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El loco que asesinaron

Índice. Biografía de San Josemaría. Tomo II. Andrés Vázquez de Prada

A esas alturas, desde que doña Dolores había vaticinado que los graves disturbios nacionales acabarían el 25 de julio, fiesta de Santiago, Patrón de España, llevaban ya más de un año de guerra. Durante el verano de 1937 las tropas nacionales fueron ocupando la costa cantábrica y, una vez conquistado Santander, terminaron por desalojar a las fuerzas republicanas de Asturias, incorporando a su zona toda la franja norte de la península. Con ello perdía el gobierno de Negrín su superioridad en efectivos bélicos, por lo que, igualadas las fuerzas, la guerra prometía ser larga. (Los optimistas seguían opinando que el fin era cercano).

El Fundador repasaba mentalmente los sucesos de los últimos meses. Lo más notorio era que el hambre apretaba a la población madrileña cada vez con mayor ahínco. ¡Qué no habían pasado sus hijos en la cárcel! En la de San Antón estuvieron por unos meses Álvaro y Chiqui. A veces, los milicianos, con muy mala sangre, les daban de comer hasta excrementos humanos |20|. Después de haber pasado mil penalidades, Chiqui se encontraba de nuevo en Madrid a principios de septiembre de 1937, morenote y con aspecto inmejorable, gozando de unos días de permiso militar. «Chiqui está estupendamente —escribe Isidoro en tono festivo— incluso engordando, porque es un acaparador; come en el cuartel y después va a su casa para realizar la misma faena; no quiere que de su comida en el cuartel se aproveche nadie» |21|.

¿No era de agradecer al Señor el haber localizado a todos sus hijos de la zona republicana? Hasta tenía buenas noticias de Ricardo, que se había pasado ya a los nacionales. Lo que nadie supo, hasta años más tarde, es que Ricardo escapó milagrosamente, cruzando de noche dos frentes, justamente unos días antes de que llegase de Madrid la orden de detenerle por "fascista" |22|.

¿Y la lista de muertos, ausentes o asesinados? Rara era la familia que no contaba con alguna desgracia. Así sucedía entre los miembros de la Obra. Pepe Isasa había caído en el frente. Manolo había perdido dos hermanos, uno en la guerra y otro asesinado. El padre y un hermano de Albareda habían sido asesinados en Caspe, donde vivían, al estallar la guerra... |23|.

Entre las incomodidades sufridas en el encierro, a don Josemaría le había resultado especialmente desagradable el tener que cohabitar con la suciedad, aunque nunca le faltó agua y jabón, y otros productos, para librarse —como decía, repitiendo a Santa Teresa— de aquella "mala gente": chinches, pulgas y piojos. Por más empeño que pusieran los asilados, los "pipis" (los piojos) se mostraban reacios a desalojar de buen grado el territorio consular. Y si nos paramos a considerar las circunstancias de aquel cuartucho, que antes sirvió de carbonera, los verdaderos intrusos eran los refugiados. (Santiago, vecino de colchoneta del Padre, cuando éste fechaba las cartas a los de Valencia en "Tegucigalpa", le corregía suavemente: "Pipisjagua"). No se arredraban por eso los animalitos. Además de la citada "mala gente", abundaban otros bichos |24|.

El cuarto que el Padre compartía con Juan en la pensión de la calle Ayala, con dos colchones en el suelo, era incomparablemente superior. Tenía la gran ventaja de disponer de un baño, sin las molestas apreturas de horario ni la larga clientela matinal del Consulado. Y, aunque las madrugadas de fin de verano se iban haciendo frescas, el sacerdote no dejó nunca el baño de agua fría; y no lo hacía por placer, sino a falta de ducha. Como mortificación, tales inmersiones no eran agradables ni recomendables para un organismo desnutrido |25|. Su cuerpo, trabajado por el hambre y el desgaste moral, estaba a punto de recaer en el agotamiento, en el reumatismo o incidir en la diabetes, de la que ya comenzaban a manifestarse algunos síntomas, como era la necesidad de tener que orinar con frecuencia. Posiblemente pasase en silencio algunos ataques de fiebre, pues en una carta de ese verano de 1937 se lee: Madrid es extremado, y se nota la temperatura como nunca. Y —paradoja— a veces, tengo frío y me he de envolver en una manta de cama grande, hasta que reacciono. Cosas del estómago, sin duda |26|.

A la hora de comer, don Josemaría se pasaba por la calle Caracas, donde vivían los Escrivá. Y muchas tardes solía sacar a su madre a dar un paseo. Así doña Dolores se fue acostumbrando al rostro demacrado del hijo, a quien no había reconocido cuando semanas atrás le fue a visitar al Consulado. Sufrimientos y privaciones habían dejado su huella en los madrileños, también en doña Dolores, cuyo cabello era ya entrecano. Por su parte, el hijo veía en el rostro de la madre una serena veladura de aflicción, que le traía a la memoria la Dolorosa que había comprado en la plaza del Ángel. Madre e hijo podían hablar ahora, sin recelo, de las angustias y peligros del pasado. Por la mente del sacerdote desfilaban los recuerdos.

Ese pasado, tan cargado de sucesos para ambos, se remontaba tan sólo al 20 de julio de 1936, cuando don Josemaría había llegado a casa de su madre vestido con un mono y sin que lo advirtieran los vecinos. Enseguida habían comenzado los asaltos de iglesias y conventos, y la caza de sacerdotes. No se podía confiar en la servidumbre, pues el vecindario contaba con varias mujeres comunistas; y, según referencia de su hermano Santiago, «alguien de la casa había dicho que en nuestro piso había refugiado un sacerdote y había que matarlo» |27|.

Don Josemaría, como sabemos, tuvo que huir precipitadamente días más tarde, al anunciarse un registro, al que siguieron otros posteriormente. En el piso debajo del de doña Dolores, donde vivía un militar retirado, llamado Paniagua, con un hijo cadete que había escapado por milagro del asalto al Cuartel de la Montaña y con otro hijo falangista, los milicianos detuvieron a varias personas de la familia. Pero, increíblemente, a partir de entonces, no habían vuelto a entrar en casa de los Escrivá, ni hecho averiguaciones, aunque la estampa del sacerdote —«inconfundible por andar siempre con sotana»— era muy conocida en todo el barrio |28|.

A los pocos días de la huida de don Josemaría —refiere Juan Jiménez Vargas—, los Escrivá pudieron presenciar un tenebroso suceso: «un asesinato en la calle, a primera hora de la noche. Oyeron mucho escándalo y, suponiendo que era una de las patrullas que recorrían las casas, miraron desde el balcón a escondidas, naturalmente, con las persianas cerradas, por las rendijas [...]. Vieron unos milicianos corriendo detrás de uno que no pudo escapar, y allí mismo le mataron y quedó el cadáver en la calle» |29|.

No eran infrecuentes estos asesinatos callejeros. Dos meses habían transcurrido desde este suceso cuando, en octubre de 1936, nos cuenta Santiago Escrivá, las hermanas de don Norberto, el sacerdote del Patronato de Enfermos, aparecieron en el piso de Doctor Cárceles: «recibimos la visita —testimonia Santiago— de dos hermanas de un sacerdote amigo de Josemaría, D. Norberto, al que ya he aludido. Se presentaron para pedirnos dinero que, según pretendían, se lo debíamos a su hermano. Como no era verdad, la conversación se fue poniendo tensa, hasta el extremo que llegaron a decirle a mi madre —no sé de dónde lo sacarían— que habían visto a Josemaría muerto: colgado de un árbol en la calle. Entonces no me pude aguantar y les dije lo que me pareció que se merecían y las eché a la calle» |30|.

Aun concediendo cierto margen de fantasía a aquellas señoritas, la audacia de la noticia y la truculencia de los detalles rebasan toda posibilidad de infundio. Las habladurías de las hermanas de don Norberto no eran pura invención. En este punto estaban mejor informadas que el hermano de don Josemaría. Si no ellas, otros vecinos habían visto el cadáver y oído a los milicianos jactarse de haber ahorcado a un cura. Una noticia de ese relieve no pudo menos que difundirse pronto por el barrio, tanto más cuanto que el cuerpo estuvo expuesto a las miradas de todos los transeúntes.

Posiblemente Carmen y doña Dolores sufrieran por corto tiempo —tal vez días— la angustia de la incertidumbre, pues al producirse este asesinato Josemaría se hallaba refugiado en la calle Sagasta y a veces pasaban algunos días sin saber nada de él. Lo más verosímil, sin embargo, es que a doña Dolores le llegara la noticia de la muerte violenta de su hijo por algún vecino y que madre e hija se la ocultasen a Santiago. El cual, naturalmente, consideró una patraña la historia de las hermanas de don Norberto, pues en octubre don Josemaría estaba refugiado, sano y salvo, en la clínica del doctor Suils |31|.

El último en enterarse de que le habían asesinado fue la víctima en cuestión, que el 18 de septiembre de 1937 escribía a sus hijos en Valencia, todavía sin saber a ciencia cierta si había sido fusilado o ahorcado:

Una noticia atrasada: me han dicho —a mí y en mi cara— repetidas veces que a mi hermano Josemaría le encontraron colgado de un árbol, en la Moncloa, según unos; otros, en la calle de Ferraz. Hay quien identificó el cadáver. Otra versión de su muerte: que lo fusilaron |32|.

¿Cómo es posible que en las 170 cartas escritas desde el Consulado no se aluda siquiera a esta "noticia atrasada"? La respuesta es muy simple. Hasta entonces no había podido mantener don Josemaría una larga y reposada conversación con su madre. Fue doña Dolores, sin duda, quien le puso al tanto de las diversas versiones que corrían sobre su presunta muerte. Porque no es un tema que casual y caprichosamente acuda a la memoria del sacerdote sino que, para él, en esos días de septiembre de 1937, constituye noticia de sorprendente actualidad, cuyo eco va rebotando en cascada, de párrafo en párrafo, por toda la carta a los de Valencia:

Suponed la cara del abuelo, ante tamañas noticias. Verdaderamente sería de envidiar, para un loco como mi hermano, un final así con el aditamento de la fosa común. ¡Qué más habría deseado el pobre, cuando se vio moribundo, en la habitación lujosa de un sanatorio caro! Digo mal: esta manera de fenecer (normal, sin ruidos, ni espectáculo), como un cochino burgués, está en mejor acuerdo con su vida, su obra y su camino. Morir así —¡oh, Don Manuel!—... pero loco, de mal de Amor.

(Este último pensamiento —la contraposición de una muerte violenta y llamativa, en medio de la calle, con la muerte callada en una cama, como estuvo a punto de sucederle en el sanatorio del Dr. Suils— lo recogería luego en Camino, señalando como más "heroico" que un aparatoso fallecer el morir inadvertido en una buena cama, como un burgués..., pero de mal de Amor) |33|.

Y en otro párrafo, de esa misma carta, dedicado a levantar el ánimo de una persona, todavía no recuperada del dolor que le produjo la muerte de su padre, recae de nuevo en el tema de la "noticia atrasada": Yo —¡ríete, hombre!— no me pienso morir: desfilar, solamente desfilar |34|.

(Entre los posteriores escritos del Fundador hay otra referencia a ese suceso, en una carta de 1943, dirigida a los miembros del Opus Dei:

Ni antes ni después de 1936 he intervenido directa o indirectamente en la política: si he tenido que esconderme, acosado como un criminal, ha sido sólo por confesar la fe, aun cuando el Señor no me ha considerado digno de la palma del martirio: en una de esas ocasiones, ahorcaron delante de la casa en que vivíamos, a una persona que habían confundido conmigo |35|).

Nunca se supo la identidad de la víctima. Aquel muerto, sin embargo, tuvo mejor trato que el soldado desconocido. Carecía de tumba, pero reposaba en el agradecimiento del Fundador, y siempre hubo para él una llama encendida en su memoria. «Me consta —testimonia Mons. Javier Echevarría— que rezó por esa persona durante toda su vida, mientras pedía perdón al Señor por los que habían cometido el asesinato» |36|.

Aquel sacerdote se dio cuenta, una vez más, de que vivía de prestado y de que el Señor había confundido la furia de sus perseguidores, brindando así cierta tranquilidad a los de su familia.

Notas

20. Cfr. Carta a sus hijos de Valencia, en EF-370406-1. Después de haberse refugiado en una dependencia de la Embajada de Finlandia, que invadieron las milicias, Álvaro fue a parar a la cárcel de San Antón, de la que el interesado cuenta una curiosa anécdota. Había en ella un guardián, al que llamaban Petrov, que un día le puso una pistola en la sien y le dijo que bien podía matarle en aquel instante, pues seguramente era un cura. (Álvaro llevaba lentes y para aquel miliciano eso debía ser señal inequívoca de intelectualidad eclesiástica): cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 884. Petrov —o Petrof— era el apodo de Santiago del Amo (cfr. Javier Cervera Gil, ob. cit., p. 80).

21. Carta de Isidoro a María Dolores Fisac Serna, 8-IX-1937 (IZL, D-1213, 265).

22. Cfr. Ricardo Fernández Vallespín, RHF, T-00162, p. 37.

23. Carta de Isidoro a María Dolores Fisac Serna, 21-VIII-1937 (IZL, D-1213, 254); y Carta a sus hijos de Madrid, en EF-370725-5.

24. Esto es el paraíso de las cucarachas —escribe el Padre para entretenimiento de los valencianos—: las hay grandes, solemnes y charoladas como un escarabajo sagrado de Egipto; otras van, desde el tamaño de la punta de un alfiler, escalonándose. ¡Y qué armonía de colores!: Es para alabar al Hacedor: blancas, rubio platino, tabaco, doradas, pardas, negras. Ya comprendéis que... nos divertimos mucho (Carta a sus hijos de Valencia, en EF-370701-2; cfr. también: Cartas a Pedro Casciaro Ramírez, en EF-370727-3; a Isidoro Zorzano Ledesma, en EF-370420-1; etc.).

En otra ocasión escribe: Hoy, al abrir Eduardico un libro, apareció una magnífica chinche. ¡Vaya! Menos mal que las cucarachas se ve que están bien acompañadas (Carta a sus hijos de Valencia, en EF-370725-3).

25. Cfr. Juan Jiménez Vargas, RHF, T-04152-III, p. 119.

26. Carta a sus hijos de Valencia, en EF-370725-3. Acerca de la necesidad de orinar, a consecuencia de la ligera diabetes que posiblemente padecía, ya en 1936, en tiempo de guerra, escribe Mons. Álvaro del Portillo que un día en que se encontraba en la calle de Serrano y sintió esa necesidad, se acercó a casa de Isidoro Zorzano, que vivía allí cerca. Llamó a la puerta, pero cuando le vio la madre de Isidoro, fue tal el miedo que le entró de pensar en el peligro de cobijar a un sacerdote, que le cerró la puerta sin dejarle pasar. Otra vez, en situación semejante, se fue a casa de don Alejandro Guzmán. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 889, 890.

27. Santiago Escrivá de Balaguer y Albás: Sum. 7326, y RHF, T-07921, p. 19.

28. Juan Jiménez Vargas, RHF, T-04152-III, p. 139.

29. Ibidem.

30. Santiago Escrivá de Balaguer y Albás, RHF, T-07921, p. 20.

31. El testimonio del doctor Vargas, tan detallista en otros puntos, se atiene en éste a lo narrado por Santiago Escrivá, diciéndonos que aquellas dos señoritas «no volvieron a aparecer. Y no hubo comprobación de la noticia» (Juan Jiménez Vargas, RHF, T-04152-III, p. 69). D. Josemaría, como se verá, insiste en que a aquel pobre hombre le «ahorcaron delante de la casa» de la calle Doctor Cárceles, donde vivía la Abuela, como para indicar que no pudieron menos de enterarse la madre y la hermana; y esto sucedió, probablemente, en agosto.

32. Carta a sus hijos de Valencia, en EF-370918-1.

33. Camino, n. 743.

34. Carta a sus hijos de Valencia, en EF-370918-1.

35. Carta 31-V-1943, n. 45.

36. Javier Echevarría, Sum. 2418; y Álvaro del Portillo, Sum. 877.

 

 

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