Burgos 1938. Trabajar sin descanso

 

Cuando llegó don Josemaría, la pequeña ciudad castellana no estaba preparada todavía para acoger a todo aquel aluvión de gentes que se le venía encima. Eso explica que a su llegada no le resultase nada fácil encontrar un sitio para alojarse. Al fin, tras pasar un breve tiempo en una pensión, pudo alquilar una habitación en un modesto hotel -el Sabadell-, que contaba con un mirador asomado a la vera del Arlanzón, desde el que se divisaban las torres de la Catedral.

Al fin -pensaban los que le acompañaban- don Josemaría podría descansar un poco. Lo necesitaba: estaba demacrado y delgadísimo. "Se me saltaron las lágrimas al verle -comentó don Antonio Rodilla, un sacerdote amigo suyo, cuando fue a visitarle-. Me lo encontré hecho un esqueleto. Estuve allí unos días con él. Vivía en absoluta pobreza". Todos pensaron que aprovecharía aquel tiempo de calma para reponerse del agotamiento en el que lo habían sumido los últimos meses. Pero se equivocaron.

Su corazón sólo tenía una inquietud: cómo hacer realidad, en aquellas circunstancias, la misión que Dios le había encomendado. ¿Cómo podía dedicarse a descansar, cuando tenía que recomenzar de nuevo la labor apostólica, y todos los chicos que conocía se encontraban dispersos por los diversos frentes de batalla?

Con los que no podían acercarse hasta Burgos, que eran la mayoría, seguía manteniendo contacto por carta. Les enviaba una sencilla carta circular, tecleada gozosamente en una vieja máquina de escribir. No quería perder el contacto con ninguno. A Tomás Alvira, aquel chico que estuvo a punto de desfallecer durante la travesía del Pirineo, le escribía en el mes de febrero:

"Querido Tomás: ¡Qué ganas tengo de darte un abrazo! Mientras, te pido que nos ayudes, con tus oraciones y con tus trabajos.

Yo voy corriendo de un lado para otro: acabo de venir de Vitoria y Bilbao. Y antes: Palencia, Valladolid, Salamanca y Avila. Ahora estoy curando un catarro que pesqué en el Norte. Después, voy a León y a Astorga.

Tomasico: ¿cuándo harás una escapada, para que nos veamos?"

A Tomás le había mostrado ya la posibilidad de entregarse a Dios dentro del Opus Dei en el estado matrimonial. Don Josemaría sabía que los casados formaban parte -con plenitud y unicidad de vocación- de la luz fundacional del 2 de octubre. Pero no existía el cauce jurídico adecuado ni los tiempos estaban maduros todavía.

Además de su intenso trabajo sacerdotal dedicó mucho tiempo también -como recuerda Pedro Casciaro- a investigar lo necesario para acabar su tesis doctoral sobre La Abadesa de las Huelgas y para ultimar la preparación de "Camino", que recogía y ampliaba las "Consideraciones Espirituales" publicadas en 1934. Mientras tanto, el Fundador esperaba el momento propicio para regresar a Madrid.

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