Verano de 1955. Napoleón tenía cien soldados

 

En el año 1955, la situación profesional de Manuel se normalizó con su nuevo trabajo en una empresa constructora, y cuando terminó el curso escolar, los Grases volvieron, como de costumbre, a Seva. Y allí, con la llegada del calor veraniego, comenzaron las tertulias familiares en el jardín, bajo la sombra de los árboles y las excursiones por los alrededores.

Algunos domingos, Manuel y Manolita con alguno de sus hijos y los de algún amigo, iban de excursión por el Montseny. Salían de Seva muy temprano con las mochilas, comían cerca de alguna fuente o al abrigo de algún caserío, si llovía, y regresaban desde Viladrau, Tagamanent, El Figaró, Aiguafreda, San Marçal,... después de andar seis o siete horas. En esta fotografía se ve a Enrique y a Montse junto a la ermita de Sant Bernat.

Sin embargo, a medida que fueron creciendo, los mayores fueron organizando sus propias excursiones. Y era fácil encontrar, muchos días de verano, a los hijos de los veraneantes de Seva trepando por la falda del Matagalls, sudorosos, y cantando a voz en grito las hazañas de Napoleón, quitándole cada vez una palabra a la letra de la canción...

Napoleó tenia cent soldats

Napoleó tenia cent soldats...

El "grupo de hijos de veraneantes" estaba compuesto por chicos y chicas de edades muy diversas: muchos eran hijos de familias numerosas. Por ejemplo, los Grases en aquel momento eran ocho. Eso hacía que en el grupo hubiese varias parejas de hermanos: Pepón y Marisa Ferrater; María Luisa y Ana Xiol; José María Vives y su hermana Pilar, a la que todos llamaban Pilusi; Juan Antonio, Andrés y Javier Framis; María Teresa, Vicente María y María Eugenia Galilea y sus primos Pepito, Jesús y Cuca... Aquí están algunos en una foto hecha años antes, en la que se aprecia plásticamente, por medio de las estaturas, la "escalera" de edades formada por los hijos de los Grases y de los Xiol. Montse es la tercera por la derecha:

Se llevaban muy bien entre ellos, a pesar de la diferencia de edades: en aquel año los mayores rozaban los quince años, salvo alguno como Andrés Framis, que había alcanzado una edad casi venerable: ¡casi veinte!

Montse trepaba entre ellos, monte arriba, cantando y riendo, como todos, junto a su amiga María Luisa. Ahora, aquella subida era para ellas coser y cantar; no como años atrás, cuando subieron por primera vez el día del "Aplec" al Matagalls, a los once años. Las llevaron los padres de Montse. A la mitad del camino ya no podían ni con su alma, aunque seguían cantando:

Napoleó tenia cent...

Napoleó tenia cent...

Pero no podían pararse: ¡Si no, dirían que el Matagalls era demasiado para ellas y no las dejarían subir más! Tenían que seguir trepando monte arriba y coronar la cumbre como fuera...

"Como queríamos demostrar que podíamos -cuenta María Luisa-, íbamos todo el rato delante, medio muertas, pero sin decir nada.

Recuerdo que cuando nos preguntaban si estábamos cansadas (...), respondíamos a coro: ¡NO! Y luego nos hacíamos nuestras confidencias particulares:

-¿Estás cansada Montse?

-Sí. Yo no puedo más...

-Y yo tampoco...

Pero íbamos siguiendo".

A duras penas lograron llegar ¡por fin! a la cumbre. Allí descansaron, rieron, cantaron y se hicieron algunas fotos, como ésta, en la que aparece Manolita junto a la Cruz.

Pero eso era agua pasada: ahora ya no se agotaban; ahora se superaban fácilmente aquellas cuatro horas de ascensión desde El Brull al Matagalls, con sus 1.694 metros de altura, uno de los tres picos importantes del Montseny, junto con les Agudes, que llega a los 1.706 y el Turó de l'Home, con 1.712. Y lo subían además, cantando:

Napoleó tenia...

Napoleó tenia...

Y al llegar a la cima, ¡qué maravilla! Se veían al fondo, recortados sobre el cielo, los otros picos del Montseny... Allí, en todo lo alto, junto a la Cruz que puso, según cuenta la tradición, San Antonio María Claret, se celebraba el primer domingo del mes de julio una romería, se bailaban sardanas y subía el mismísimo Obispo de Vic a decir Misa...

De todas formas a Montse no le gustaba pasarse las horas muertas contemplando el paisaje, como recuerda Ana María Suriol y en cuanto la inevitable tortilla de patatas sucumbía al voraz apetito de los montañeros, iniciaba el descenso: otras tres o cuatro horas de bromas, cuesta abajo, entre risas, sudores y canciones.

Napoleó...

Napoleó...

El Montseny es un lugar propicio a la fantasía: a los viejos montañeros les gustaba relatar la vieja leyenda del mal cazador que dejó de ir a Misa por cazar una liebre y vagaba eternamente por el espacio... Ellos preferían temas más comunes: anécdotas del colegio, deportes, música... o algo tan socorrido como comentar las películas del cine de la parroquia.

-"¿Qué película ponen esta semana?"

-"Una que han estrenado hace poco: 'Siete novias para siete hermanos'".

-"¿Esa? ¡Pero si ya la he visto yo en Barcelona! -comentaba uno-. Es muy buena, os la voy a contar. Pues resulta que hay siete hermanos en un rancho del Oeste, de ésos que hay en las montañas, en las montañas del Oeste, claro; y entonces el hermano mayor se casa; y entonces bajan todos al pueblo; un pueblo del Oeste, claro; y entonces hay un baile muy divertido; y entonces en ese baile cada hermano conoce a una chica; y entonces piensan que lo mejor es secuestrarlas a todas; y entonces bajan y las secuestran; y entonces..."

Y contaba la película entera, ante la desesperación de los que no la habían visto todavía. Pero no todo era cine. A veces hablaban de temas más elevados, relacionados con Dios y compartían parecidas inquietudes espirituales... "Nos gustaban las mismas cosas -recuerda María Luisa-, y teníamos muchos puntos de vista iguales respecto al modo de tratar a los chicos y manera de ser de las chicas; no sé, cosas que entonces a los 14 y 15 años nos parecían de suma trascendencia..."

"Recuerdo con ilusión -prosigue María Luisa- las tardes de septiembre que, al anochecer pronto, cuando volvíamos de las excursiones, teníamos que bajar por la carretera del Brull, con luna o estrellas; siempre cantábamos; entonces hacíamos la Visita en la Iglesia del Brull".

Un día la conversación discurrió por derroteros más íntimos y personales. "Recuerdo las circunstancias perfectamente, aunque no exactamente la conversación -dice María Luisa-, del día que quizás hablamos más profundamente. Era una tarde, volviendo de las Agudes. Montse no había subido al pico, porque en su casa lo consideraban peligroso. Al regreso, ellos nos vinieron a buscar. Se hizo de noche, y todo el camino fuimos Montse y yo, separadas del resto del grupo, hablando de Jesucristo: si cuando estábamos tristes, le contábamos las cosas -Montse le llamaba 'el Señor'-, y lo que nos ayudaba el descansar en El".

Una amiga de mi hermana

"Así la recuerdo -comenta Jorge Suriol, hermano de Ana María-: como en esta fotografía que le hicieron en el Montseny, junto a la ermita de Sant Bernat; con una de aquellas faldas amplias que le gustaban tanto, y un pañuelo de colores alegres y el pelo rubio recogido..."

"Me gustaba mucho cómo vestía: tenía un estilo muy alegre y muy juvenil; y guardaba siempre aquel equilibrio tan suyo: no se pasaba nunca, ni por ñoña ni por lo contrario..."

El enigma del Gurri

Seva es un pequeño pueblecito de la comarca de Osona, a 663 metros de altitud. Enclavado al sur de la sierra del Montseny, se asoma hacia la extensa plana de Vic. Su población, a mediados de los años cincuenta, era de unos mil habitantes, poco más o menos -1.031 aseguraba el pasado censo de 1950-, que se incrementaban con algunos cientos más durante los meses de julio y agosto, gracias a la afluencia de veraneantes, en su gran mayoría barceloneses.

Durante el verano ofrecía a los forasteros -cansados de respirar asfalto, semáforo y tranvía- sol de montaña, tranquilidad de pueblo y un airecito fresco por las noches que era la gloria. Desde allí se podían hacer muchas excursiones y se celebraban unas buenas fiestas patronales, que tenían lugar, como en gran parte de los pueblos de España, el 15 de agosto: "la Virgen de Agosto". Y contaba además con el aliciente del "Gurri".

¿Quién era el Gurri? ¿Un bandolero? ¿Un nuevo personaje de las películas del Gordo y el Flaco? ¿Un compañero de aventuras de Crispín y el Capitán Trueno? No; el Gurri no era nada más que un arroyuelo sin pretensiones. No era ni siquiera un río; ni siquiera un "aprendiz de río", como el madrileño Manzanares; era algo más modesto: un afluente de segunda del Ter que, desde su nacimiento, al pie del Pla de las Fuentes, bajaba serpenteando tímidamente, haciendo meandros entre hayedos, robledales y pinares, al pie de los campos donde los cazadores aseguraban que había caza menor y con mucha, pero muchísima suerte, algún que otro zorro despistado...

Sin embargo, a los hijos de los Grases la modesta condición del Gurri no les importaba demasiado: mientras fueron pequeños se lo pasaban de primera con su "río" de segunda como se ve en esta fotografía:

La verdad sea dicha, el modesto Gurri cumplía discreta pero eficazmente, su función de "río de recreo". Su cuenca no era precisamente la del Amazonas; pero allí se podía chapotear y experimentar todo tipo de saltos acrobático-acuáticos sobre la espalda del hermano mayor. Y además, no había que quitarle tanta importancia al Gurri: era un río pequeño, pero no era un río normal y corriente: ¡incluso tenía un secreto! ¿Por qué bajaban siempre tan rojas las aguas del Gurri? ¡Ah, ah, eso era un enigma!

Además, bajara el agua roja, azul, amarilla, o verde esmeralda, el caso es que servía para bañarse: ¡cuántas volteretas, cuantas risas, gritos, saltos y chapuzones inesperados soportó mansamente sobre sus espaldas mojadas durante aquellos años el pobre Gurri!

Villa Josefa

Tras el baño les esperaba a los pequeños Grases la comida en Villa Josefa, una casa que alquilaban sus padres durante los veranos,que hacía esquina entre la carretera que seguía hacia Viladrau y el desvío que lleva a El Brull y a Coll Formic.

Villa Josefa era un gran caserón de pueblo; y si no tuviera aquel remate de cerámica sobre la puerta con la inscripción "Any 1906", en el más puro estilo del modernismo catalán, parecería un edificio italiano, con sus puertas de madera roja, sus paredes de color ocre y aquel balcón de hierro torneado al que se asomaban los niños por las tardes.

Después de la comida, salpicada de bromas y risas entre unos y otros, los pequeños Grases se quedaban charlando en el jardín, sentados en unas grandes y escurridizas hamacas de lona. ¡Qué bien se estaba allí, bajo la copa del tilo y las acacias, junto a aquel gran medallón de lirios que Manolita protegía a duras penas de las incursiones de sus hijos!

"Procurábamos dar un sentido cristiano a aquellos meses de verano -comenta Manolita-: vivíamos las costumbres de cualquier familia cristiana, y hacíamos todo lo posible para que los chicos no estuviesen sin hacer nada: ya se sabe; esos momentos de ociosidad inútil 'con los sentidos despiertos y el alma dormida' son el gran enemigo de las vacaciones. Les estimulábamos a leer, a hacer deporte, a conocer nuevos amigos..."

Poco a poco, verano tras verano, habían hecho bastantes amistades en el pueblo. Algunos de un modo insospechado. Un día, mientras Manuel proyectaba una película en el jardín, asomaron su pequeña nariz por entre los barrotes de la verja de entrada los hijos de los Framis. "¿Queréis entrar...?" -"Bueno...", dijeron con bastante decisión, porque aquel cine familiar con programación libre, era mucho mejor que el cine de verano de la parroquia. Y además, ¡no había que aguantar el No-Do, ni pagar entrada!

Después de la tertulia familiar, los más pequeños se iban a corretear de nuevo con las bicicletas por el campo. Los mayores unas veces subían hasta El Brull y otras se paseaban por Seva y se reunían en lo que entre ellos llamaban "el casino", como habían bautizado al garaje de una casa particular: la de los Galilea. El señor Galilea -alto, bondadoso, con cierto aire patriarcal- había instalado allí, para ellos, un ping-pong, un lugar para escuchar música y unas cestas de baloncesto en el jardín.

"Unas veces íbamos todos juntos -recuerda Andrés Framis-, pero las más, separados. Y pasaba lo que suele suceder en las pandillas de chicos de trece o catorce años: que aunque íbamos en grupo, las chicas iban por su cuenta y los chicos formábamos rancho aparte".

Montse era especialmente amiga de María Luisa Xiol, una chica alta, simpática y muy buena deportista, que era sólo veinte días mayor que ella. Sus madres eran también muy amigas entre sí: se habían conocido años antes, siendo aún solteras, y esa amistad se había intensificado con los años al coincidir en Seva con sus respectivas familias numerosas.

Muchas tardes se veía a Montse y María Luisa dando vueltas por Seva, aunque, la verdad sea dicha, Seva no necesitaba muchas vueltas: con dos o tres bastaban para conocerse de memoria las esquinas, las ventanas y las casas de aquel pueblo como la palma de la mano: la iglesia, la plaza donde se bailaban sardanas, la panadería, las serrerías, las tahonas, el Ayuntamiento, las casas de grandes piedras rojizas y ladrillo visto, y los postes indicadores en la esquina de la carretera: Montseny a 24 Km. El Brull a 3,5 Km. Y Palautordera a 34 Km.

Allí, en Palautordera, estaba aquella imagen de la Virgen a la que cantaban los montañeros:

Santa Maria

Mare de Deu

Palautordera

mon cor es teu

Montseny empara

tanta verdor

i els camps prepara

per la tardor...

"Montseny empara tanta verdor..." El Montseny amparaba también un edificio que se veía a lo lejos, semioculto entre las encinas. Era un sanatorio, "y allí -le contaba su padre a Montse- fue donde conocí yo a tu madre. Te voy a contar como fue. Resulta que cuando me vine de Suiza..."

Realmente Seva era un pueblo pequeño, pero ¡qué bien se estaba allí en verano! Se podía hacer de todo: combates de indios por el bosque o buscar "bolets" (setas). "O íbamos -como recuerda María Luisa- al 'prado dels Sords' y desde las diez hasta las dos jugábamos infatigablemente, con sus hermanos Enrique, Jorge y mi hermana Ana, y otros veraneantes y del pueblo, a 'pichi' -una especie de base-ball rudimentario-. Montse y Enrique eran los capitanes de los dos equipos, y siempre terminaban con peleas, y todos enfadados (...), aunque luego todo se olvidaba enseguida".

"Organizábamos muchas excursiones con ellos -recuerda Manuel-, porque ya se sabe que la tentación, en verano, es quitarse los niños de encima... A veces tomábamos las bicicletas, las subíamos en el tren y nos bajábamos en Centellas, un pueblo cercano, y desde allí, pedaleando, pedaleando, llegábamos a San Quirce de Safaja donde nos bañábamos en sus 'gorgs', con un agua bastante más limpia que la del Gurri.... Y se lo pasaban bien, tal como se ve en ésta fotografía".

La iglesia de Santa María

Habitualmente, al finalizar estas excursiones veraniegas bajaban a hacer una visita al Santísimo en la iglesia de Santa María, una iglesia del siglo XI, con buen retablo barroco, regalo de los monjes de Montserrat como agradecimiento a que el Abad pudiera haber salvado la vida en aquel pueblo durante la guerra civil.

En el centro del retablo se venera una imagen de la Asunción de la Virgen: allí había subido Montse algunas veces de pequeña, para besar la imagen, con cierto susto porque había que acceder hasta el camarín por unas escaleras empinadas y oscuras. El retablo tiene un remate simpático: a cada lado del cuadro que representa la genealogía de la Virgen, dos ángeles orondos y mofletudos sonríen a los fieles tocando la guitarra. No el laúd, ni los timbales, ni el arpa, no: la españolísima guitarra.

A la izquierda de la nave se veía la capilla del Santísimo; y a la derecha una capilla dedicada a San Isidro, con dos instrumentos alusivos al Santo en la base del altar: una pala y un rastrillo.

La iglesia cuenta con una gran inscripción -ASSUMPTA EST MARIA IN COELUM- y unos santos en sus hornacinas que responden a los nombres de Salutor, Teodosio y Avagrio. Nadie sabía en el pueblo a ciencia cierta quiénes eran estos santos, salvo el párroco, que aseguraba que eran los copatronos de aquella localidad.

El Reverendo Cura Párroco de Seva y Arcipreste de la comarca, era Mosén Garolera, un sacerdote muy mayor, alto, delgado, enjuto, doctor en Teología, catalán de pura cepa y hombre serio y grave. Estaba ya bastante entrado en años y solía cruzar lentamente la plaza de la iglesia, a pasitos cortos, apoyado en su bastón.

Allí se lo encontró un día Manolita:

-"Qué tal, Mosén, ¿qué tal está usted?"

-"Bé -le contestó sentencioso-. Estic bé. Aprenén l'ofici de vell. ¡Es molt difícil eh!, però s'ha d'aprendre..."

Aunque estuviese aprendiendo el "duro oficio de viejo", Mosén Garolera guardaba un gran afecto por aquel grupo de jóvenes veraneantes y los quería mucho. Tanto que no tenía inconveniente, cuando se iban de excursión, en darse un madrugón y levantarse al alba para darles la comunión antes de salir.

Aquellas excursiones estaban moderadas, muy a pesar de los precoces montañeros, por la prudencia familiar. Si a ellos los dejaran... irían a Les Agudes, y ¡al Everest! Bueno, al Everest quizá no, pero a Les Agudes sí...

En aquel año de 1955 los aprendices de "sherpa" consideraban que ya tenían edad para subir a les Agudes. Pero sus padres no compartían su opinión. Deberían conformarse con el Matagalls. "Cuando seáis mayores -se oía en casa de los Grases, de los Xiol, de los Ferrater- ya os dejaremos ir". Habría que esperar.

Mientras tanto, unos días se bañaban en el Gurri; otros se iban de excursión; lo que no solía fallar era la misa matutina. "Solíamos ir todos los del grupo a Misa por las mañanas -recuerda Enrique-, porque las vacaciones no significaban ninguna ruptura en la vida cristiana que llevábamos durante el curso". "Y al acabar -continúa María Luisa Xiol- nos quedábamos en la puerta de la iglesia, haciendo un rato de tertulia: era lo que llamábamos la 'sobremisa'".

Aquella tertulia entre amigos comenzaba en las escalinatas de piedra rojiza de la entrada de la iglesia; pero el frío del Montseny bajaba traicionero a esas horas de la mañana y se iban desplazando lentamente, dando un recodo por el carrer de Dalt, junto a las paredes blancas del Ayuntamiento, hasta el refugio caliente de la panadería, donde les esperaba Ramona, tras el mostrador, vendiendo panes y bollos para el desayuno. Luego solían acercarse a Villa Josefa, o se iban todos por la carretera, hasta la casa de los Maqueda o de los Galilea, con su gran jardín y su alta chimenea. O se quedaban charlando junto a la casa de los Xiol, con su fachada presidida por una imagen de San José. Era verano: no había prisa...

Las sardanas

De vez en cuando la vida de Seva salía de su monotonía habitual. Se escuchaba una algarabía en la plaza y vecinos y veraneantes se congregaban allí: "¡Corre, corre -se avisaban de ventana en ventana- que ha venido la cobla y ya están bailando sardanas en la plaza!"

...Las sardanas. No se concibe una fiesta en Cataluña sin este baile tradicional. Salían primero a bailar al centro de la plaza los más decididos, dejando las chaquetas amontonadas en el centro, sobre el suelo, mientras la pequeña orquesta -"la cobla"- lanzaba al aire los compases iniciales. Luego, se iban sumando al corro algunos más, sin alterar el baile, dando un paso a cada compás...

Así, poco a poco, la cadena se iba ampliando y ampliando con los que llegaban a la plaza, al ensalmo de la música, como ratones de Hamelín, hasta que se hacía un nuevo círculo concéntrico. Los recién llegados no entraban de cualquier modo, porque la sardana rezuma tradición de siglos: se situaban, como manda la costumbre, siempre a la izquierda de un bailarín o a la derecha de una bailarina, sin "romper la pareja".

Y ya en el corro, ¡qué alegría alzar las manos, todos juntos, padres, madres, hijos, vecinos, amigos, todos hermanados por el ritmo pausado de la música, un ritmo elegante, alegre, ceremonioso, como el espíritu catalán...! Un punto adelante con el pie derecho atrás; un punto adelante con el izquierdo... Luego cruzaban los pies a un lado, y después de dar un pequeño brinco levantando los brazos, volvían a empezar... ¡Cuánta razón tenía Maragall cuando cantaba:

La sardana és la dansa més bella

de totes les danses que es fan y es desfàn

és la mòbil magnífica anella

que amb pausa y amb mida va lenta oscil.lant.

... és la dansa sencera d'un poble

que estima y avança donant-se les mans!

A Montse, como buena catalana, le gustaba bailar sardanas y las bailaba bien. Sus amigos la recuerdan bailando sardanas en las fiestas mayores de los pueblos de la comarca; en Viladrau, en Seva; o en una excursión al Matagalls, como en esta fotografía:

"Cada vez que oigo una sardana -recuerda su madre- me acuerdo de ti, Montsina... Y es que la sardana es como tú, alegre y seria: es hermosa, y... ¡se puede mirar al cielo mientras se baila!"

Un concurso de tortillas

Habitualmente, tras la misa matutina, los "hijos de los veraneantes" solían quedar, como recuerda María Luisa, para hacer un rato de deporte. "No estábamos nunca sin hacer nada -comenta-: cuando no estábamos de excursión nos quedábamos en casa y jugábamos a las cartas, o leíamos... A Montse le gustaba cantar, nadar, ir en bicicleta, jugar al tenis, al ping-pong... La recuerdo así: con una gran pasión por el deporte, y una gran pasión por la vida... Una chica ardiente".

Todos reconocen en Montse una buena cualidad en un deportista: sabía ganar y sabía perder, cosa mucho más difícil. "Una cosa bonita me viene a la memoria -evoca su madre-: recuerdo que en una ocasión jugaban una final de tenis mixto: Montse con un chico que luego fue campeón de club, contra otra pareja en la que la chica era bastante más flojita que él. Su compañero le daba bastante juego a la flojita y entre los dos estaban... ¡venga a apuntarse tantos! Hasta que la madre de esa chica, de una manera muy poco deportiva, empezó a protestar y ellos, sin comentario alguno, se dejaron ganar, ¡así por las buenas!..."

Aquel grupo de amigos -chicos y chicas de catorce y quince años, alegres, sanos y divertidos- demostraban con sus vidas que es perfectamente posible llevar una intensa vida cristiana durante las vacaciones y al mismo tiempo, pasarlo bien sin necesidad de grandes medios materiales. No tenían tiempo para aburrirse. Cuando no sabían qué hacer, organizaban concursos de lo que fuese. Uno de los mejores fue "El Gran Concurso de Tortillas a la Francesa", junto a la "Font de la Borbota", a un kilómetro de Can Sibatté, donde veraneaban los Framis y donde el arte culinario tomaba alientos deportivos.

Para los profanos un concurso de tortillas puede parecer una prueba sencilla y sin interés; pero no es tan fácil, no, cocinar una tortilla en su punto y lograr además que sea del gusto de un Jurado de paladar exigente. Se necesitan unos nervios de acero para que el pulso no traicione cuando la tortilla del vecino va cobrando cuerpo y la nuestra se desmaya lánguidamente en el fondo de la sartén... Y encima, hay que soportar a los agoreros -habitualmente, los hermanos pequeños de los otros concursantes- que intentan desmoralizar al contrario presagiándole el más chamuscado de los finales...

Montse era una más: se integraba perfectamente y no le gustaban las "capillitas", esas amistades particulares que acaban destruyendo todos los grupos de amigos. "Se encontraba bien con cualquier grupo", recuerda María Luisa, y tenía una virtud muy valiosa para la convivencia: sabía hablar y sabía callar en su preciso momento.

Esa virtud -saber callar- se vuelve particularmente difícil en las excursiones, cuando se forma el conocido revuelo a causa del mejor paraje para descansar o el mejor lugar para comer:

-"¿Y si paramos ya y nos quedamos aquí?"

-"¿Aquí? ¿En este sitio?"

-"Pero, ¿qué le ves de malo a este sitio?"

-"Pues no sé... ¿Por qué no buscamos otro? Porque mira tú que andar cuatro horas para pararse a comer aquí.."

-"¿Y aquél de más arriba, qué os parece?"

-"No, ahí ni hablar. ¿Y si seguimos andando?"

-"No, no, nos paramos ya, porque yo estoy cansada".

-"Pues yo no estoy nada cansado. Por mí, tiraría una hora más".

-"Pues yo..."

-"Pues yo..."

-"Pues yo..."

Montse -recuerdan- solía estar de acuerdo, aunque no le gustasen especialmente ni el sitio, ni la hora, ni el lugar que elegían los demás. Solía comentar:

-"Bien, bien, lo que queráis".

Era una pequeña mortificación, aparentemente sin mayor importancia; pero no porque fuera pequeña le debía costar menos, porque era, por talante humano, muy "directa" y obraba con mucha naturalidad.

Esa naturalidad tenía un límite perfectamente conocido por los chicos de la "pandilla". Sabían que Montse no consentía un determinado tipo de bromas, ni de confianzas... y si no, que se lo preguntaran a Andrés Framis, que un día le quitó, para hacerle una broma, el pañuelo de la cabeza, se lo llevó a su casa, y... se encontró, al día siguiente, con todo el genio vivo de la hija mayor de los Grases. "Al principio era un poco susceptible -comenta María Luisa Xiol- y las cosas hechas sin intención a veces la herían, pero las olvidaba fácilmente".

Pero con estas tonterías no llegaba la sangre al río; y además con Andrés, chico bueno, abierto y simpático -"el hombre de confianza" de las madres, que se quedaban más tranquilas cuando iba él en las excursiones-, Montse se llevaba bien, lo mismo que con el resto de la pandilla..., con tal de que Andrés le devolviera enseguida el pañuelo, naturalmente.

Por lo demás, como cuenta María Luisa, en los planes que hacían "no era nada coqueta ni complicada en el trato con los chicos, ni creo, o por lo menos nunca me lo dijo, que se hubiera enamorado o simplemente le hubiera gustado alguno..."

El primer pantalón largo

"Durante la Navidad de aquel año -cuenta Manolita-, el Padre Gabriel, un sacerdote Operario Diocesano que era el director espiritual de Enrique, nos ofreció, con ocasión del estreno del primer pantalón largo de Enrique, la posibilidad de celebrar la Santa Misa para toda la familia en un oratorio de una torre de la calle Modolell de Barcelona.

Hoy ya sé que esto 'del primer pantalón largo' no tiene ninguna importancia, pero en aquel entonces significaba, en cierto modo, como la mayoría de edad de los chicos. Y lo quisimos celebrar sobre todo porque era una oportunidad simpática para tener una fiesta más, de familia, en torno a la Navidad.

Cada uno de los hermanos se ocupó de algún preparativo, y Montse estaba encargada de comprar las flores para adornar el altar. Pero nos enteramos después de que, a medida que avanzaba la tarde, se fue encontrando mal, aunque no nos quiso decir nada para no estropearnos la fiesta.

Cuando iba a poner las flores no pudo más y las dejó; tomó un tranvía de los que paraban frente a Llar, y subió al Centro; y allí esperó sentada hasta que se sintió un poco mejor. Luego se volvió a casa, e intentó disimular lo que le pasaba, pero nos dimos cuenta enseguida: tenía una cara que, con sólo mirarla, encogía el corazón.

Al día siguiente era Navidad y tuvo que meterse en cama. La llevamos al médico, y la encontraron muy baja de glóbulos rojos. Y después de varias consultas descubrieron, al cabo de varias semanas, que tenía un divertículo en la segunda mitad del duodeno. Le recomendaron reposo absoluto y estuvo medio mes en cama. Y luego tuvo que pasar un largo periodo de convalecencia. Esa fue la causa por la que tuvo que dejar de hacer deporte, precisamente cuando acababan de ficharla para el equipo de baloncesto del Club de Tenis Barcino; y en el verano siguiente, en 1956, cuando fuimos a veranear a Calella, no pudo nadar apenas".

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