La última batalla

 

Mientras tanto, en la sede Central del Opus Dei en Roma, el Fundador iba enseñando, día tras día, con paciencia y fortaleza, a aquellos hombres y mujeres que se formaban a su lado, los rasgos esenciales del espíritu del Opus Dei. Les alentaba a santificar el trabajo de cada día, a hacer cada jornada un esfuerzo amoroso por convertir el gris de lo ordinario en colores agradables a Dios, "endecasílabos de la prosa de cada día", como le gustaba decir. Abría ante sus ojos ambiciosos horizontes de apostolado y hacía crecer en sus almas deseos firmes de servir eficazmente a Cristo y a su Iglesia desde su propia situación en el mundo.

Sus enseñanzas eran exigentes y atractivas al mismo tiempo. Sabía encender en el amor de Dios a los que le escuchaban, conjugando un gran sentido sobrenatural y con su característico sentido del humor. "La verdadera virtud -recordaba- no es triste y antipática, sino amablemente alegre".

 


Aquel año de 1956 era el cuarto que la hermana del Fundador, Carmen Escrivá, residía en Italia. El primer año lo había pasado en Salto di Fondi, un pequeño pueblo de la costa del mar Tirreno, en una finca con cuya explotación se ayudaba al mantenimiento del Colegio Romano. Le había costado irse de España, "pero pensó -comenta Encarnita Ortega- que, tal vez, podría ser su último servicio a la Obra".

 

Las condiciones materiales de aquella finca habían sido muy malas: el único acceso con el que contaba era un camino carretero y un puente de circunstancias, que se transformaba, cuando llegaban las lluvias, en un largo barrizal. La casa no tenía teléfono y la calefacción se reducía a tres o cuatro estufas de leña repartidas por las habitaciones, que estaban en obras.

Sin embargo, Carmen Escrivá había afrontado aquella situación con su elegancia y su buen humor habitual. Esas dificultades materiales no suponían para ella ninguna novedad: había ayudado en los comienzos de la labor apostólica en condiciones muy precarias, tanto o más que aquéllas. Y no hacía ningún drama de estas carencias: cuando se desplazaba a Roma algunos fines de semana hablaba de las maravillas del campo, que tanto le gustaba, y minimizaba aquellas incomodidades.

Por fin, en el verano del 53 pudo trasladarse a Roma, donde vivía en una casa situada en Via degli Scipioni. Allí residía en aquel verano del 56. En la entrada, junto a la puerta, recibían a los visitantes una pintura de la Virgen y unos azulejos con una inscripción latina: "sit iter laetus, reditus laetior", alegre sea tu marcha, más alegre tu retorno.

Aquella inscripción reflejaba el ambiente cordial que se encontraban todas las personas de la Obra que iban a visitarla. Como siempre, todo a su alrededor -salvo los ladridos del "Chato", el perro- respiraba buen humor y alegría. Y aunque ahora podía disfrutar de un merecido descanso, seguía atendiendo a las necesidades de unos y otros, con constantes detalles de delicadeza. Estaba pendiente de las necesidades de todos, hasta en los detalles más pequeños. Esta fotografía hogareña, en la que Carmen Escrivá intenta contener el ímpetu del "Chato", recoge su talante humano: alegre, simpático, amablemente divertido, con un carácter fuerte que, como señala Encarnita Ortega, trataba de dominar, y un gran sentido del humor. "Le gustaban mucho los chistes -cuenta Encarnita-: tanto escucharlos como contarlos, cosa que sabía hacer con gracia".

Había consumido su vida en servicio del Opus Dei, y ahora, cuando podía disfrutar de un merecido descanso, aprovechaba todos los ratos para confeccionar pequeñas prendas en el "cuarto de los pájaros", o bordados sencillos que fuesen útiles en un Centro del Opus Dei o en otro. Los que la visitaban nunca se la encontraban mano sobre mano: "nunca la vi sin hacer nada -recuerda Encarnita-. Tenía labores diversas para aprovechar mejor el tiempo variando de trabajo. Como era muy ordenada, conseguía hacer rendir mucho las horas".

Un día, Carmen Escrivá comenzó a sentirse mal. Encarnita Ortega y otras mujeres del Opus Dei la acompañaron en sus visitas a los médicos. Tras las consultas, el doctor Ficari les hizo saber el grave diagnóstico: cáncer de hígado. Cuando estas mujeres se lo comunicaron al Fundador y a don Alvaro del Portillo, Mons. Escrivá les preguntó cuánto tiempo de vida le auguraba el médico. Dos meses, fue la respuesta. "Entonces -escribe Encarnita- nos comentó que, con mucho cariño y haciéndole la reflexión de que si Dios quería podía salvarla, había que comunicárselo y decidió que lo hiciera don Alvaro. Nos argumentó el Padre, más o menos, con estas palabras: Carmen ha ayudado con su trabajo silencioso y con gran generosidad a la marcha de la Obra en distintos Centros y siempre que ha sido necesario; sin ningún alarde y con una disponibilidad plena. Es de justicia que le ayudemos a ganar la última batalla".

Poco después varias mujeres del Opus Dei hablaban con el Fundador, quien les había dicho que iba a darles algunas noticias.

-"¿Buenas, Padre?"

-"Sí, hija mía, buenas, porque la Voluntad de Dios siempre es buena".

Y les comunicó la grave enfermedad que padecía su hermana.

"Don Alvaro -cuenta Encarnita Ortega- le explicó (a Carmen) con mucho cariño y claridad, la gravedad de su estado. Al marcharse don Alvaro, después de aquella conversación, y entrar yo a estar con ella, me dijo:

-Alvaro me acaba de dar la sentencia de muerte.

E inmediatamente cambió de conversación. En los dos meses que duró su estancia en la tierra, sólo tangencialmente tocaba ese tema; por ejemplo, para recordarnos algo que había que hacer en una época determinada del año, en la que pensaba que ya no estaría entre nosotros. El resto de las veces no lo mencionaba para no hacernos sufrir, pero a don Alvaro le dijo, la víspera de su muerte, que desde que le dio la noticia de su gravedad, repetía casi constantemente: 'Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía'".

"En ese periodo destacó su serenidad; el abandono pleno en manos de Dios; la obediencia al médico para poner los medios humanos para la curación... Mientras nosotras pedíamos al Señor: 'Señor, si quieres, ¡puedes!' Ella nos confesó que le decía: '¡Que se haga lo que Tú quieras!'

No sólo tuvo conformidad (plena con el querer de Dios), sino que mantuvo el buen humor hasta el último momento y el interés por todo lo que le rodeaba, aunque tenía la persuasión plena de que la muerte estaba muy cerca. Nos decía que diésemos cuerda a los relojes de la casa para que funcionaran; que cerrásemos las persianas para que el sol no decolorase las tapicerías (...).

Se le notaba durante todo ese tiempo muy metida en Dios, muy pendiente de su Voluntad y hablaba con gran naturalidad del Cielo, de su encuentro con el Señor y con la Santísima Virgen. Dividía el día para irlo ofreciendo por diversas intenciones y sacarle así un mayor rendimiento sobrenatural. Tenía deseo de unirse a Dios y nos prometía seguir ayudándonos desde el Cielo".

"El día que Santiago llegó de España para estar en Roma en las últimas jornadas de su hermana en la tierra, quiso esperarle levantada y lo más arreglada posible, aunque el avión trajo varias horas de retraso y estaba muy cansada. Al insistirle para que se acostase, decía:

-Es mejor que le espere levantada para no hacerle mala impresión y evitar que sufra más. (...)"

"Su trato habitual con Dios, junto con la recia formación cristiana que había recibido en casa de sus padres y de la formación doctrinal-religiosa que ella cultivó, le prepararon para aceptar plenamente, 'como una persona santa del Opus Dei', nos comentó don Alvaro, la enfermedad y que el Señor quisiera llevársela cuando aún podía haber vivido bastantes años. Y, no sólo aceptar, sino ofrecer todas las molestias y el dolor, por la Iglesia, por el Papa, y por la Obra".

"El Padre le ayudaba a sobrellevarlos "(sus dolores) "con sentido sobrenatural y con garbo humano. 'Carmen -le decía-: ofrece hoy la sed... la fatiga... el dolor... el cansancio...' y le iba desgranando intenciones: por el Romano Pontífice; por las necesidades de la Iglesia; por el Opus Dei..."

Antes de morir, "pidió y recibió con gran devoción la Confesión -una vez más-, el Viático y la Unción de enfermos. El Viático se lo administró su hermano, que le dijo unas palabras reavivando su fe y ayudándole a pedir perdón a Dios por todas las debilidades y pecados. La Unción de enfermos, Mons. Alvaro del Portillo (...); después de recibirla Carmen le pidió que le hablase de los Misterios Gloriosos del Santo Rosario".

-"¿Estás contenta, Carmen? ¿Tienes paz?", preguntaba don Alvaro.

-"Tengo una paz interior muy grande -contestaba-. ¡Qué paz!"

-"Tiene una paz interior enorme -comentó el Procurador General de los Agustinos Recoletos, que la había confesado durante su enfermedad-. Se ve que es un milagro del Señor esta docilidad a la Voluntad divina: no he visto ningún enfermo tan unido a Dios. Yo vengo aquí, más que para ayudarla, para edificarme".

"Durante sus últimas horas -recuerda Encarnita Ortega- mantuvo en su mano el Crucifijo, que besaba con frecuencia, y hasta que le fue posible iba repitiendo las jaculatorias que frecuentemente le decíamos. Aunque físicamente sentía la inquietud propia de los moribundos, nos decía que estaba muy tranquila, contenta y con deseos de encontrarse con Dios".

En las conversaciones, se hablaba del Cielo, de la misericordia del Señor, y de la felicidad sin término que le esperaba allí.

-"Carmen, ¿quieres ir al Cielo?

-¡Claro que sí!

-Allí está Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, y la Virgen Santísima... Cuando veas a la Virgen, pídele por nosotros".

Murió el 20 de junio de 1957, festividad del Corpus Christi, a las 3.25 de la madrugada.

"Tuve la suerte -prosigue Encarnita- de cerrarle los ojos, después de muchas horas pasadas a su lado -horas que marcaban el final- tratando de ayudarle en la última batalla (...). Su cadáver reflejaba una gran paz (...).

Aquella misma madrugada se celebraron cuatro Misas por su eterno descanso. La emoción de aquel momento estaba acentuada por el dolor que se reflejaba en nuestro Fundador y por su identificación con los planes divinos".

La primera de esas Misas, todavía en la madrugada, la celebró el Fundador del Opus Dei. Mientras, continúa relatando Encarnita, "nosotras amortajamos a Carmen, poniendo en cada movimiento y en cada detalle la mayor delicadeza y cariño de que éramos capaces. Rezábamos... Pensábamos... A veces las lágrimas corrían silenciosas: nos costaba creer -¡la habíamos querido tanto!- que ya nunca podría sonreírnos. Además nos había impresionado ver salir al Padre, después de aquel ratico de oración ante el cuerpo inanimado de su hermana. Estaba desencajado, visiblemente afectado, parecía mucho mayor. Y al encontrarnos de nuevo con él media hora más tarde, después de haber celebrado la Santa Misa, parecía otra persona: su rostro reflejaba una paz inmensa y algo que, ante la dificultad de saber expresarlo, me atrevería a decir transfigurado. Nos dirigió una mirada paternal y nos dijo con expresión de absoluta seguridad:

-No lloréis más, que Carmen ya está en el Cielo.

(...) Entró por última vez en Villa Tevere a hombros de alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz. Unas horas más tarde descansaba en la 'Sottocripta' que hay en aquella casa".

En el momento del entierro el Fundador se dirigió a los que le rodeaban:

"Mientras bajan los restos de mi hermana, quiero deciros unas palabras. Nos ha enseñado cómo se vive y cómo se muere en el Opus Dei: sin hacer ruido, desapareciendo, sin que nadie se enterara aparte de nosotros, que estábamos muy cerca.

Yo, como sacerdote, os tengo que recordar que encomendéis su alma; sin embargo, ¿queréis que añada una cosa? Tengo mis motivos, porque siento el ímpetu de Dios, y os sugiero que os encomendéis a ella".

"Sí, hijos -explicaría más tarde-, me tenéis que dar la enhorabuena; Carmen se encuentra ya en el Cielo. Estaba ilusionadísima con la idea de que pronto vería a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo, y a la Santísima Virgen y a los Angeles... Ahora continúa encomendándonos".

"Llevó la enfermedad -comentó en otra ocasión- como una persona santa del Opus Dei. Me da consuelo recordarlo. Antes de morir le dije que la enterraríamos aquí, en la 'sottocripta'. Y se le ocurrió comentar:

-Oye, si va Santiago, que tenga cuidado, porque aquello está muy frío.

Estaban a su lado, conmigo, don Alvaro, don Javier y el doctor Pastor, que le tomaba el pulso (...). Yo lloré como un niño, a escondidas, ante el Sagrario, hasta que murió, porque veía que se nos acababa otro tiempo histórico, porque quería muchísimo a mi hermana, y porque pensaba en lo mucho que nos había ayudado, sin tener vocación, como ella decía. Luego, cuando dejó esta tierra, recé un responso y, en cuanto pude, bajé a decir Misa. Estuve con mucha paz y muy contento: contento con la Voluntad de Dios, que sabe muy bien lo que hace. Pero me costó, porque con ella -insisto- se nos iban treinta años de historia de la Obra. Y me costó también porque tengo corazón".

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