- era una chica guapa, de una buena familia de Barcelona, muy dinámica e independiente para lo que se llevaba en aquella época. Conducía una Isetta y gozaba de mucha libertad de movimientos, poco frecuente entonces. Recuerdo que nos llevaba y nos traía en el coche de acá para allá y el hecho de que gozara de esa autonomía nos sorprendía mucho, porque en aquellos años las chicas, por lo menos en Barcelona, solían vivir en un ambiente familiar muy cerrado".

Temores y dudas

Montse disfrutaba al igual que Sylvia, de ese clima de libertad familiar, y por su talante humano, abierto, divertido e independiente, congeniaron muy bien. También ella sentía la llamada de Dios allí, en el hondón del alma: una llamada que afloraba a la superficie cada vez que hacía oración... Tenía razón Rosa: la vocación es algo que Dios hacer ver en el corazón de un modo misterioso. Y aquel punto 903 de "Camino", era como una espada afilada:

-"Si ves claramente tu camino, síguelo. -¿Cómo no desechas la cobardía que te detiene?"

Los deseos de entrega, de amor a Dios, iban creciendo y creciendo cada vez con más fuerza en su alma, iluminando su mente y su corazón, hasta apoderarse de ella. Cada vez estaba más claro... aquello era lo que Dios le pedía... aquello era lo suyo... pero pensaba que era muy joven, que era pronto todavía... ¿No se estaría precipitando?

El tercer domingo de diciembre -el día 15- hubo retiro mensual, como de costumbre, y Montse estuvo allí junto con las chicas -una cincuentena- que asistieron; y además pasó la bolsa al terminar. En esa bolsa las participantes podían colaborar con sus ahorros en las labores apostólicas de Llar. El resultado en cifras no era precisamente como para deslumbrar al cajero del Banco de España, pero lo que importaba era sobre todo la generosidad del corazón, ya que el bolsillo de aquellas estudiantes solía ir, por lo habitual, bastante corto.

También los sábados y los días 19 de cada mes se hacía una colecta que se destinaba a las flores que se ponían junto al Sagrario y a las visitas que se hacían a gente necesitada, o a tener un detalle de cariño con alguna persona enferma, como aquella chica joven a la que visitaban Montse y Ana María. Esa chica "tenía cáncer en el cerebro -recuerda Ana María-, le hacía sufrir mucho, pero supo soportar heroicamente toda su enfermedad con una paz y alegría extraordinarias. Nos admiraba la serenidad con que aquella chica llevaba su enfermedad, dejándonos profundamente impresionadas cada vez que íbamos a verla..."

El martes 17, a partir de las siete de la tarde, el timbre de la casa sonó sin parar. Eran las más jóvenes, que acudían a una clase de formación espiritual. En esa clase se hablaba de cultivar las virtudes humanas -lealtad, sinceridad, alegría... de santificar el trabajo, y de algunos aspectos capitales de la vida cristiana. Entre las asistentes estaba Montse. Sin embargo, al acabar la clase no se fue a la hora acostumbrada. Le dieron las tantas hablando con Pepa.

En los días anteriores a la Navidad, mientras unas empezaron a adornar las habitaciones de la casa, otras comenzaron a montar el belén. ¡El belén! Desde el viernes 20 aguardaban en la sala de estar las figuras del pesebre y el resto de los aditamentos: corchos, puentes, casas y castillos; pero, como suele suceder, pasaban los días y el belén no se acababa; Pepa y otras "artistas" decían que faltaban elementos; por ejemplo, musgo. ¡No se puede hacer un belén sin musgo! Lo sabían bien, porque Barcelona es tierra de buenos belenistas. No había que preocuparse, mañana se iría por musgo. Lo importante era tener el Nacimiento acabado para la Misa del Gallo, porque ya se sabe que un belén corre sobre todo un riesgo: el de no acabarse nunca.

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