Primeros pasos

 

Carmen Escrivá

Mientras que la pequeña Montse Grases daba sus primeros pasos en la vida, Encarnita Ortega, aquella chica joven que había decidido entregar su vida a Dios en el Opus Dei tras su encuentro con el Fundador en Valencia, daba también sus primeros pasos en su vocación. Y los primeros pasos -en la vida y en la vocación- suelen ser difíciles. Encarnita estaba ahora a punto de marcharse a Madrid, a vivir en un Centro del Opus Dei, y precisamente durante esa temporada habían llegado hasta los oídos de su familia los ecos de las calumnias y de las maledicencias. Su padre -viudo, padre de tres hijas-, sus tías, sus familiares... todos estaban perplejos: ¿cómo es posible que Encarnita quisiese irse a vivir con personas de las que todos decían que se estaban ganando a pulso la condenación eterna?

Aunque don José María Ortega Ijazo, un hombre ponderado y sereno, de carácter jovial, confiaba en su hija y respetaba su libertad, no acababa de quedarse tranquilo. No podía dar crédito a todo lo que le decían, pero... ¿qué sería verdaderamente el Opus Dei? ¿Quién sería ese Padre Escrivá del que se contaban tantas y tantas cosas? No se opuso a la vocación de su hija, pero aquello le entristeció.

"No sabiendo qué hacer -cuenta Encarnita Ortega-, fui a ver a D. Antonio Rodilla, entonces Vicario General de la Diócesis, y le rogué que recibiera a mi padre, le animase y le contara algo de la Obra. Fue papá a verlo y volvió cambiadísimo. D. Antonio le dijo que no conocía la Sección femenina del Opus Dei, pero que sí conocía muy bien al Padre, y que siendo una cosa fundada por él, estaba seguro de que era algo para mucha gloria de Dios, porque por donde había pasado, había dejado siempre una estela profunda de santidad y de eficacia. Estas palabras animaron mucho a mi padre, y a una de mis tías que lo acompañó".

Disipados los temores familiares, en el mes de agosto del año 1941 Encarnita llegó a Madrid, donde conoció a Carmen Escrivá que, tras la muerte de su madre, se ocupaba de la administración doméstica de la casa. A Encarnita le impresionó vivamente la fuerte personalidad de la hermana del Fundador.

Carmen era por aquel entonces una mujer de cuarenta y dos años, en la plenitud de la vida, con una belleza serena y unos ojos de mirada profunda. Tenía un carácter firme y decidido, enérgico y dulce al mismo tiempo. Como buena aragonesa, era de palabra contundente y clara, y amaba poco los circunloquios. Poseía una rara, una rarísima cualidad: sabía estar siempre en su sitio. Y su sitio en el Opus Dei era muy específico y concreto: ayudar a su hermano a sacar adelante el Opus Dei no como hija suya, vocación a la que Dios llamaría a miles de mujeres, sino como hermana suya, vocación que Dios había dado sólo a una mujer: a ella.

En aquellos difíciles años de la postguerra, Carmen se ocupaba de dirigir la atención doméstica de la nueva residencia de estudiantes que don Josemaría había promovido en la calle Jenner. Allí, como recuerda Juan Jiménez Vargas, que era Director de aquella Residencia, "tuvo una vida muy dura de dedicación, de trabajo y de preocupaciones (...). Lo más costoso lo hacía sin llamar la atención, parecía que seguía fielmente los pasos del Fundador del Opus Dei en `ocultarse y desaparecer'. Todo lo hacía sin darle importancia y cuando comentaba algunas dificultades -que a veces eran cosas importantes para la marcha de la Residencia-, a fuerza de sentido del humor, no dejaba ver lo duro que le resultaba. Nunca le oí una queja".

El Opus Dei, como explicaría más tarde el Fundador, no había tenido Fundadora; y su hermana Carmen le ayudaba, con una disponibilidad plena, en muchos menesteres concretos y gestiones materiales con mujeres que él, como sacerdote, no podía atender.

Dos reacciones

Una tarde de noviembre de 1942 don Josemaría fue al Centro que tenían las mujeres del Opus Dei en Madrid. Era una casa de dos plantas en la calle Jorge Manrique. Al llegar las reunió en la Biblioteca. Eran sólo tres mujeres jóvenes, y como recuerda Encarnación Ortega, "¡éramos pocas más en todo el mundo!"

Extendió sobre la mesa de la biblioteca un pliego de papel en el que había escrito el cuadro de labores que las mujeres del Opus Dei iban a realizar en el futuro en los cinco continentes. Les habló con fuerza, con una fe plena en que todas aquellas labores pronto se harían realidad. Y no parecía importarle que fuesen sólo tres...

"Sólo el hecho de seguir al Padre -comenta Encarnación Ortega-, que nos las explicaba con viveza, casi producía sensación de vértigo: granjas para campesinas; distintas casas de capacitación profesional para la mujer; residencias de universitarias; actividades de la moda; casas de maternidad en distintas ciudades del mundo; bibliotecas circulantes que harían llegar lectura sana y formativa hasta los pueblos más remotos; librerías... Y, como lo más importante, el apostolado personal de cada una (...), que no se puede registrar ni medir.

Debíamos de expresar con la mirada nuestro deseo de realizar lo que el Padre nos había expuesto, pero también nuestra impotencia, porque doblando despacio aquel cuadro, dijo:

-Ante esto se pueden tener dos reacciones: Una, la de pensar que es algo muy bonito, pero quimérico, irrealizable; y otra, de confianza en el Señor que, si nos ha pedido todo esto, nos ayudará a sacarlo adelante. Espero que tengáis la segunda.

Su fe le hizo no tener en cuenta ni el número de mujeres del Opus Dei, ni la juventud, ni la falta de preparación en todos los campos (...).

Manifestaba esa misma fe ante la expansión de la Obra por los países más dispares (...). Siempre pensó que si el Señor nos pedía aquello y respondíamos con fidelidad, no dejaría de darnos su gracia, aunque tuviéramos que comenzar sin más bagaje que la bendición del Padre, una imagen de la Virgen y un Crucifijo".

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