Una mirada limpia

 

Hasta 1948 "ganaban" los niños: tres a dos. Enrique, Jorge e Ignacio "frente a" Montse y Pilar. Pero al año siguiente se cambiaron insospechadamente las tornas: el 3 de mayo del 49 los pequeños Grases contaban con dos hermanas más, gemelas: María Cruz y María José. Ahora eran cuatro chicas y tres chicos.

"Esta fotografía -comenta Manolita- es del verano del 49. Se ve que yo acababa de arreglar a Montse y Manuel, al verla tan requetepeinada, le hizo esta foto. Pilar está detrás, con cara de muy mal genio, y ella aparece muy afable, sonriente, con aquella mirada limpia que tenía..."

"Era tan sencilla... No tenía doblez de ningún tipo... Por eso algunas chicas de su misma edad le hacían el vacío, porque delante de ella no se atrevían a hablar de ciertas cosas... Ella ni lo comprendía siquiera. ¡Ay, Montse, cuánto me costó ponerte al corriente de las cosas de la vida!

Me resultó dificilísimo. Manuel me apremiaba de continuo y me recordaba la responsabilidad que tenía: él ya lo había hecho con los chicos.

Yo prefería explicárselo por etapas, sin cigüeñas de ningún tipo, pero de una forma adecuada a su edad; claramente, con naturalidad, pero sin detalles innecesarios, y con sentido sobrenatural. La primera pregunta se la planteó en el Colegio, al leer el Avemaría. Al escuchar la explicación que les dieron, sus compañeras empezaron a desconfiar de sus madres. Y nada más llegar a casa me lo contó, porque me tenía una gran confianza.

-Mira mamá, mira lo que pone aquí: 'bendito es el fruto de tu vientre'. ¿Qué significa? Lo estábamos leyendo unas niñas y no lo entendíamos y me han preguntado a mí qué quiere decir.

-¿Y tú que les has dicho?

-Yo les he dicho que te lo preguntaría a ti y que ellas se lo preguntaran a sus madres; pero me han contestado que si lo hacían las reñirían, y que era mejor que yo se lo explicase cuando me lo dijeses tú.

Recuerdo que se lo aclaré y le insistí mucho en que le dijese a las niñas que se lo preguntasen a sus madres -que son las que deben explicar estas cosas- , pero que ella no les tenía por qué explicar nada...

A los pocos días le pregunté:

-Montse, ¿has pensado sobre lo que hablamos el otro día?

-No, mamá.

-¿De verdad, de verdad, Montse que no te ha dado nada que pensar, ni tienes ninguna preocupación?

-No.

-Pues mira, me vas a prometer una cosa: si sientes la menor curiosidad sobre lo que te he dicho, me lo dices y continuaremos. ¿Me lo prometes?

-Sí, mamá.

Y así se quedó..."

¿Por qué pones tus ojos en la tierra...?

"Siempre le he dado gracias a Dios -sigue contando la madre de Montse- por la gran confianza que nos teníamos y muchas veces he meditado en lo importante que es que los padres se hagan realmente amigos de sus hijos para llegar a tiempo en sus pequeños y grandes problemas...

Aunque ella, verdaderamente, no tuvo especiales problemas. Tuvo una infancia muy feliz. Salvo las enfermedades, todos los recuerdos que conservo de los primeros años de su vida son recuerdos llenos de alegría, como esta fotografía de 1949 en la que aparece junto a un payaso en un festival infantil del Ideal Pavillón":

"El Ideal Pavillón -explica Manolita- era una colonia de viviendas en Vallvidrera, donde se organizaban de vez en cuando algunas fiestas para niños. Montse participó en varias. Recuerdo que una vez escenificó, junto con otros niños, una pieza de Llongueras que se llamaba 'El General Bum-Bum', en la que salían desfilando como soldaditos

El General Bum-Bum

Davant del seus soldats

fa tremolar la terra...

¡Ram, ram, pataplam!

¡Cómo disfrutaba en aquellos veranos en Vallvidrera! Recuerdo que allí le cortaron por primera vez la trenza. La tengo guardada y es preciosa, de un rubio muy bonito...

También recuerdo otro festival en el que salió a recitar una poesía que encontré en uno de sus libros de colegiala: 'Las golondrinas'... La grabamos en película, porque después de casarnos nos compramos una maquinita de filmar en dieciséis milímetros, y como no teníamos dinero para hacer películas habitualmente, nos hicimos el siguiente planteamiento: vamos a comprar un rollo cada año y filmamos a los niños cada Domingo de Ramos y en las fiestas importantes. Y así lo hacíamos... Estuvo muy graciosa en aquel festival, haciendo de broma unos melindres y unos gestos muy repipis, muy poco suyos, porque ella era todo lo contrario: espontánea y alegre...

Recuerdo que se adelantó hacia el público, cruzó los brazos delante del pecho -igual que cuando se nos fue- y mirando al cielo, dijo:

Golondrina,

Golondrina...

¿Por qué pones tus ojos en la tierra

si tienes tu morada en el cielo?

...'Por qué pones tus ojos en la tierra si tienes tu morada en el cielo'... No recuerdo más versos de aquella poesía, es una pena, pero de éstos me acuerdo perfectamente. Lo mismo que de aquellas fiestas de Pascua y de aquellos domingos de Ramos...

En casa hemos celebrado siempre mucho el domingo de Ramos. A los pequeños... ¡qué ilusión les hacía! El día anterior cada madrina les iba trayendo una palma a cada una de sus ahijadas y un palmón a los chicos, y las dejábamos todas preparadas en el recibidor; y el domingo por la mañana los primeros que salíamos de todo el barrio con nuestras palmas éramos nosotros. Las chicas se ponían su mejor vestido y los mayores, como Enrique, iban con bombachos, como se estilaba en aquella época...

Al acabar la Semana Santa, durante la Pascua, en Cataluña se suele tomar un postre típico que se llama la `mona de Pascua' que regala el padrino. Los niños la esperaban con especial ilusión. Como lo sabíamos, los animábamos a que alguna la diesen a personas necesitadas. Era un modo concreto, que nos parecía muy adecuado a su edad, de ayudarles a vivir la virtud de la caridad y a ser generosos en algo que les costase... Lo mismo hacíamos con los regalos de Reyes.

De todos modos, por lo que respecta a la mona de Pascua, los dejábamos en plena libertad; cada cual la podía dar o no; aunque los animábamos mucho a ser desprendidos. Por eso, los llevábamos algunas veces al Asilo de San Juan de Dios para que acompañaran a los niños enfermos o al Asilo de San Rafael para niñas. Cuando nació Enrique habíamos suscrito una pequeña cuota a su nombre en el de San Juan de Dios y, al nacer Montse, hicimos lo mismo en el de San Rafael".

"Esta fotografía que viene ahora es de esa misma época: nos la hicimos en agosto del 49, mientras paseábamos por una calle de Barcelona. Quizá fuese a la salida de Misa; o no, porque están sólo dos, Enrique y Montse, y a Manuel y a mí nos encantaba ir a Misa, los domingos por la mañana, con todos los niños juntos..."

Octubre de 1950. En el internado

"En septiembre de 1950 -sigue contando Manolita- nació Rosario. Ya teníamos ocho hijos. Y gracias a Dios, robustos y fuertes. A los niños, de pequeños cuando tenían alguna enfermedad, los llevaba al doctor Moragas, que era, aparte de un gran médico, una excelente persona: un hombre de pocas palabras y muy poco visitero. Algunas de las enfermedades normales -el sarampión, la tosferina- me las controlaba por teléfono; luego venía, daba un vistazo rápido, y ya en el rellano, mientras se despedía, me decía lo que tenía que hacer...

Sin embargo, cuando le llamé por teléfono aquel día de octubre de 1950 para decirle que María Cruz, que tenía un año y pocos meses, hacía unas noches que se despertaba llorando, y que había venido el médico de Vallvidrera y no le había encontrado nada, pero que yo había observado que no quería apoyar el pie derecho en el suelo, no me dejó terminar:

-Dígale a su marido que me venga a buscar inmediatamente, señora.

-No se moleste, doctor -le dije yo-, ya se la bajaremos porque no tiene fiebre.

-No se preocupe por mí y dígale a su marido que me venga a buscar.

Era poliomielitis.

El doctor nos dijo que la mejor medicación era tener una gran tranquilidad en la casa: no le convenían ni los gritos, ni los correteos de los otros hermanos. Y a consecuencia de eso tuvimos que meter rápidamente a los mayores en el internado: a Enrique y Jorge, que tenían diez y ocho años, respectivamente, en el de la Salle de la Bonanova y a Montse, que tenía nueve, en el de Jesús-María, de San Gervasio.

¿Qué podíamos hacer? No teníamos otro remedio; y lo tuvimos que decidir en cuarenta y ocho horas... marcamos la ropa de prisa y corriendo, y se fueron internos..."

"Sin embargo, a pesar de mis temores, ¡qué bien se lo pasó interna Montse en el Jesús-María! Cada vez que paso por delante de la puerta del Colegio la recuerdo jugando allí, en el patio, con aquel delantal que le caía tan bien; o contándome cosas de aquella camarilla donde dormía y donde se encontraba tan a gusto... Sí: no cabe duda; en el Jesús-María pasó unos años muy felices...

Ya estaba totalmente recuperada de aquella primera enfermedad seria y era la estampa de la salud. Seguía un poco llenita, es verdad; cosa que les daba motivo a sus hermanos para meterse con ella...

Esto es todo lo que recuerdo de aquellos años... Gracias a Dios, a pesar de todos nuestros temores, Crucina comenzó a recuperarse muy bien.

Ahora me doy cuenta que con todas estas pequeñeces, Dios la fue preparando poco a poco para lo que iba a pedir después sin apartarla un ápice de lo aparentemente corriente".

¿Una niña excepcional?

Como hemos visto, a sus nueve años, Montse Grases no era una "niña prodigio", como Pierino Gamba, aquel niño italiano que vino a España por esas fechas y asombró a todos al ver cómo dirigía una orquesta. Era una niña buena, piadosa, alegre; con sus virtudes y sus defectos: no tenía nada que ver con las heroínas "imperiales" del momento: ni con aquella Antoñita la Fantástica que hacía las delicias de las quinceañeras, ni con ninguno de los "niños santos" de algunos libros de la biblioteca de su padre.

En esa biblioteca Manuel Grases guardaba un ejemplar curioso: un libro antiguo de tapas negras y cantos dorados, con unas letras impresas en oro en la portada y algunas ilustraciones piadosas en el interior, donde se contaba la historia de algunos santos, con el bienintencionado deseo de mover a la emulación...

Con un deseo bienintencionado; pero sólo eso. Porque, en las primeras páginas de esas biografías, se narraba cómo ya en su más tierna infancia algunos de esos santos hacían cosas tan extrañas como no mirar las vidrieras de las catedrales para guardar la vista; y alguno llegaba a más: no mamaba los viernes de Cuaresma.

Estos biógrafos conseguían con exageraciones de este tipo, que más que con lo excelso rayan con lo ridículo -y que son fruto en su mayoría de dudosas leyendas- precisamente lo contrario de lo que pretendían: si buscaban "acercar" a sus jóvenes lectores a la santidad, los hacían correr despavoridos. Porque, ¿quién se plantea, recién salido de la cuna, si es Domingo de Ramos, Miércoles de Ceniza o Viernes de Cuaresma?

Y los escasos lectores que no corrían despavoridos acababan desanimados: porque estos biógrafos mostraban la santidad como algo tan extraño, tan desencarnado de la realidad de cada día, que la volvían difusa, inalcanzable y hermosa, como la luna. Pero tan lejana como ella.

Por el contrario, todo en la vida de Montse nos resulta cercano, cotidiano; familiar casi. En su vida no hay "cosas raras" ni espectaculares. Esto es parte del mensaje de Montse, eco fiel del mensaje del Fundador del Opus Dei: para hacerse santo lo importante es amar mucho a Dios, no hacer cosas raras. Y a Dios se le puede encontrar en los sacramentos, en la oración, en el trabajo, en el trato con los demás, en el deporte...

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