De nuevo en Madrid

 

No teme tormento
quien ama con fe
si su pensamiento
sin causa no fue.
Habiendo por qué
más vale dolores
que estar sin amores.

Madrid, 28 de marzo de 1939. Hacía exactamente catorce años, en un día como aquel, don Josemaría había sido ordenado sacerdote en Zaragoza. Desde entonces había pasado mucha agua bajo los puentes del Ebro... y de la Historia. Ahora regresaba de nuevo a Madrid en una fría mañana de marzo, a bordo de un camión militar de abastecimiento, entre los primeros soldados del Ejército Nacional que entraban eufóricos en la capital.

Se repitieron en la ciudad, tras la llegada de los soldados vencedores, las mismas escenas de dolor y de alegría que en Barcelona pocos meses antes. Nada más llegar don Josemaría fue hasta la casa de Ferraz 16, donde estaba la residencia de estudiantes, aquella labor apostólica por la que había rezado y sufrido tanto. Ahora no era más que un montón de ruinas. Buscó entre los escombros una imagen de la Virgen, la "Virgen de los Besos", a la que tenía especial devoción. No la encontró.

Fue a la casa rectoral de Santa Isabel en la que había vivido antes de que se desencadenara el conflicto. Como tantos edificios religiosos, la iglesia había sido devastada. La casa, afortunadamente, no había sufrido daños, pero había sido utilizada como Cuartel del Arma de Ingenieros, y estaba llena de catres y mantas de los soldados, que habían huido precipitadamente. En el balcón ondeaba todavía la bandera blanca de la rendición. Acondicionaron la vivienda a toda prisa y se instaló allí con su madre y sus hermanos.

Como tantas otras personas que volvían a la capital y se encontraban con sus casas destrozadas por los bombardeos o saqueadas tras los avatares de la contienda, don Josemaría se puso, junto con otros miembros del Opus Dei, a intentar recuperar lo poco que la guerra había respetado. Un día fue de nuevo con su hermano Santiago y Juan Jiménez Vargas a las ruinas de Ferraz. Y entre los cascotes y los muros derrumbados encontró una cartela de pergamino con unas palabras del Evangelio de San Juan que estaba en la sala de estudio de la residencia: "Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros". Lo recogió, conmovido.

Aquellas palabras cobraban ahora un nuevo significado para el Fundador. Lo había perdido todo, desde el punto de vista material. Algunos de los primeros miembros del Opus Dei habían muerto, jóvenes, antes de la guerra, como María Ignacia; muchas de las personas que trataba apostólicamente habían quedado dispersadas a causa del conflicto; y alguno había caído en el frente de batalla... Y allí, de pie, entre los escombros, les dirigió a los que le acompañaban una meditación en la que les urgió a la entrega, al amor de Dios y a la confianza plena en el Señor, recordando aquellas palabras que había escrito a sus hijos pocos meses antes: "Tendremos medios y no habrá obstáculo, si cada uno hace de sí a Dios y a la Obra un perfecto, real, operativo y eficaz entregamiento".

A la vuelta de diez años de intensa labor apostólica, contaba sólo con poco más de una docena de hombres que hubiesen entendido lo que la Obra significaba y que estuviesen dispuestos a entregar a Dios su vida para sacarla adelante... En esta fotografía de 1939, pocos meses después del fin de la guerra, aparece con uno de esos primeros miembros del Opus Dei, Alvaro del Portillo, durante un viaje a Valencia.

Poco más de una docena... ¡Y con ellos tenía que hacer el Opus Dei, y extenderlo por los cinco continentes! Sin embargo, aquella cartela encontrada en Ferraz le recordaba que contaba con lo más importante: el amor de Dios, un amor que todo lo puede. Ese amor, que había sido su cimiento para comenzar el Opus Dei, sería su cimiento para empezar de nuevo.

No se permitió un lamento. Y en cuanto pudo, prosiguió de nuevo la labor con las mujeres que se habían acercado antes de la guerra al Opus Dei. Pero los tiempos habían cambiado: al ponerse en contacto de nuevo con aquellas mujeres, buenas y piadosas, comprobó, dolorosamente, que durante aquellos años de separación física habían perdido el espíritu laical propio del Opus Dei.

"¿Sabéis que me habéis costado mucho vosotras, hijas mías? -comentaría más tarde-. Más que los hombres (...). ¡Me habéis salido a la tercera vez!"

Tuvo que comenzar de nuevo la labor con mujeres. Y empezó a buscar también una nueva casa para instalar una residencia de estudiantes para chicos jóvenes. Se iniciaba una nueva aventura apostólica. Pero antes de hablar de ella, trasladémonos de nuevo a Barcelona.

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