En el Jesús-María

 

Mientras tanto, la vida seguía su curso habitual en el hogar de los Grases. "Mi vida familiar -recuerda Manolita- era la corriente de cualquier madre de familia de clase media, de aquella 'heroica y sufrida clase media' de la que hablaba mi padre... Los mayores ya iban al Colegio: Enrique a los Hermanos de La Salle, en la Bonanova y Montse a las monjas del Jesús-María.

Parece que la estoy viendo todavía cuando salía corriendo de casa con su uniforme, escaleras abajo, camino del Colegio, con sus dos trenzas al aire, bajando los peldaños de dos en dos, medio ladeada por el peso de la cartera y ¡una alegría en el cuerpo!..."

El Jesús-María fue el primer Colegio en el que la pequeña Montse estudió sus primeras letras. Cuando la llevó su madre, en octubre de 1946, era un Colegio con prestigio y solera, muy conocido por las familias barcelonesas. El edificio había sido construido en 1892 por Enric Sagnier -marqués de Sagnier, según el título pontificio-, un arquitecto que ha dejado varios edificios representativos del segundo modernismo catalán en la Ciudad Condal, con un estilo muy personal e imaginativo.

En la actualidad el Colegio ofrece al paseante que sube por la calle Teodora Lamadrid una gran fachada de color rojizo, con una larga hilera de ventanas con vidrieras en la parte superior. Sobre esta gran fachada de estilo neogótico se adelanta, solemne, un cuerpo central de tres caras, sobre el que se abren tres altos arcos ojivales que muestran en su frente dos letras: JM: Jesús, María. En la cúspide, una aguda aguja de filigrana apunta desafiante hacia el cielo barcelonés.

Se accede al Colegio por dos amplias escalinatas circulares y convergentes. Por esas escalinatas subió y bajó diariamente durante varios años la pequeña hija de los Grases. Era una niña sencilla, sonriente y algo tímida, que no llamaba externamente la atención entre aquella pequeña turbamulta de colegialas que se dirigían diariamente a clase, unas veces en silencio y otras algo menos, bajo la mirada atenta de las monjas.

"En aquel Colegio -comenta su madre- todo le pareció de maravilla. Al principio la pusimos a media pensión. Primero estuvo en la clase rosa; luego pasó a la clase azul... y una de las monjitas que la conoció -la Madre Ana- que entonces era Procuradora, me dijo que al cabo de los años, la recordaba perfectamente, porque 'le había dejado impacto'".

No hay grandes anécdotas de la estancia de Montse en el Colegio. Su infancia y la primera adolescencia transcurrieron con placidez, sin sobresaltos: durante el verano, tenían lugar las excursiones por el campo y los chapuzones en la playa; durante el invierno, se sucedían las clases en el Colegio y los juegos colectivos en el recreo; y al salir de clase más juegos con sus hermanos por los jardines de Barcelona...

"Los solía llevar con mucha frecuencia -sigue evocando Manolita-, al parque del Turó para que tomaran el sol los más pequeños. Y aquí, en esta fotografía del 47, aparecen todos, con sus abrigos de botones, en torno al carrito en el que duerme Pilar, que había nacido poco tiempo antes. ¡Ya éramos siete en la familia!"

Manuel y Manolita llevaban ocho años de casados y ya tenían cinco hijos: Enrique, Montse, Jorge, Ignacio y la pequeña Pilar. Cinco hijos sanos y fuertes, divertidos y alegres, que obligaban a los Grases a hacer piruetas y equilibrios económicos a fin de mes; aunque comprobaban la verdad del dicho que afirma que Dios envía cada hijo con su pan bajo el brazo. Cinco niños que disfrutaban, como todos los niños, jugando a policías y ladrones por los pasillos de la casa o haciendo travesuras en verano por los caminos de Vallvidrera; que reñían entre sí veinte veces al día y hacían las paces otras veinte veces; que soñaban en invierno con los chapuzones en la playa, que suspiraban en Navidades con el tren eléctrico que les iban a traer los Reyes -pasando primero por la tienda de su tío Juan-; y que esperaban ansiosos en mayo, a medida que iban creciendo, el día de su Primera Comunión.

Índice de Montse Grases