Libertad y alegría

 

No se puede amar a Dios sin libertad... y sin alegría. Montse gozaba afortunadamente, en abundancia de las dos cosas. Y la alegría era uno de los rasgos que más le atraían del ambiente de Llar.

Por lo demás, era una chica con los gustos y aficiones habituales de las adolescentes de su tiempo. Unas veces se iba a pasear con sus ocho hermanos, como se aprecia en esta fotografía.

A veces iba con su hermano Enrique y todo el grupo de amigos y amigas a los conciertos del Palacio de la Música, a los que sólo acudían "los mayores": "Yo les pedía que me llevaran, y les decía que a mí la música me gustaba también -recuerda Jorge, el hermano menor-, pero como si nada. No hubo manera de que me llevaran ni una sola vez".

Otros domingos por la mañana se iba con sus amigas a bailar sardanas a la Escuela Virtelia o a una de las plazas de la ciudad. "Durante aquella época -recuerda Pepa- se conservaba esa costumbre en Barcelona; y cada domingo era en un lugar distinto; y las chicas jóvenes se citaban allí para verlas o participar. A Montse le gustaban mucho, lo mismo que escuchar música o pasear".

Uno de los lugares favoritos de los jóvenes de aquel tiempo era el amplio bulevar del Paseo de Gracia, entre el Consejo de Ciento y la Diagonal. Por allí paseaban, arriba y abajo, los chicos y las chicas de su edad, que solían formar tertulias divertidas, sentados en corro, en aquellas sillas que se podían alquilar por 50 céntimos.

Los paseos que hacía con Rosa, por su situación física, eran especiales. Habitualmente daban una vuelta, entre el estruendo de los trolebuses, con su "Isetta" especial. Ese paseo solía terminar en la plaza de Cataluña, donde se detenían un rato entre las encinas italianas de la plaza, para contemplar el bullicio de los que paseaban entre las palomas o charlaban sentados en las sillas de madera dispuestas concéntricamente en torno a la fuente. Luego, tras enfilar la rambla de Cataluña arriba, solían acabar, un día sí y otro también, en Lezo, una chocolatería que reunía todas las condiciones requeridas: no tenía escaleras -cosa que Rosa agradecía-, contaba con un asiento largo junto a la pared, mullido y cómodo, y era el sitio de moda. ¿Qué más se podía pedir?

Otras veces se quedaban en casa, escuchando música. "Le gustaban a rabiar las rancheras", asegura Rosa. Y especialmente aquellas canciones mejicanas que cantaba Jorge Negrete, y que tarareaba con todas las fuerzas de su voz:

Cuando quiere un mejicano
no hay amor como su amoooor
porque lo entrega de veras
sin ninguna condición...

Luego, la voz subía y subía de decibelios:

Así es mi amoooor
Amor del bueno...
con él me lleno
con él se llena
mi corazoooón...

No podía sospechar Montse por aquel entonces hasta qué punto la letra de aquella canción se iba a hacer realidad en su vida, que desde aquel momento iba a dar un giro sorprendente. Pero antes de pasar a este punto, volvamos de nuevo a Roma.

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