Gracias al dolor

 

Sigamos con nuestra historia. Mientras tanto, en Barcelona, Manuel y Manolita eran, según la conocida expresión, "novios formales". "Pensábamos casarnos pronto -comenta Manolita- porque no sospechábamos lo que iba a suceder en España poco tiempo después".

"Pocos años antes -cuenta Manuel Grases- había sucedido algo muy importante en mi vida. Yo lo llamaría una 'conversión'. Hasta entonces yo llevaba una vida cristiana como la de tantos: me limitaba a 'cumplir'... Y un día, en Misa, en la capilla del Oratorio del Pupilaje Tarrasense, cuando estudiaba en la Escuela Industrial... Es difícil explicarlo. Fue una especial gracia de Dios. Lo vi todo más claro... El caso es que a partir de aquel día, a partir de aquella Misa, cambié. Decidí tomarme en serio la vida cristiana. No sé lo que fue aquello: pero desde luego, fue una gracia muy especial: algo muy parecido a una conversión...

Y también recuerdo que durante esa época de noviazgo, Manolita y yo nos ayudábamos en nuestra vida cristiana. Ibamos con frecuencia a Misa a la iglesia de San Jaime".

En esta fotografía aparecen los dos, vestidos a la moda de la época, en un tiempo en el que comenzaban a hacer planes para su boda, que tenían previsto realizar en 1936.

También durante aquel año de 1936 el Fundador del Opus Dei soñaba con llevar a cabo los planes de Dios. Después de muchas dificultades, la labor apostólica comenzaba a consolidarse: la Academia DYA, que se había puesto en marcha en 1933, contaba con bastantes alumnos y la Residencia de estudiantes que había promovido después estaba totalmente llena; y del 10 al 13 de abril de 1936 el Fundador tuvo la alegría de poder celebrar allí unos días de Retiro Espiritual, el primero organizado en un Centro del Opus Dei. Se daban ya los primeros pasos para comenzar en Valencia; se hacían planes para comenzar en París; iban llegando nuevas vocaciones...

Pero Dios tenía otros planes, muy diversos de los de los hombres.

Detengámonos un momento a considerar este conjunto de historias, aparentemente tan dispares. Dos jóvenes que se enamoran tras coincidir por azar en un sanatorio antituberculoso en las faldas del Montseny; un estudiante madrileño que acompaña a un joven sacerdote aragonés en sus visitas a los enfermos -muchos de ellos, tuberculosos también- por los Hospitales de Madrid; un joven ingeniero que encuentra la llamada de Dios; y una joven andaluza desahuciada por los médicos, que ofrece todos sus dolores desde la cama del Hospital, por una Obra de Dios que está dando sus primeros pasos en la tierra. Son historias unidas entre sí por una serie de coincidencias -la muerte de los padres en plena juventud, la ruina económica- y sobre todo por una enfermedad terrible -cuyo sólo nombre significaba entonces, en la mayoría de los casos, la muerte- y que parecen muy lejanas de la vida de Montse Grases, la protagonista de estas páginas.

Sin embargo, Dios, que juega con los hombres como un padre con su hijo pequeño -"ludens in orbe terrarum", jugando con el orbe de la tierra, se lee en la Sagrada Escritura-, se sirvió de esa enfermedad de muerte para dar vida; y con el correr de los años, iría anudando todas estas historias -la del Fundador del Opus Dei, la de Manuel Grases y Manolita García, la de Isidoro Zorzano, la de Juan Jiménez Vargas y la de María Ignacia- de un modo sorprendente: por medio del dolor.

Con ocasión de la enfermedad, en el clima de sufrimiento y de ansiedad que rodeaba a aquella temible dolencia, Manuel y Manolita se conocieron y se enamoraron; gracias a la oración y a la mortificación del Fundador, Isidoro Zorzano y Juan Jiménez Vargas descubrieron su vocación; y María Ignacia García Escobar encontró en aquel dolor un sentido para su vida. Con razón pudo escribir el Fundador, recordando las palabras de una moribunda a la que ayudó a bien morir en uno de esos hospitales de Madrid: "Bendito sea el dolor. -Amado sea el dolor. Santificado sea el dolor... ¡Glorificado sea el dolor!"

¡Qué lejanas parecen a veces las cúpulas de los cimientos! Estas dos mujeres, María Ignacia García Escobar y Montserrat Grases hicieron realidad en su vida el espíritu del Opus Dei, por medio del sufrimiento y del dolor. Las dos constituyen un ejemplo conmovedor de entrega a Dios en medio del mundo. No se conocieron en esta tierra y, sin embargo, están unidas entre sí por una profunda sintonía espiritual, que el lector irá descubriendo a medida que avance en la lectura de estas páginas.

Por esa razón, al leer el relato de los últimos meses de la vida de Montse, hay que guardar vivo en la memoria el recuerdo de María Ignacia. Hay paralelismos sorprendentes y llamativas coincidencias entre estas dos mujeres, a pesar de que vivieron en épocas muy diversas, a pesar de sus diferencias de edad y de sus mentalidades, tan distintas: andaluza una, catalana la otra.

María Ignacia fue una de las mujeres que abrieron el camino del Opus Dei en sus comienzos. Dios la llamó en "la primera hora", en la hora de la fe y de la esperanza, en ese tiempo en el que no se ven los frutos y queda por delante todo un día de trabajo y de calor. "Uno es el que siembra -se lee en la Escritura- y otro es el que siega". A ella le tocó la dura tarea de sembrar.

Montse Grases recogió el fruto granado de esa siembra casi treinta años después.

Fue una siembra ardua y fatigosa. "No os podéis imaginar -comentaba años más tarde el Fundador- lo que ha costado sacar adelante la Obra. Pero ¡qué aventura más maravillosa!" Y continuaba: "Es como cultivar un terreno selvático: primero hay que talar los árboles, arrancar la maleza, apartar las piedras..., para después arar la tierra a fondo (...). Una vez roturada, hay que dejar reposar la tierra, para que se airee bien. Luego viene la siembra, y los mil cuidados que exigen las plantas: prevenir las plagas; el temor a que descargue una tormenta..."

Así sucedió. Recién sembrada la semilla, Dios permitió que cayera sobre ella una tormenta inmisericorde y dolorosa: la tormenta terrible de una guerra civil.

Comenzaba el tiempo de luchar.

Índice de Montse Grases