El Opus Dei

 

Fue en Madrid, al año siguiente de su venida, cuando Dios le hizo ver a aquel joven sacerdote la luz que venía pidiéndole durante tantos años; una luz que confirmaba plenamente los "barruntos" que había sentido en su alma desde su adolescencia. Todo sucedió de una forma sencilla: el 2 de octubre de 1928, cuando participaba en unos ejercicios espirituales en la Casa Central de los Paúles de Madrid, y se hallaba recogido en su habitación, "vio", con total claridad, la misión que Dios le pedía: que "abriese" en el mundo un camino de santificación en el trabajo profesional y en los deberes ordinarios. Vio que aquella era la tarea a la que debía dedicar toda su existencia, mientras repicaban las campanas de la cercana iglesia de Nuestra Señora de los Angeles.

A partir de aquel día de octubre redobló su oración y su mortificación. Rezó e hizo rezar. Y empezó a buscar personas que pudieran entender y vivir aquel ideal. Habló con todos los que Dios le iba poniendo en su camino. Y algunos le entendieron y se entregaron con generosidad, como Isidoro Zorzano, un viejo amigo de los tiempos de Logroño.

Isidoro Zorzano

Don Josemaría e Isidoro se conocían desde la adolescencia: habían coincidido en los estudios del Bachillerato en el Instituto de Logroño. La familia de Isidoro, formada por antiguos emigrantes, se había vuelto a España cuando él tenía sólo tres años, con la idea de permanecer una temporada en la Península y volverse de nuevo a América. Pero la muerte de su padre y una quiebra económica hizo que aquella estancia en Logroño se convirtiese en definitiva.

Isidoro había realizado la carrera de Ingeniería en Madrid, y en noviembre de 1928 se fue a trabajar al astillero de la Sociedad española de Construcción Naval de Matagorda, en la Bahía de Cádiz, y más tarde a Málaga, en los Ferrocarriles Andaluces. A partir de aquel momento parecía que los destinos de estos dos hombres iban a distanciarse definitivamente. Pero Dios seguía tejiendo "encuentros casuales" y haciendo coincidir caminos.

El 24 de agosto de 1930, cuando Isidoro se dirigía hacia Logroño para estar con su familia, hizo una breve parada en Madrid con el deseo de visitar a su viejo amigo Josemaría, que le había escrito poco antes en una postal: "cuando vengas por Madrid, no dejes de verme. Tengo que contarte muchas cosas". ¿De qué se trataría? También Isidoro tenía muchas cosas que contarle...

Pero al llegar a la capital, como no lo había avisado previamente, no lo encontró en casa, y se marchó en dirección a la Puerta del Sol.

Don Josemaría estaba en esos momentos visitando a un chico enfermo "cuando de pronto sentí -escribió más tarde- el impulso de tener que salir a la calle. Le dije que me marchaba y, aunque la madre insistió en que me quedara, por la compañía que hacía a su hijo, me despedí. No sabía a dónde iba; ya en la calle, sin saber a dónde me dirigía, me encontré de sopetón con Isidoro, que estaba haciendo tiempo para coger el tren de vuelta y 'casualmente' pasaba también por allí".

Aquel encuentro marcaría definitivamente la vida de Isidoro. "Nada más saludarme -recordaba el Fundador- me dijo a bocajarro: Quiero entregarme a Dios y no sé cómo ni dónde". Ya en casa, Isidoro le contó detalladamente sus inquietudes espirituales, y al oírle, don Josemaría le habló extensamente de lo que Dios le había hecho ver poco tiempo antes.

Isidoro comprendió: "aquello" que su amigo había "visto" el 2 de octubre de 1928 era precisamente lo que estaba buscando desde hacía tiempo. Era un camino de santidad totalmente nuevo para él, donde podría llevar a cabo las inquietudes espirituales que sentía en el fondo del corazón.

Juan Jiménez Vargas

Poco a poco el joven Fundador fue reuniendo en torno suyo, con mucho esfuerzo, a un pequeño grupo de personas: jóvenes universitarios que le ayudaban a cuidar a los enfermos de los hospitales, y a los que encendía en el amor a Dios; y también artistas, obreros, artesanos... a los que les mostraba la perspectiva de una vocación cristiana vivida en toda su radicalidad, en el lugar que tenían en el mundo, bien identificados con Jesucristo.

En sus apuntes personales se encuentra, a finales de 1932, una anotación que le recordaba aquella conversación pendiente con Jiménez Vargas. ¿Qué habría sido de aquel estudiante de Medicina -se preguntaba- que le habían presentado a principios de año y al que no había vuelto a ver?

Juan seguía dando excusas; y hay que reconocer que, para un joven activo y preocupado por la realidad social como él, excusas realmente no faltaban: el país había cambiado de régimen el año anterior, casi de la noche a la mañana: el 14 de abril, con la gráfica frase del Almirante Aznar, "España se había acostado monárquica y se había levantado republicana". Y aquel cambio de sistema político, tras un breve lapso de exaltación republicana, había acarreado, más que el periodo de mayor justicia social con el que soñaban algunos, una sucesión de graves acontecimientos y de manifestaciones violentas de carácter anticlerical. En mayo de 1931 las masas incontroladas incendiaron varias iglesias y conventos de Madrid. En poco tiempo, en Barcelona -donde Manuel y Manolita iniciaban su noviazgo-, en Sevilla, en Málaga -donde trabajaba Isidoro Zorzano- y en casi todas las regiones españolas, se produjeron diversos desórdenes, saqueos e incendios contra edificios religiosos, ante la actitud pasiva de las autoridades.

Los conflictos se habían ido agravando a lo largo de 1932. La postura del gobierno ante la Iglesia se fue volviendo cada vez más sectaria. Se retiraron los crucifijos de las escuelas y se dictaron una serie de disposiciones antirreligiosas que pretendían arrancar de cuajo las raíces cristianas de España. Se secularizaron los cementerios y durante la Semana Santa, por primera vez desde hacía muchas décadas, no salieron las procesiones a la calle. En julio, los obispos habían protestado enérgicamente por la ley del divorcio y del matrimonio civil y había cundido por todas partes, en palabras de Ortega -uno de aquellos "intelectuales al servicio de la República"-, una sensación de "desazón, descontento, desánimo, en suma, tristeza".

Ese era el ambiente social del país cuando don Josemaría logró, al finalizar el año, conversar de nuevo con aquel estudiante de Medicina.

Jiménez Vargas conserva bien grabada en la memoria aquel encuentro con "el Padre", como le llamaban todos aquellos chicos, siguiendo el uso común de la época para denominar a los sacerdotes. Don Josemaría le habló de lo que sería el Opus Dei -recuerda Juan- sin la menor nota de sensacionalismo, ni mucho menos detalles personales incompatibles con su profunda humildad. (...) Resultaba evidente que el Padre era la persona que Dios había elegido para hacer la Obra, y que se había entregado de tal manera que su preocupación por hacer realidad aquella misión divina era como algo que había llegado a constituir la característica más decisiva de su propia personalidad".

Tampoco Juan retrasó demasiado su decisión de entrega a Dios. A pesar de sus dilaciones anteriores, pocos días más tarde, ya en el nuevo año -el 4 de enero de 1933-, se consideraba plenamente de la Obra. Está claro que aquella decisión no era fruto sólo de su generosidad personal: Dios concedía a aquellos primeros una gracia especial para entender, en toda su hondura y profundidad, el mensaje que les trasmitía aquel sacerdote: "Era como si uno hubiese comprendido la Obra -comenta- con un conocimiento humanamente inexplicable".

Y prosigue: "En aquella primera conversación (...) me explicó la Obra con mucha extensión, detallando muchas cosas que en aquel momento estaban muy lejos de ser realidad, y que han ido saliendo muchos años después". En esta fotografía de aquella época aparece Juan Jiménez Vargas junto al Fundador del Opus Dei.

Al igual que Isidoro, Juan Jiménez Vargas fue uno de los hombres que permaneció junto al Fundador desde los primeros años 30. Dos semanas después de su decisión de entregarse a Dios, el 21 de enero del 33, asistió, junto con otros dos estudiantes de medicina, a la primera de las reuniones de formación espiritual del Opus Dei -lo que luego se denominarían "círculos" o "clases de formación". Don Josemaría había invitado a muchos, pero sólo vinieron tres: ¡no importaba! Les habló con gran ardor apostólico, y al terminar les dio la bendición con el Santísimo. Y vio, no sólo tres, "sino tres mil, trescientos mil, tres millones".

Don Josemaría no era un soñador: "veía", (no "imaginaba", ni "soñaba", que es algo distinto) el Opus Dei proyectado en los siglos, extendido por toda la tierra, en servicio de la Iglesia. Tenía la seguridad absoluta de estar cumpliendo "un mandato imperativo de Cristo". Isidoro, Juan, y los que fueron llegando al Opus Dei, supieron vivir de fe. Confiaron en Dios y en aquel sacerdote, que les decía con fuerza: "la Obra de Dios no la ha imaginado un hombre".

A ellos, por tanto, no les correspondía inventar nada: su tarea era la de secundar la gracia del Espíritu Santo, y poner los medios necesarios para levantar aquel edificio sobrenatural: y esos medios eran, como les enseñaba el Fundador, en primer lugar, la oración; en segundo lugar, la expiación y luego, en tercer lugar -"muy en tercer lugar", como precisaría en "Camino"- la acción apostólica.

En primer lugar, la oración: don Josemaría iba pidiendo "la limosna de la oración" por todas partes. "Pedía oraciones a todo el mundo", recuerda Jiménez Vargas: "monjas de clausura, enfermos, etc.".

En los Hospitales de Madrid. María Ignacia García Escobar

"La fortaleza humana de la Obra -explicaba el Fundador- han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas".

Uno de los hospitales a los que acudía don Josemaría, el Hospital del Rey, había cambiado su nombre, en aquellos años de exaltación republicana, por el de Hospital Nacional. Su capellán era un sacerdote joven de 28 años, don José María Somoano, vinculado estrechamente con el Fundador del Opus Dei.

El hospital estaba enclavado al norte de la Ventilla, cerca de Tetuán de las Victorias, a siete kilómetros del centro de Madrid, y contaba con especialistas de prestigio, como el doctor Tapia, al que había venido a ver, desde Barcelona, Enrique García, padre de Manolita, como hemos visto anteriormente.

En aquel lugar se encontraba hospitalizada una mujer cordobesa de 34 años, María Ignacia García Escobar, que había ingresado en 1930 con una tuberculosis avanzada e incurable. Esta fotografía data de aquella época.

Pero no hay que imaginarse a María Ignacia siempre tal y como aparece en esta fotografía, con el gesto serio y con su vestido de fiesta, bordeado, al gusto de la época, de pequeñas perlas blancas. Era una joven sencilla, como sencilla había sido su vida hasta entonces, aunque, como comentaba su antigua maestra, "tuvo que sufrir mucho moral y físicamente. Moralmente a causa de su hermana Braulia, enferma tuberculosa y también porque a la muerte del padre se arruinaron".

Aquella ruina -causada por la quiebra de una empresa en la que los hermanos habían invertido el dinero procedente de una venta familiar- los había dejado en una difícil situación económica. Sólo gracias al famoso torero "Bombita", que era amigo de la familia, pudieron hacer por ella lo único que se podía hacer entonces, como ya hemos visto, por un tuberculoso: ingresarla para una "cura de aire" en el Sanatorio del Guadarrama, aunque sólo fuera por un año. Desde Guadarrama pasó a Madrid, al Hospital del Rey.

Urgido por el Fundador, don José María Somoano le decía con frecuencia a María Ignacia: "hay que pedir mucho por una intención, que es para bien de todos. -Esta petición, no es de días; es un bien universal que necesita oraciones y sacrificios, ahora, mañana, y siempre. Pida sin descanso..."

María Ignacia ofrecía todos sus dolores por aquella intención: "De noche -escribía en su cuaderno de notas-, cuando los dolores no me dejan dormir, me entretengo en recordarle su intención repetidas veces a Nuestro Señor".

"Sonreiré estos días -escribe también en coloquio con el Señor el 7 de febrero- en medio de cuantas sequedades y tribulaciones quieras enviarme. Todo lo podré contigo".

Su hermana Braulia escribe que don Josemaría "era el alma de todo el apostolado que se hacía en aquel hospital madrileño". Y recuerda, además de don José María Somoano, a otros sacerdotes amigos del Fundador que le ayudaban en aquella tarea apostólica, como don Lino Vea-Murguía, un sacerdote joven de una familia acomodada de Madrid.

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