Las mujeres del Opus Dei

 

14 de febrero de 1930

Algo muy importante había sucedido poco tiempo antes en el alma del Fundador del Opus Dei. Menos de año y medio después de la fundación de la Obra, Dios le había hecho entender, el 14 de febrero de 1930, mientras celebraba la Santa Misa, un aspecto decisivo de aquel querer divino: Dios quería que también hubiera mujeres en su Obra.

"No pensaba yo que en el Opus Dei hubiera mujeres", contaría más tarde. "Pero, aquel 14 de febrero de 1930, el Señor hizo que sintiera lo que experimenta un padre que no espera ya otro hijo, cuando Dios se lo manda. Y, desde entonces, me parece que estoy obligado a teneros más afecto -comentaba a sus hijas en el Opus Dei-: os veo como una madre ve al hijo pequeño".

Dios le iba llevando paso a paso: al paso de Dios. Y el paso divino es imprevisible: unas veces camina por el alma con ímpetus ardientes; otras, con calma y lentitud; y otras, de forma totalmente inesperada. Así sucedió en el nacimiento del Opus Dei: el 2 de octubre, Dios se presentó de improviso. Y casi año y medio más tarde, cuando el Fundador pensaba haberlo entendido todo; a los pocos días de haber escrito: "Nunca habrá mujeres -ni de broma- en el Opus Dei", el 14 de febrero de 1930, Dios le hizo comprender lo contrario: "para que se viera -explicaba- que no era cosa mía, sino contra mi inclinación y contra mi voluntad".

Era "un modo de actuar" plenamente divino; una muestra de la sabiduría de la pedagogía de Dios con los hombres. "Si -en 1928- hubiera sabido -comentaba el Fundador- lo que me esperaba, hubiera muerto. Pero Dios Nuestro Señor me trató como a un niño: no me presentó de una vez todo el peso, y me fue llevando adelante poco a poco...".

9 de abril de 1932

De ese mismo modo -poco a poco- Dios fue obrando en el alma de María Ignacia. A medida que los dolores arreciaban -"no tengo nada en mi cuerpo, que no me duela"-, se iba abrazando con mayor fuerza a la Cruz, y crecían sus deseos de amor y de reparación. El amor de Dios le llevaba a ansiar -¡qué paradoja!- la llegada de aquel dolor que la dejaba exhausta. Escribía el Miércoles de Ceniza de 1932: "al despertar esta mañana, he visto mi Jesús, que ahora como siempre, no me has olvidado.- (...) -Como no se te ocultan las vivas ansias de mi corazón de llegar a amarte hasta perderme dentro de la llaga de tu divino costado, mientras yo dormía, cual Padre cariñosísimo, Tú me preparaste tan agradable sorpresa para hoy.-".

Esa agradable sorpresa era... encontrarse peor y sufrir dolores indecibles. Lo relataba con ese engrandecimiento de las propias faltas -que parecen inmensas al contrastarlas con la bondad divina- característico de las almas santas: "No sé hacer oración.- Rara vez me mortifico. Soy muy charlatana...... ¿Cuándo así, voy a purificarme de tantos pecados como en mi vida he cometido, y poder llegarme a Ti? Al enviarme los dolores me dices: 'Si los aceptas con alegría y en medio del sufrimiento me demuestras amor aunque sea con una leve mirada al Crucifijo, Yo te prometo suplir con ello, cuantos rezos y mortificaciones pudieras hacer en mi honor'".

El domingo de Resurrección, anotó sus propósitos del día de retiro: "-1º Confianza absoluta en la misericordia de Dios. -2º Indiferencia completa en todas las cosas, aceptando lo que Jesús me envíe, sea como fuere. -3º Alabar al Señor en todos los sucesos de mi vida, ya sean prósperos ya adversos, y hacer de ellos la menor referencia posible, sobre todo, de los adversos. -4º Cuando sea reprendida, no contestar; y si alguna vez fuere necesario, muy brevemente. -5º En mis dolores y sufrimientos, no dejar nunca de mirar al Crucifijo y besarle con amor. -6º Viviré siempre como si a cada instante fuera a morir. -7º Amaré mucho a la Santísima Virgen, mi Madre.

Viernes Santo, del 1932".

El 9 de abril de 1932, formaba parte del Opus Dei. Fue uno de los días más gozosos de su vida. Su cuaderno de notas rebosa agradecimiento y alegría por aquel inesperado don de Dios. ¡Allí, postrada en aquella cama del Hospital, cuando todos los médicos la desahuciaban y sólo esperaba la muerte; allí, precisamente, Dios le había hecho ver su vocación! Aquella enfermedad -lo comprendía ahora con una luz nueva- era algo más que una cruz que debía soportar: era su "trabajo", su instrumento de santificación, su camino concreto para llegar a Dios, su medio específico para hacer el Opus Dei en esta tierra. Vendrían miles de mujeres a aquella Obra de Dios. ¡Y ella, en aquel Hospital, iba a ser parte del cimiento del Opus Dei y allanaría con su dolor los caminos de Dios para los millares de almas que vendrían después...! ¡Qué alegría!

Ese agradecimiento a Dios por la vocación recién descubierta domina todo ese periodo; aunque precisamente muy pocos días después de aquel 9 de abril empeoró de salud y le subió de nuevo la fiebre.

Lo que quieras, cuando quieras, y en la forma que quieras

Ahora, mientras su piel sentía cada día los efectos de la luz ultravioleta de la lámpara de cuarzo -otro de los nuevos "remedios" de la época contra la tuberculosis- María Ignacia sentía en su alma los efectos de una luz nueva. Era una luz abrasadora, el "fuego" del que tanto le hablaba el Fundador, que escribía: "Si eres otro Cristo, si te comportas como hijo de Dios, donde estés quemarás: Cristo abrasa, no deja indiferentes los corazones".

"Donde estés quemarás..." Y a ella le quedaba poco tiempo en esta tierra... Sentía inminente su despedida: "sólo me restan unos días...", escribe en su cuaderno. No había tiempo que perder: era el momento de sembrar a manos llenas todo lo que el Señor, con "fuertes aldabonazos", le había hecho ver en su alma. "El Padre -cuenta Braulia García Escobar- le pidió que buscase amigas. También señoras casadas. Yo pienso que eso fue lo que la movió a decírselo a nuestra otra hermana Benilde, que estaba ya viuda".

"Lógicamente -explica Benilde- quiso que las otras dos hermanas participáramos de la dicha que ella tenía con este descubrimiento, que había sido una especial gracia de Dios".

El día 21 de julio de 1932 escribió: "El día 17 de este mes nos dejó nuestro celoso y santo Capellán". Se refería al entierro de don José María Somoano, que poco antes se había puesto gravemente enfermo, y había ingresado en el Hospital con un extraño cuadro de quebrantamiento general: afonía, vómitos, fiebres y sudores fríos. Fue perdiendo el pulso y empeorando hora tras hora, hasta que el día 16 de julio, fiesta de la Virgen del Carmen, falleció.

Don José María, ¡la había ayudado tanto! La había puesto en contacto con el Fundador del Opus Dei; la había acompañado en los momentos duros y le había hecho ver su enfermedad como un don de Dios... Y ahora Dios se lo llevaba.

María Ignacia, durante su enfermedad, "sufrió mucho -recuerda su antigua maestra-. Tenía tuberculosis en el vientre y le hicieron varias operaciones". A veces, sentía flaquear sus fuerzas. "Pero con tu ayuda -escribía, dirigiéndose, como siempre, al Señor- y la de tu Madre Santísima, por fin he logrado vencer".

En los momentos de mayor sufrimiento don Josemaría la consolaba, mostrándole el sentido sobrenatural de aquel dolor que Dios permitía en su vida: "A veces -le decía- puede parecernos que nos trata duramente; no podemos entender las dificultades o las penas que nos envía; pero tampoco el niño pequeño entiende por qué su madre no le deja que juegue con un cuchillo o que acaricie con sus deditos la llama de una vela; y menos entiende por qué, en determinadas circunstancias le da unos buenos azotes. Sin embargo, todo es para bien".

Así fueron pasando, lentos, dolorosos y alegres, los últimos meses de su vida. Sólo alguna nevada ocasional alteraba un poco la monotonía triste del trasiego hospitalario. Pero María Ignacia estaba más activa que nunca: desde su cama rezaba, encomendaba las futuras labores, escribía, hablaba con unas y otras. Don Josemaría -recuerda Braulia- la atendía espiritualmente, dándole muchos consejos, animándola en su labor de apostolado y llevando su alma al formarla según el espíritu de la Obra".

Vivía abandonada en Dios: "Lo que quieras, cuando quieras, y en la forma que quieras", repetía. Estas palabras son un eco de la predicación del Fundador que enseñaba a identificarse con la Voluntad de Dios diciendo: "¿Lo quieres, Señor?... ¡Yo también lo quiero!". Y cuando -nueva paradoja- se estaba consumiendo entre dolores, se definía a sí misma "borracha de felicidad".

"Pocos días antes de morir -recuerda Braulia- la trasladaron de la sala común a una habitación de dos camas para no apenar a las otras enfermas. Yo la acompañaba día y noche. Tenía dolores terribles; estaba llagada de pies a cabeza; la última vértebra la tenía deformada y sobresalía tremendamente. Se había quedado consumida, incluso mucho más pequeña de estatura. Clarita, la enfermera, podía levantarla sin ayuda de nadie".

Ahora, desfallecida y sin fuerzas, María Ignacia sabía que era más eficaz en el Opus Dei que nunca. El Fundador seguía apoyándose en aquellos dolores como en un cimiento poderoso. En una ocasión fue a visitarla acompañado por Juan Jiménez Vargas: "Todo lo que sufría -cuenta- lo ofrecía por las intenciones que le indicaba el Padre (...) Antes de morir, el Padre le indicó una serie de intenciones que tenía que seguir encomendando": la catequesis, la gente que trataba...

Fue la última paradoja de su vida: deseaba vivir y morir; y crecía en ella, cada día con mayor fuerza, el deseo del Cielo. Quería quedarse y quería irse. ¡Desde allí podía hacer tanto! A ella se puede aplicar lo que cuenta aquel punto de "Forja":

"¡Cómo amaba la Voluntad de Dios aquella enferma a la que atendí espiritualmente!: veía en la enfermedad, larga, penosa y múltiple (no tenía nada sano), la bendición y las predilecciones de Jesús: y, aunque afirmaba en su humildad que merecía castigo, el terrible dolor que en todo su organismo sentía no era un castigo, era una misericordia.

-Hablamos de la muerte. Y del Cielo. Y de lo que había de decir a Jesús y a Nuestra Señora... Y de cómo desde allí 'trabajaría' más que aquí... Quería morir cuando Dios quisiera..., pero -exclamaba, llena de gozo- ¡ay, si fuera hoy mismo! Contemplaba la muerte con la alegría de quien sabe que, al morir, se va con su Padre".

13 de septiembre de 1933

Un día del verano de 1933 "vino el Padre -recuerda Braulia- para administrarle la Extremaunción (...) y estuve presente, sosteniendo el farol con dos velas encendidas que dejé caer -del nerviosismo y del cansancio- manchando la ropa de cera y quemándome un poco (...).

Cuando María Ignacia murió yo estaba sola. Don Josemaría se enteró inmediatamente -no sé cómo- y vino enseguida. Se encargó de organizar el entierro y lo presidió, junto a otros sacerdotes (...).

Recuerdo al Padre con manteo, caminando de prisa detrás del féretro, colocado sobre el coche mortuorio, hasta el cementerio de Chamartín de la Rosa (...).

Cuando llegó el momento terrible de echar la tierra, don Josemaría cogió un puñado, la besó y la echó sobre el ataúd. Me animó con un gesto para que hiciera lo mismo. No sé de dónde saqué fuerzas, pero al ver la serenidad que el Padre tenía, yo hice lo mismo con una gran paz".

"En las vísperas de la Exaltación de la Santa Cruz, 13 de Septiembre -escribió don Josemaría inmediatamente después de su fallecimiento-, se durmió en el Señor esta primera h. nuestra, de nuestra Casa del Cielo. (...)

¡Qué paz la suya! -¡Cómo hablaba, con qué naturalidad, de ir pronto con su Padre-Dios... y cómo recibía los encargos que le dábamos para la Patria..., las peticiones por la Obra!- (...)

Aun antes de conocer la Obra de Dios ya aplicaba María por nosotros los terribles sufrimientos de sus enfermedades (...).

La oración y el sufrimiento han sido las ruedas del carro de triunfo de esta h. nuestra. -No la hemos perdido: la hemos ganado. -Al conocer su muerte, queremos que la pena natural se trueque pronto en la sobrenatural alegría de saber ciertamente que ya tenemos más poder en el Cielo".

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