En las damas negras

 

"El deporte le gustaba muchísimo -continúa relatando su madre- y en ese campo, destacó en todo cuanto se proponía: lo mismo daba que fuese bicicleta, tenis, ping-pong, baloncesto... Recuerdo un día del verano del 51 una señora de Vallvidrera puso a unos cuantos niños en fila y les dijo: 'a ver quién llega primero a dar un par de vueltas a las viviendas del antiguo Ideal Pavillón'. Montse se animó enseguida. Y durante la carrera le hicimos esta fotografía".

Evidentemente, el circuito de aquella carrera no era el de los Juegos Olímpicos por los que Barcelona sería conocida en todo el mundo casi cuarenta años más tarde: los "triunfos" de Montse no pasaron del pequeño marco familiar. Lo suyo fue siempre muy asequible a todos... Pero ella ponía toda el alma en lo que hacía. Llegó la primera y en la siguiente fotografía se la ve exultante de alegría, recogiendo el trofeo. No era para menos: ¡la primera copa de su vida!

"Al acabar ese verano, en octubre del 51 -sigue rememorando su madre- la cambiamos al colegio de las Damas Negras, que estaba más cerca de casa, en la Travesera de Gracia, donde la matriculamos como alumna externa. Gracias a Dios, Crucina ya estaba prácticamente recuperada y ya no hacía falta que los mayores siguiesen internos. Y Montse, con sus diez años, ya tenía edad suficiente para ir y venir sola al Colegio...

Estoy segura de que sintió mucho aquel cambio de Colegio; no porque estuviese a disgusto en las Damas Negras, sino porque era muy feliz en el Jesús-María. Y ahí ya se reveló un rasgo de su carácter: nunca, nunca, nos hizo la menor manifestación de desagrado...

En esta fotografía lleva el uniforme de su nuevo colegio: azul, con la falda plisada, el cuellecito blanco y el guardamarina...":

El colegio del Santo Niño Jesús, es popularmente conocido como "el de las Damas Negras". Es un colegio religioso, situado en el centro de la ciudad, fundado en el siglo XIX, el 12 de diciembre de 1860, por las Hermanas del Niño Jesús. Nicolás Barré, tras una consulta al Santo Cura de Ars, que confirmó la necesidad de "que hubiese una escuela del Niño Jesús en Barcelona". Cuenta con edificio amplio, de seis pisos, más otros dos, bien iluminados por grandes ventanales, y un gran jardín.

Durante aquel curso de 1951 contaba con unas ochocientas alumnas, atendidas en su mayoría por religiosas a las que, según la costumbre entonces vigente en la Institución, de origen francés, denominaban "Madame": Madame San Miguel, Madame María Eugenia...

Ana Vallejo, que coincidió con Montse en aquellas aulas, la recuerda jugando a la pelota, en el breve recreo mañanero, con su cabello castaño, su expresión alegre y su habilidad característica para los deportes, pero no destaca en ella ningún rasgo especial: era una más en aquel Colegio, donde abundaban los hijos de familias numerosas, como Montse, y donde se dejaban sentir todavía las carencias materiales de la posguerra.

Una vez hecho el Ingreso de Bachillerato, Montse se enfrentó, a partir de septiembre del 51, con las materias del primer curso de Bachillerato: Latín, Lengua, Matemáticas, Ciencias Cosmológicas... Junto con esas asignaturas, se daban otras englobadas bajo el título "Enseñanzas del Hogar": Labores, Música, Formación familiar y social; y no faltaba una, cuyo nombre evoca el período político que atravesaba el país: "Nacionalsindicalismo". Se matriculó también en los cursos preparatorios de Solfeo y Piano, en la Academia Guiteras.

Aquel curso el Colegio tuvo un trasiego especial: se alojaron allí unas 350 personas, con motivo del XXXV Congreso Eucarístico Internacional, que se celebró en Barcelona, con gran afluencia de gentes.

Llegaron las Navidades y Montse, siguiendo una costumbre iniciada años atrás, felicitó las navidades a sus padres con una tarjetón. En los años anteriores ella misma había confeccionado estos christmas: un tarjetón con recortes de papel coloreado que componían figuras navideñas; o unos dibujos ingenuos y sencillos del Nacimiento... El texto era escaso. Este año Montse se sirvió de una tarjeta ya impresa. La novedad, como se ve en la fotografía, se encontraba en el contenido: la felicitación estaba escrita en francés.

En el mes de junio de 1952, las calificaciones de Montse acusaron el cambio de colegio: oscilaron entre el notable en Religión y el aprobado en Labores, Música y el resto de las asignaturas. Hizo agua en Geografía y Matemáticas. Y afortunadamente, no tenía Literatura... En sus estudios de Piano, en la Academia Guiteras, obtuvo notable y en el curso de Solfeo, sobresaliente.

Rosas y espinas

A comienzo de los cincuenta, seguía el desempate: tres chicos -Enrique, Jorge e Ignacio- y cinco niñas: Montse, Pilar, María Cruz, María José y Rosario. Montse era "la segunda de los mayores", y se divertía entre los juegos de sus hermanas y las discusiones de sus hermanos sobre si el Barcelona era mejor que el Madrid o si había alguien en el mundo entero que metiese más goles que Kubala...

Mientras tanto, el país se iba reponiendo lentamente de las heridas de la guerra. La radio, altavoz cotidiano de los cambios sociales, fue "dando el parte" año tras año, del fin de las cartillas de racionamiento, del ingreso de España en la Unesco, de la muerte de Stalin, de la fastuosa coronación de la reina de Inglaterra, de los triunfos del "rey de la montaña" Federico Martín Bahamontes...; todo, amenizado por las rancheras de un Jorge Negrete que seguía soltando, por debajo del amplio ruedo de su sombrero mejicano, su famoso chorro de voz.

Montse vivía indiferente a este mundo cambiante, feliz y sin problemas, aunque de vez en cuando -muy de vez en cuando- surgía alguna pequeña espina...

"Una vez -recuerda su padre- me contó a la vuelta del colegio que le había enseñado a la profesora un dibujo que había hecho el día anterior y que le había dicho que era una mentirosa, que la había engañado, que aquel dibujo no era suyo. Aquello la había humillado, sin duda alguna. Entonces le pregunté qué había hecho: `nada', me dijo. Había bajado la cabeza sin protestar..."

En junio de 1953 terminó segundo de Bachillerato. Las notas, una vez asumido el cambio de colegio, mejoraron: alcanzaron el sobresaliente en Música y en Formación familiar, navegaron entre el notable y el aprobado en el resto de las asignaturas y naufragaron decididamente en Literatura. Afortunadamente, se mantuvieron en inestable equilibrio -un cinco "de chiripa", en el argot estudiantil- con el Latín. Se conservan algunos ejercicios de clase: "ubi?, en donde, quo? a donde, unde? de donde". No parece que le entusiasmaran a Montse mucho a esa edad -y es comprensible- las declinaciones y casos de aquella lengua. Y estaba claro que la literatura no era lo suyo. En Piano obtuvo sobresaliente; y en Solfeo, sobresaliente con distinción.

Lo que sí le entusiasmaba, por lo que recuerda su madre, era la catequesis para niñas de condición más modesta que organizaban sus profesoras en un suburbio de Barcelona. "Recuerdo -cuenta su madre- que iba muchos domingos.... ¡con una ilusión! Les llevaba juguetes, libros, golosinas..."

La Madre María Eugenia, una de sus profesoras, la recuerda como una niña sencilla, querida por todas, y un poco tímida.

Posiblemente, un deseo de entrega anidaba en su alma. De ser así, esto no constituiría nada excepcional. Es probable que muchas de sus compañeras soñasen también con entregarse a Dios. Esos deseos generosos resultaban relativamente frecuentes en el seno de aquellas familias cristianas -como la de los Grases-, verdadero semillero de vocaciones para la Iglesia, donde prendían desde pequeños los ideales de santidad y entrega.

El hogar de los Grases, como hemos visto, era un hogar cristiano, pero sin beaterías de ningún tipo. Dios era lo primero en aquella casa, pero no se pasaban el día rezando Rosario tras Rosario. Su tren de vida era muy similar al de tantas y tantas familias católicas españolas. Por la mañana había bostezos de sueño de los más pequeños, algún que otro rezongueo en la cama hasta el último minuto y un ajetreo bullicioso de deberes, carteras y galletas del desayuno. Manuel Grases se marchaba al trabajo y, a continuación -uno, dos, tres, cuatro, cinco...-, los pequeños iban bajando uno tras otro escaleras abajo; y tras el desembarco más o menos pacífico de aquella tropa infantil en el autobús colegial, venía la paz. Y con la paz, la guerra doméstica y diaria del barrido y el fregado en el que Encarna Ramos, una chica de Cañete de las Torres, ayudaba diligentemente a Manolita.

La mañana se pasaba rápida: Manolita aprovechaba para ir a Misa y luego, ayudada por Encarna, cuidaba de la pequeña Rosario. Entre las dos arreglaban la casa, hacían las camas y preparaban la comida mientras escuchaba un poco la radio. En la radio -un Telefunken, modelo "Cruz del Sur"-, Concha Piquer, la tonadillera por excelencia, solía suspirar unas veces por un marinero que se fue en un barco, y otras las hacía reír con su "Niña de la estación":

... como ver pasar los trenes

era toda su pasión,

en el pueblo la llamaban...

¡La niña de la estación!

Adiós, adiós, buen viaje

Adiós, que lo pase bien,

recuerdos a la familia,

al llegar escríbame...

Por la tarde, tras la comida familiar, volvía Manuel al trabajo y los niños al Colegio -salvo los jueves- y Manolita solía encontrar un rato para rezar el Rosario o hacer una visita al Santísimo en alguna parroquia cercana. Luego seguían las labores domésticas con Encarna, y con frecuencia, entre zurcido y zurcido, reían los últimos chistes que había contado Pepe Iglesias, "el Zorro" -un conocido humorista- por la radio el día anterior en aquel programa que comenzaba: "Yo soy el zorro, zorrito, para mayores y pequeñitos".

A esas horas de la tarde se escuchaban con frecuencia por el patio ecos confusos de llantos y suspiros: "Carlos... Nita..." No había que preocuparse: era sólo el enésimo episodio de "Lo que nunca muere", una larguísima radionovela de Guillermo Sautier Casaseca, interpretada por Pedro Pablo Ayuso y Matilde Conesa, que tenía la rara virtud de detenerse siempre en el momento más interesante... Manolita no seguía estos seriales: no era amiga de pasarse las horas muertas escuchando la radio. Y además, la tarde -y el sosiego- se pasaba volando. Porque a las cinco y media volvían los niños del Colegio como una invasión, jugando, riendo, brincando, pidiendo la merienda, y con todos los deberes por hacer. Y así les daba la hora de la cena. Y por la noche, hasta que se iban a la cama, juegos y más juegos y carreras por toda la casa. Sólo cuando se acostaban ¡al fin! Manuel y Manolita podían sentarse un rato en la sala de estar, para charlar con un poco de calma.

Antes de acostarse los pequeños Grases rezaban siempre las oraciones que les había enseñado su madre. "Dios mío protégenos y danos la paz"; Montse decía una oración muy sencilla: "Dios mío, hazme buena, a Enrique y a mí".

Pero luego, con el paso de los años, aquella plegaria fue requiriendo una cierta dosis de memoria: "Dios mío, hazme buena -rezaba Montse cada noche-: a Enrique, a Jorge, a Ignacio, a Pilar, a Crucina, a María José, a Rosario... y a mí".

A continuación había de todo: noches de sueño plácido; noches de risas y bromas; y noches de guerra de almohadas, mientras se escuchaba, lejana, la radio de los vecinos, con los ecos de la "Cabalgata fin de Semana", de Bobby Deglané...

Aquí aparece Manolita con sus cinco hijas. Al fondo, el voluminoso aparato de radio.

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