1911. No hay quince años feos

“En 1911 mi tía María Ignacia cumplió 15 años —sigue contando doña Pepita—. Dicen que no hay quince años feos, pero es que ella era guapa de verdad. Sin embargo nunca dio que hablar en este pueblo, que es, en eso, pues mire usted...  como todos los pueblos.

En ese particular la ayudó mucho doña Matilde con sus consejos. Y tuvo muy buenas amistades. Qué importante es eso. ¡Cuántas veces escribió mi tía María Ignacia sobre las buenas amistades en su Cuaderno!

Entonces muchas de sus amigas se conformaban con ir la Misa del domingo, y gracias. Pero ella comenzó a tomarse en serio la fe desde pequeña, sin importarle ni de Sevilla ni del Guadalquivir, como decimos aquí. Ya de jovencita era muy independiente y con mucha personalidad. No se dejaba influenciar fácilmente. Porque aquí sucede como en todas partes, que en cuanto vas a Misa ya  te están criticando y diciendo que si tal y que si cual.

Y precisamente en 1911, cuando mi tía María Ignacia cumplió quince años, vino el Padre Francisco de misión a Hornachuelos El padre Francisco era un capuchino que nos hizo mucho bien. A todos: a las gentes del pueblo, a mis tías, a mis abuelos. Yo le conocí de pequeña. Era un hombrón alto, fuertote, con buen humor y con aquellas barbas largas, larguísimas, que llevaban entonces”.

Fray Francisco María de San Sebastián era en 1911 un sacerdote de treinta años  que ejercía su ministerio confesando y predicando misiones por varios pueblos de Andalucía. Tenía buena amistad con don Fernando Laguna, el párroco de Hornachuelos , y según cuentan los que le conocieron, era un hombre muy querido “por su celo y su carácter bondadoso y caritativo” . Tenía tres grandes pasiones: el sacramento de la Confesión, el amor a la Eucaristía y la devoción al Corazón Agonizante de Jesús.

Esta devoción era fruto de su intensa dedicación sacerdotal. Dedicaba muchas horas de su jornada a confesar y sufría hondamente al ver cuántas personas morían alejadas de Dios porque nadie rezaba ellas. ¡Cuántas conversiones habría si hubiese cristianos que pidieran al Señor por esas almas!

Esa inquietud espiritual le llevó a fundar en Sevilla una asociación piadosa  para promover la devoción a la Agonía de Jesús , y a dirigir La Campanilla , una publicación popular que María Ignacia leyó desde sus comienzos. En las páginas de La Campanilla el capuchino escribía artículos y comentarios espirituales tan fogosos y ardientes como su carácter. Un botón de muestra:

Dichosos mil veces de nosotros si aparejamos a Jesús una buena morada en el fondo de nuestro corazón. Entonces Jesús se quedará a cenar con nosotros y celebrará su Pascua en el Cenáculo de nuestro corazón y llenará de vida inmortal nuestras almas. Y por fin, comprenderemos, muy a las claras, cómo una sola Comunión bien hecha, basta para canonizar a un alma, para elevarla al más alto grado de perfección .

Según diversos testimonios, María Ignacia comenzó a dirigirse con Fray Francisco desde este año, 1911 . Fue el comienzo de una dirección espiritual que duró hasta 1929, en los que su piedad fue cobrando solidez doctrinal, junto un profundo sentido de amor a la Iglesia. Fray Francisco le ayudó a vivir una intensa vida cristiana y le transmitió la devoción a Cristo agonizante tan enraizada en su alma.