Vientos de guerra

 

Corazón que no quiera
sufrir dolores
pase la vida entera
libre de amores,
libre de amores.
¡Ay!, vida mía
libre de amores.

Luchad, matad, morid

"No sospechábamos lo que iba a suceder en España poco tiempo después", recuerda Manolita García, hablando de sus años de noviazgo. Como ella, millares de españoles contemplaron las tristes consecuencias de muchos años de siembra de odio. "Entrad a saco en la civilización decadente y miserable de este país sin ventura -gritaba el político radical Lerroux, en 1906, a sus "jóvenes bárbaros" en Barcelona-; destruid sus templos, acabad con sus dioses, alzad el velo a las novicias y elevadlas a la categoría de madres para virilizar la especie. No os detengáis ni ante los sepulcros ni ante los altares. No hay nada sagrado en la tierra. El pueblo es esclavo de la Iglesia. Hay que destruir la Iglesia. Luchad, matad, morid".

Muchos otros, como Lerroux, contribuyeron al crecimiento de la violencia, y esa siembra de odio fue creciendo durante treinta años alimentada por el rencor y la turbulencia política, hasta que dio frutos sangrientos. Las metáforas grandilocuentes se convirtieron, al cabo de varias décadas, en realidades palpables y descarnadas, y gran número de aquellos "jóvenes bárbaros" barceloneses, convertidos ya en hombres maduros, comenzaron a luchar, a matar, a morir.

Desde la victoria del Frente Popular, el 16 de febrero de 1936, se produjeron numerosos desórdenes de raíz anticristiana que fueron creciendo día tras día, y se agudizaron durante los cinco meses que duró aquel gobierno. Se incendiaron varios centenares de iglesias en toda España; se expulsaron de sus parroquias a decenas de sacerdotes; en algunos lugares se prohibió tocar las campanas y se hicieron frecuentes los robos sacrílegos del Santísimo Sacramento, las profanaciones y los actos blasfemos. Se creó "un clima de terror en el que la Iglesia fue el objetivo fundamental".

Esta fotografía, de pocos meses más tarde, en la que un grupo de milicianos dispara contra el Sagrado Corazón del Cerro de los Angeles, al sur de Madrid, es un testimonio elocuente de aquel periodo.

Ese objetivo tenía una diana muy precisa: los eclesiásticos. En Madrid, especialmente por los barrios de Cuatro Caminos, Tetuán y Chamartín, que frecuentaba mucho el Fundador del Opus Dei, circulaban las patrañas más absurdas. Se decía que unas monjas habían distribuido caramelos envenenados a sus alumnos, hijos de obreros; que había muerto un niño a consecuencia de eso en la Casa de Socorro y que otro agonizaba en el Colegio de la Paloma, en medio de atroces sufrimientos. Era sólo una excusa para lanzar el populacho contra esas religiosas, herirlas gravemente, e incendiar el Colegio, como sucedió. Comenzaba un periodo de anarquía, caracterizado por lo que se dio en llamar, tristemente, "la caza del cura". Sucesos parecidos ocurrían en Málaga, donde trabajaba Isidoro Zorzano, o en Barcelona, donde Manuel y Manolita empezaban a contemplar con incertidumbre su futuro próximo.

El 16 de agosto de 1936, una patrulla de milicianos golpeó con fuerza la puerta de una vivienda acomodada del portal nº 3 de la calle Francisco de Rojas, de Madrid. Al entrar descubrieron a un sacerdote de treinta y cinco años, todavía con sotana, que acababa de celebrar Misa. Festejaron el hallazgo con gritos y amenazas, y encañonándolo, le ordenaron, en presencia de su madre:

-"¡Quítate la sotana!"

El sacerdote obedeció, para evitarle sufrimientos a su madre, que contemplaba la escena horrorizada. A continuación, entre insultos y groserías, se lo llevaron a empellones de la casa. En la puerta, uno de ellos gritó:

-"¡A este mozo lo despacharemos enseguida!"

Sus amigos empezaron a buscarlo por todas partes. Nadie sabía nada. Desde que el gobierno había repartido armas al populacho, se había desatado la anarquía y cada cual hacía la "justicia" por su cuenta. ¡La justicia! En Bellas Artes les dijeron que quizá pudiera estar en la Dirección General de Seguridad. Pero allí todo eran evasivas y suposiciones. "Seguro que lo mataron", comentaba el portero de la casa.

Al final encontraron el cadáver en medio de un charco de sangre, junto a la tapia del Cementerio del Este. Era don Lino Vea-Murguía, aquel sacerdote amigo del Fundador del Opus Dei que le ayudaba en la atención de los enfermos del Hospital del Rey. Don Lino el único hijo que le quedaba a doña Trinidad Bru, viuda.

Había estallado la guerra civil y don Lino era uno más entre los miles de asesinados por motivos religiosos en la guerra civil española que comenzó el 17 de julio de 1936. Sólo en el mes de agosto se cometieron 2.077 asesinatos -unos 70 al día- contra sacerdotes, religiosos y religiosas, entre los que figuraban diez obispos. Entre ellos estaba el obispo de Cuenca, don Cruz Laplana, que murió perdonando a sus asesinos, y que era pariente de doña Dolores Albás, madre del Fundador del Opus Dei. También moriría mártir el padrino de bautismo de don Josemaría, su tío Mariano, que se había ordenado sacerdote tras enviudar.

Comenzó entonces para don Josemaría un largo peregrinaje de domicilio en domicilio. Su situación se volvió crítica: en aquellos momentos, amparar a un sacerdote bajo el propio techo equivalía a firmar la propia sentencia de muerte. En algunos sitios sólo le dejaban permanecer algunos días; en otros, escasas horas. Y la situación, en contra de las primeras previsiones optimistas, que esperaban que el conflicto se resolviese en pocas semanas, se fue agravando. Los desórdenes y asesinatos se sucedían: el odio ante la Iglesia se encarnizaba.

No podía transitar por la calle: cualquier control callejero podía ser fatal. Estaba sin documentación en unos momentos en los que la palabra "documento" cobró un valor mítico. Tener "los papeles en regla" significaba poseer un ancla de salvación, una garantía de supervivencia en medio del terror. Y don Josemaría no tenía documentos, ni "papeles en regla", ni dinero. Y le llegaban por todas partes rumores de detenciones arbitrarias, registros, torturas y "paseos"...

Al final don Josemaría se refugió junto con Juan Jiménez Vargas, en una casa de la calle Sagasta. No era un sitio seguro: y un día caluroso de agosto unos milicianos estuvieron a punto de encontrarlos durante un registro por las buhardillas de la vivienda.

De esa casa se fueron a la pensión donde vivía José María Albareda; tampoco era un lugar fiable. Se trasladó luego a la de los González Barredo; y de allí, a la de unos amigos de Alvaro del Portillo...

Así fueron pasando, lentos, terribles, inciertos, los días de la guerra, entre temores, sospechas e incertidumbres de futuro; y al final, en octubre de 1936, no tuvo más remedio que refugiarse en la Clínica del Dr. Angel Suils, dedicada a enfermos mentales, haciéndose pasar por uno de ellos. ¡Qué ironía! ¡Tantas veces le habían llamado loco por sus aventuras apostólicas y ahora debía hacerse pasar por loco!

Meses más tarde, en marzo de 1937, encontró nuevo asilo en la Legación de Honduras. Allí permaneció varios meses -en los que, a pesar del hambre que pasaban, don Josemaría practicó un ayuno riguroso-, acompañado de Juan Jiménez Vargas, Alvaro del Portillo, su hermano Santiago Escrivá y algunos más; hasta que obtuvo, a finales de agosto, una documentación que le acreditaba como intendente general del Consulado de Honduras y le permitía cierta libertad de movimientos.

Era sólo "cierta libertad", naturalmente: porque si unos milicianos recelosos comprobaban aquellos datos podían detenerle inmediatamente. Sin embargo no se arredró: siguió haciendo apostolado por las calles de Madrid, en un ambiente en el que la vida cristiana había tomado aspecto de catacumbas. Confesaba paseando a lo largo de las avenidas; decía la Santa Misa a escondidas, y llevaba siempre el Santísimo consigo, custodiado en una pitillera de plata en el interior de la chaqueta. Atendía moribundos, como el padre de Alvaro del Portillo, que falleció por aquellas fechas; llegó a bautizar a un niño -en medio de numerosas precauciones- y organizó un curso de retiro espiritual, que se llevaba a cabo en diversos domicilios, a los que los asistentes acudían con disimulo...

¿Meses? ¿Años? Nadie sabía cuánto podía durar aquel largo conflicto. Don Josemaría intentaba marcharse de Madrid desde hacía muchos meses, y estaba a la espera desde marzo de los resultados de múltiples gestiones, cuando surgió una posibilidad: pasarse "al otro lado" a través de los Pirineos.

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