El negocio del abuelo

Índice. Biografía de San Josemaría. Tomo II. Andrés Vázquez de Prada

Desde su encierro continuaba el Fundador haciendo la Obra en un intenso trato con el Señor, y mediante un apostolado epistolar para el que no era mayor obstáculo la censura, que se saltaba con ingenio y buen humor. Hay una carta, del 29 de abril de 1937, en la que recuerda, a sus hijos del "Levante feliz", la responsabilidad que tienen de hacer el Opus Dei en caso de que él muriera:

Yo espero —espero— que no tardaré en poder abrazaros. Mientras, no os olvidéis de este pobre viejo y, si el viejo —es ley natural— desfilara, a vosotros os toca continuar, cada día con más ímpetus, el negocio familiar. Te digo, en confidencia, (confidencia de abuelo a nieto) que, al verme propietario de tanto hueso desconocido, me encuentro con magnífica salud: y —será lo que sea— pienso que se alargará por años mi vida, hasta ver en marcha, bien colocada, a toda la chiquillería de mis hijos y mis nietos. Pero, ¡pero!, no te olvides de que —insisto— si desfilo, no debéis abandonar por nada mi negocio, que os llenará de riqueza y bienestar a todos. Casi no sé qué escribo. ¿La vida? ¡Bah!... ¡¡La Vida!!

[...] ¡Criotes! Un negocio veo, para un futuro próximo, tan espléndido, que sería bobo pensar que nadie deje la oportunidad de enriquecerse y ser feliz. ¡Con qué razón aseguran que, al llegar a los setenta, ochenta tengo yo, se acentúa la avaricia! Os querría a todos cubiertos por los rayos del Sol, que haga brillar sobre los míos el oro puro, adquirido, bien adquirido, con el esfuerzo de sacar adelante el patrimonio de mi casa.

Mariano: dices muchas tonterías. Es cierto. Pero, genio y figura hasta la sepultura. He sido ambicioso siempre. Lo he querido todo. Y, además, como no me parece camino torcido, por él pienso empujar a mi gente.

¡Ambición! ¡Bendita ambición! ¡Cuántos obstáculos allanas!... Con sed de alturas, dificilillo es meterse en charcas, que son lo contrario: simas. Si me reservo —¡bendita ambición, nobilísima ambición!— para lo grande —y he nacido para lo grande—, sabré —con los auxilios oportunos— no entretenerme en lo pequeño. Dije. No he dicho despreciar lo pequeño, porque esto sería una barbaridad, ya que lo grande, lo más grande, a fuerza de pequeños esfuerzos se logra.

Y luego les notifica, muy veladamente, el serio compromiso contraído con el Señor para desagraviar por deudas propias y ajenas, implorando protección para su negocio:

No sé si sabrás que me metí, por la familia, que es siempre mi debilidad, en un lío económico: empeñado en pagar todas las deudas. No te digo más. Tú no puedes ignorar que también de deudas andaba yo bueno. Así es que se ha unido el hambre con las ganas de comer. Ahora es cuando me veo realmente viejo, sin fuerzas, y... pachucho en todo. Pero, lo dicho, dicho. No me vuelvo atrás. Compadécete tú —y lo mismo los otros nietos— y ayudadme como podáis. ¡Tendría poca gracia que mis ambiciones acabaran en un "crack", o, por lo menos, en una suspensión de pagos! Tiemblo: cuento —creo— con el esfuerzo y los sacrificios de toda mi gente |241|.

Dos meses más tarde, interiormente robustecido por las duras pruebas a que le sometía el Señor, tornaba a la gestión de su empresa —su "negocio"—, con redoblado optimismo: Este abuelo vuestro —les escribía el 24 de junio— ha vuelto a tomar las riendas. ¡Qué noticia! Y os aseguro que con más fuerzas que antes de su enfermedad, aunque ahora pese cuarenta kilos menos |242|.

No desanimaban al Fundador las adversidades propias de aquellos días, pues la guerra —les decía—, no sólo no entorpece sino que puede dar más intensidad a muchas empresas, si los que las dirigen no se duermen |243|.

El Fundador tenía, ciertamente, muchas ganas de dar otro empujón a su empresa divina, y le quemaba la impaciencia, como escribía a los de Madrid:

En cuanto comience a trabajar —que será pronto— voy a renacer.

Conste que el abuelo está satisfechísimo de todos sus nietos, sin excepción. ¿Está claro? Y piensa que ellos sabrán vivir siempre con optimismo, con alegría, con tozudez, con el convencimiento de que nuestros negocios han de ir necesariamente en auge, y con la íntima persuasión de que todo es para bien |244|.

¿Era todo realmente para bien? A mediados de junio se enteró de que Pepe Isasa, uno de los miembros de la Obra en la otra zona de España, había muerto en el frente, en abril. Inmediatamente comunicó Isidoro a los demás el deseo del Fundador: que hicieran sufragios por su alma, rezando las tres partes del rosario y ofreciendo la comunión («El abuelo me dice: comunica a mis nietos que lleven tres ramos de rosas a la Madre de D. Manuel de parte de Pepe y que si pueden almuercen con este buen amigo») |245|.

Para el abuelo, la pérdida de este nieto, fue una "noticia agridulce":

El abuelo casi no sabe deciros nada —escribe a los de Valencia—. Un encargo os hice, que también Ignacio |246| os daría: rosas —tres ramos—, sobre su sepulcro: y que visitarais a D. Manuel. ¡A Don Manuel! ¡Qué agradecido le estoy! Mis lágrimas —no me da vergüenza decir que he llorado— no son protesta, por la muerte de mi nieto queridísimo: la acepto; pero os ruego que, conmigo, recomendéis a mis peques para que no se me vaya ninguno más.

Contentos, ¿eh? ¿No os he contado muchas veces que el abuelo tiene una Casa muy grande, donde le esperan una porción de nietos?

Eso es demasiado cómodo. Es preciso quedarse por aquí —y aún hacerse viejo—, para sacar adelante el negocio —¡magnífico! ¡redondo!— que vuestra familia lleva entre manos, desde hace más de ocho años |247|.

Era patente que el negocio del Opus Dei, grande y universal, necesitaba mucha gente. El afán apostólico, incontenible, del Fundador desbordaba, aun recluido, todas las fronteras:

Se me pegaron las locas ansias de mi hermano Josemaría —loco, loco de atar; por algo ha estado en el manicomio— y querría corretear este mundo tan chiquitín, de polo a polo, y derretir todos los hielos, y aplanar todas las montañas, y desterrar todos los odios, y hacer felices a todos los hombres, y lograr que sea un hecho feliz aquel deseo de un rebaño y un pastor.

La cabeza parece que va a rompérseme, como un triquitraque. Y milagro parece que tal no suceda. No caben, en cabeza de hombre (en corazón, sí), tantas cosas grandes. Por eso, ¡quién me diera muchas cabezas y muchos corazones, jóvenes y limpios, para llenarlos de ideas y quereres nobles y exaltados!

Aunque no te lo creas, mocoso: no hace media hora, estaba recosiendo un par de calcetines de uno de mis nietos más brutotes. Lo loco no quita el estar en la tierra |248|.

Esos grandes vuelos apostólicos de la imaginación, mientras recosía con habilidad los calcetines de uno de sus hijos, le llevaban el pensamiento lejos, a los miembros de la Obra que se encontraban desperdigados. El servicio de Isidoro, como secretario y encargado del despacho de la correspondencia que salía del Consulado, era inestimable en tales casos. Él la enviaba a sus respectivos destinatarios. Las cartas destinadas para el "Levante feliz" (Del Abuelo a Perico, vía Paco, para todos sus nietos) iban a Valencia, a nombre de Paco Botella; luego se mandaban a Torrevieja, donde por largo tiempo estuvo Pedro Casciaro; más tarde las leía Rafael Calvo Serer, convaleciente en Alcalalí, pueblo de Alicante; y luego se guardaban, una vez que todos —entre ellos Chiqui, que estaba preso en la capital levantina— se habían enterado bien de lo que les decía el Padre.

A don Josemaría se le fundía el corazón en las cartas. Y, en una ocasión, Juan Jiménez Vargas, considerando la manera forzada con que había de expresarse a causa de la censura, comentaba: «¡Qué ridículo parecerá esto, con el tiempo!» El ridículo no existe |249|, le replicó el Padre. Las confidencias del abuelo eran, para sus nietos, media vida, un tesoro. «Empezamos a hacer la oración con sus cartas», cuenta Paco Botella. Y, una vez meditadas por todos, «las recogía Pedro y se las llevaba para que quedasen guardadas en buen sitio. Y así fue hasta el final de la guerra. En una caja fuerte de un Banco esperaron estas cartas del Padre» |250|.

Gracias a su desprecio del sentido del ridículo, mostraba al desnudo el superlativo cariño que sentía por sus nietos. Tanto que Isidoro, al notificar a los valencianos la inmensa alegría de todos al enterarse que Chiqui ya ha salido de la cárcel, añade de su propia cosecha: «No te puedes dar idea de la preocupación del abuelo; ha estado intranquilísimo, verdaderamente su afecto por los nietos raya en delirio, constituye su mayor obsesión y qué responsabilidad para los peques si no se corresponde en la misma forma» |251|. El abuelo leía y releía la correspondencia; y volvía sobre lo escrito por sus nietos, hasta el punto de que Álvaro le preguntaba en broma si se iba a prender las cartas con un alfiler en la solapa, para tenerlas siempre a la vista |252|.

Chiqui había salido de la cárcel y fue unos días a reponerse a Alcalalí, donde estaba Rafael Calvo Serer. Ambos recibieron carta desde Madrid un mismo día:

Del abuelo a Chiqui, 27-VII-937

Mi muy querido peque: Por el alegrón que me dieron tus líneas, puedes deducir cuánto sentiría que me escribiera Paco y no lo hicieras tú, al darte de alta en el sanatorio. ¡Cosas de viejo!

Mucho he pensado en ti. Te he hecho más compañía de lo que tú piensas. A Don Ángel le importuné de continuo, para que tuviera con mi nieto los cuidados que yo habría tenido. Y más. Supongo que me habrá atendido, y me seguirá atendiendo. ¡Es muy buen amigo mío!

Posiblemente, pronto (va de veras) irá mi hermano Josemaría, con su hijo Jeannot, a nuestro país. Ya haré que te escriba Ignacio, comunicándotelo.

¿Qué tal lo pasaste con Rafa? Es un criote que, por lo que quiere a sus hermanos —siendo tan chico— me ha ganado el corazón |253|.

Y la otra carta a Rafael Calvo Serer:

Del abuelo a Rafa. Salud. 27-VII-937

¡Peque! Ahí van unas letras, para ti sólo.

Tus líneas, aunque se ría Alvarote, me las he leído no sé cuántas veces. Ahora puede suceder que te toque a ti el turno de oír las risas milicianescas de estos criotes, que viven con su abuelo. ¡Más mala gente! Bueno: ya sabes que esto no es verdad: son muy rebuenos mis peques.

El cariño que tienes a tus hermanos —¡ese Chiqui!— me ha llegado al alma. D. Manuel y yo te agradecemos, de veras, todo tu natural buen comportamiento. ¡Menudo abrazo te voy a dar, Rafaelín, cuando te pesque!

Ánimo. Que te pongas bueno, aunque tengas úlcera, hasta derrochar salud. Que, si te es posible, veas al Hijo de Dª María diariamente: es un gran Amigo, ¿no?

Que te acuerdes mucho de la familia (el abuelo no se atreve a decirte que te acuerdes de él), y que adquieras, cada vez más, las características de nuestra sangre.

Todos te abrazan fuertemente, conmigo

Mariano |254|.

* * *

Saltaba a la vista que aquella empresa necesitaba mano de obra. Y los pocos trabajadores que tenía, precisaban de cuidados. Esto lo echó de ver el Fundador desde la inmovilidad de su refugio. Como padre de familia, tenía que velar por los suyos o acudir a doña Dolores, para que atendiera a los que andaban sueltos por Madrid, sin hogar y sin una mano femenina para coserles o arreglarles la ropa. Mamá, acuérdate de que eres la abuela de mis hijos |255|, le decía por escrito.

También era consciente de que la tempestad de la guerra le había barrido gran parte de las primeras mujeres de la Obra: Creo que me falta un nieto —mi Pepe— y no sé cuántas nietas, reflexionaba con dolor |256|. Entre el puñado de mujeres que habían pedido la admisión en el Opus Dei solamente logró localizar a una de ellas, a Hermógenes, encargando a Isidoro que le dijese que, caso de ver ella a las otras, les pidiera oraciones; pero que no les diera su dirección, para evitarles riesgos e intranquilidades |257|. En estas circunstancias excepcionales vino, sin embargo, una nueva vocación femenina, tramitada por correo y con censura de guerra.

Lola Fisac tenía un hermano, llamado Miguel, que siendo residente en Ferraz había pedido la admisión en la Obra. Ahora se hallaba escondido en casa de sus padres, en Daimiel, un pueblo de la Mancha. Don Josemaría le enviaba allí las cartas a través de Lola. Fue Miguel quien tomó la iniciativa de proponer a la hermana su posible vocación a la Obra. Y, luego, fue el Padre quien hizo reconsiderar a Lola esa posibilidad |258|, insistiendo ante el Señor (Don Manuel, Manolo) para que le concediera la vocación a la Obra, como le escribe en la víspera de la fiesta de la Visitación de Nuestra Señora; agradeciéndole, de paso, los envíos de comida que hacía desde Daimiel:

Del abuelo, para Lola, desde ¡Tegucigalpa!, a 1 de julio, vísperas del santo de mi Madre. -1937.—

Muy querida peque: ¡Si vieras cómo agradezco tus reiteradas atenciones! —Nada, nada: es imposible que Manolo no haga por enamorarte, para cumplirme el deseo, cada día más eficaz, de que formes parte de mi familia.

Cree que lo espero. Y perdóname que te hable con tanta franqueza, ¡son los años..., y el cariño que, por todos vosotros, siento! Perdonado, ¿no? |259|.

Pronto accedió el Señor a su deseo, porque dos semanas más tarde le escribía el Fundador: Nada, pequeña: encantado de llamarte nieta |260|.

Y al mes siguiente, una vez que Lola tuvo tiempo de reposar su decisión, le escribió de nuevo:

Para mi nieta Lola

Querida peque: el abuelo, con tus obsequios, se va a dar a la gula. No te digo más. ¡Qué ricos, los "sequillos"! Se chupa los dedos... hasta Jeannot, con sus grandes narizotas doctorales.

Don Manuel... Me callo. Nada más una pregunta: ¿cómo va ese enamoramiento? Y otra: ¿de veras, de veras que le prefieres a todos, y quieres —con querer eficaz— formar parte de la familia de este abuelo?

Perdóname, peque: ¡los viejos somos tan preguntones! Además pienso que ya te habrán dicho que Mariano es amiguísimo de que le hagan confidencias: y, en particular, confidencias de Amor.

Supongo que te pondrás colorada, para contestar. Como no lo voy a ver, ¡qué importa! Además tienes un recurso: Decirme: "abuelo, a su pregunta, le respondo que sí". Francamente, Loli, no me cabe en la cabeza que sea que no. Conque..., ya lo sabes: espero que comiencen tus confidencias.

Cuando hablo con Manolo, le recuerdo a tus papás y a toda tu familia. Esto, a diario. Pero, si te nombro a ti, siempre le digo igual: de ti depende exclusivamente hacer realidad nuestras charlas. ¡Ah!, no me olvides que en mi casa hay mucho trabajo, y trabajo duro: de piedra de sillería: es el comienzo, los cimientos. Sin embargo, también hay algo, que no se encuentra en ninguna parte: la alegría y la paz; en una palabra: la felicidad.

Vaya, acabo, por hoy. Cariñosos abrazos a tus papás, y no te olvides de tu abuelo. — Mariano |261|.

* * *

Al llegar la hora de acostarse, cuando al fin se calmaba el barullo —en esta soledad, de que gozamos, tan excesivamente acompañada |262|, como decía el abuelo—, charlaba éste con Álvaro, tumbado en la colchoneta de al lado, del "negocio familiar". ¿Qué le decía?

Por entre los trazos, amplios y vigorosos, de una carta del abuelo a los de Valencia, corren intercalados, como por un surco, los renglones con letra menuda de Álvaro, hablando del negocio familiar:

«Nos hemos llevado un alegrón enorme con la noticia de Chiqui. ¡Qué ganas de que nos reunamos todos y, todos juntos, durante una temporada, nos desempolvemos bien! Nos vendrá, seguramente, de perillas; y quizá sea —no lo sé— necesario para emprender con bríos nuevos el negocio que el abuelo, con nosotros, tiene entre manos. Por las noches, cuando los demás están aún levantados, el abuelo y yo, tumbados en las colchonetas extendidas, charlamos sobre todas estas cosas de familia.

Verdaderamente que las circunstancias dificultarán el desarrollo del negocio. Todo serán inconvenientes. La cuestión económica, la falta de personal: todo. Sin embargo y a pesar de sus años, el abuelo no se deja llevar nunca del pesimismo. La falta de pesetas le tiene —nos tiene a todos— sin cuidado. Todo está en que se trabaje con mucho ánimo: éste y la mucha fe en el éxito todo lo vencen. Esto dice el pobre viejo. Pero lo que siente mucho —sentimiento compatible con la esperanza que le anima—, es la falta de personal. Contando con todos los de la familia, hay muy pocos, ¡qué no será, por lo tanto, si aún de esos pocos, alguno muere o queda inútil para el negocio! [...] Y desde ahora, para cuando se pueda trabajar, tener la decisión firmísima de estar muy unidos al resto de la familia y, sobre todo, a D. Manuel y al pobre abuelo. ¡Bien se lo merece! Es, además, perfectamente lógico. Sin una adhesión ciega a los que, en cualquier asunto, hacen cabeza, es imposible que se llegue a buen resultado. No os quejaréis; que, estando tan lejos, os enteráis de las conversaciones que, ya en las camas, tenemos el abuelo y yo» |263|.

Trabajos y responsabilidades eran un saludable remedio para el Fundador, que se olvidaba de sí mismo para vivir el dicho evangélico: "non veni ministrari, sed ministrare", que libremente traducía por: no he venido a dar la lata, sino a aguantarlas |264|.

Era responsable de seis bocas con sus correspondientes estómagos |265|. Y, a la larga, tuvo que rendirse a la evidencia del hambre; si no por él, al menos por la gente joven que con él convivía. Venciendo su repugnancia a tratar cuestiones de comida, reconoció por fuerza el imperio del hambre en Madrid. Como pobre vergonzante, tímidamente, mendigaba alimento para los suyos. Tal es el tono de una breve nota a Isidoro: Si os fuera posible, os agradeceré que me traigáis algo de comer: porque hace hambre, en estos días. Si no es posible, no os preocupéis. Paciencia. Ya vamos acostumbrándonos |266|.

Isidoro, que había recibido la nota anterior por medio de los hermanitos de Álvaro, que la habían sacado del Consulado, le contaba al día siguiente: «De comestibles para poder llevar estamos muy mal, pues ni fruta hay en estos días. Cuando se reciban los embutidos que anuncian de Daimiel los enviaremos [...]. El jamón que se acompaña lo ha enviado Pedro. El vino lo dan con cuentagotas» |267|. No os preocupen los comestibles, responde a esta nota. Ya apretaremos el cinturón un punto más. Por cierto: voy engordando. Creedlo |268|.

El vino que le procuraban era muy escaso; y hubo días en que no pudo celebrar misa porque estaba avinagrado. Eso era peor que cualquier hambre: El abuelo, sería feliz, si tuviera vino, escribía a los de Valencia. No soy borracho, pero como a D. Manuel le gusta, yo quería tenerlo [...]. ¡Pobre abuelo, que no tiene vino, para su estómago enfermo! De las mil privaciones, es la que más me cuesta |269|.

De Levante o de Daimiel enviaban, de cuando en cuando, comestibles a los de Madrid. Pero, con el rigor de los ayunos y penitencias, el abuelo se iba quedando en los huesos, aunque conllevaba su flaqueza con buen humor y optimismo, definiendo ante los nietos sus tristes carnes como: este cuarto de kilo de mojama, que es vuestro abuelo |270|. Sin duda, continuó enflaqueciendo porque Isidoro, que le veía con frecuencia, contaba alarmado a los de Valencia: «ha adelgazado una cosa atroz. Él lo toma a risa: es sólo la sombra de lo que era» |271|.

* * *

El 24 de julio de 1937, a los doce meses de haberse incautado los anarquistas de la Residencia de Ferraz (ahora inhabitable, pues tenía un nuevo impacto de proyectil en el tercer piso y otro en el tejado), enviaba Isidoro por escrito al Fundador sus reflexiones sobre el año transcurrido: «Dice Juan, y con razón —admite Isidoro—, que hay que rectificar con hechos las barbaridades que se han cometido en este año pasado. Soy el primero en reconocerlo» |272|. Punto de vista con el que estaba plenamente de acuerdo con ambos el Fundador al comentarles: Es que hemos sido, durante un año, demasiado candorosos |273|. Las experiencias acumuladas con motivo de la evacuación les confirmaron que estaban en manos de Dios, según escribió ese mismo día a Lola Fisac:

¿La marcha de Josemaría? ¡Quién sabe! Como no lo arregle D. Manuel, que es tan influyente, con el cónsul de su país, va para largo. Ya te dije otra vez, que es el cuento de la buena pipa |274|.

También en ello estaba de acuerdo Isidoro, que informaba a Pedro Casciaro sobre este asunto: «unas veces parece que su evacuación se toca con las manos y otras hay que ver las posibilidades con telescopio de gran aumento. Ahora estamos, en una fase telescópica» |275|. En suma, habían sido tantos los intentos fallidos en sus tratos con el mundo diplomático que el abuelo, desengañado, estaba dispuesto a abandonar la Legación de Honduras como fuese. Impaciente por ocuparse del negocio —hacer su apostolado—, incluso se fijó un plazo: A fines de mes —a primeros de agosto— será cosa de salir, sin vacilar |276|.

Por aquellos días estaban ya en marcha unas gestiones con el fin de obtener un pasaporte argentino para don Josemaría, siendo necesaria la presentación de la correspondiente partida de nacimiento. Como Isidoro acababa de recibir dos partidas, pensaron que, convenientemente retocadas y cambiando los nombres, les servirían al Padre y a Juan para solicitar los pasaportes. El sábado 31 de julio salieron éstos con Isidoro a la calle para hacerse las fotos. Y, al día siguiente, encargaron a Carmen que les confeccionase unos brazaletes con los colores nacionales de la República Argentina, igual que el de Isidoro |277|.

También por aquellas fechas consiguió Tomás Alvira, un amigo de José María Albareda, una partida de nacimiento de otro argentino, con la idea de obtener un pasaporte y salir de España como súbdito extranjero; pero, en conversación con Isidoro, decidieron de común acuerdo que mejor sería servirse de esa última partida para proporcionar un pasaporte al Padre. Borraron primero con un líquido los datos personales, pero el papel se arrugó de tal modo, que hubo que pasar por encima una plancha caliente. Luego, con una máquina de escribir del mismo tipo de letra que el de la partida, rellenaron el espacio borrado con los datos de la filiación del Padre y la entregaron en el Consulado. Había que volver, a los tres o cuatro días, a recoger el pasaporte.

Entretanto los líquidos corrosivos habían producido unas acusadoras manchas en el papel; de manera que cuando se presentó allí personalmente el interesado, el Cónsul (o acaso un Secretario de Embajada) le recriminó su acción. Reaccionó prontamente don Josemaría y le replicó: Soy abogado y soy sacerdote. Dadas esas circunstancias, como abogado lo defiendo y justifico, como sacerdote lo bendigo |278|. Le dieron excusas, pero no el pasaporte.

Aceptó el sacerdote sin tragedias esta contradicción, a juzgar por lo que escribe a Isidoro: Estoy muy conforme, encantado, —créelo |279|. Y acto seguido, a los dos días del fracaso de la borradura, daba un encargo muy concreto a los de Madrid: que todos mareen a D. Manuel; y lo mismo a los de Valencia: que deis la lata a D. Manuel, para que, si conviene, le arreglen la salida, como evacuado, a nuestro país |280|.

El terrorismo incontrolado de las milicias revolucionarias, aunque no había desaparecido, había disminuido considerablemente |281|. Santiago vivía ahora con su madre y hermana, y circulaba libremente por Madrid, vestido con un mono y provisto de dos carnets, uno de anarquista de la C.N.T. y otro de una academia del Socorro Internacional. También Isidoro había conseguido de su Embajada un certificado de trabajo, imprescindible para poder justificar su permanencia en Madrid.

Otro asunto de vital repercusión, como era el de los comestibles, estaba en parte resuelto, gracias a la generosidad de los de Levante y de Daimiel. Como decía Isidoro, «casi hay que comer por correspondencia» |282|. Los paquetes postales o los envíos por cosario eran pequeñas cantidades para muchas bocas, pero algo remediaban.

El 20 de agosto, con el paquete de comestibles, le llegó a Isidoro una carta de Daimiel "Para el abuelo". Era una contestación, breve y teñida de rubor, a las preguntas de dos semanas atrás; y decía así, ni más ni menos: «Abuelo a sus preguntas le respondo que sí, le prefiero de veras sin género de duda a todos y me considero muy feliz de formar parte de su familia. No le olvida su nieta. —Lola» |283|.

No podían faltar unas palabras de gratitud por parte del abuelo:

Para Lola

Muy querida peque:

Me alegró de veras tu última carta. Más, desde luego, que el jamón: y eso que el jamón —me lo preguntas y te contesto— es el más rico que hemos comido por estas latitudes. Agradecidísimo. Ahora, te lo cuento en secreto, me toca ponerme colorado a mí: no hay derecho a vivir de gorra, como yo hago. En fin... Don Manuel es buen pagador.

Sin embargo, no quiero abusar: ya has hecho demasiado por este pobre abuelo.

Saluda cariñosamente a los tuyos, y recibe un abrazo de

Mariano

22-VIII-937|284|.

A pesar de las muchas tentativas, continuaba sin resolverse la salida de don Josemaría, que decidió dejar el refugio e irse a vivir con su madre, a la calle Caracas, provisto de un certificado de enfermo extendido por el Dr. Suils |285|. Pero las cosas se embrollaron. Era preciso estar antes en posesión de un carnet sindical y de un certificado de trabajo para que el "comité de casa", que controlaba las idas, venidas y estancias de los residentes, le autorizase a residir allí |286|. El plan de evacuación de Juan, en cambio, marchaba bien enfocado. Pero, al final, también se torció. «Cualquiera se creería —comenta Isidoro— que D. Manuel no desea que se marche, pero a pesar de ello seguimos haciendo gestiones en otros sentidos» |287|.

Esa misma semana —era a finales de agosto— apareció Chiqui en Madrid. Y tuvo suerte, el gran pícaro —escribe el abuelo a sus nietos—, porque le di el estupendo desayuno de Don Manuel |288|. (Recibió de manos de don Josemaría la Sagrada Comunión).

Aquel constante insistir y buscar remedio, tan pronto fallaba una diligencia, tuvo al fin éxito. Don Josemaría daba vueltas en la cabeza sobre el modo de procurarse documentación a prueba de controles policiales y militares, hasta que terminó ocurriéndosele una nueva idea. Y, ¿si el Cónsul le diera un certificado de trabajo como contable del Consulado? |289|.

Tenía sus dudas sobre si accedería a ello D. Pedro Jaime de Matheu; pero consiguió convencerle. En aquel reino del hambre se le nombró nada menos que Intendente y se le proveyó de un documento en el que el Cónsul General de la República de Honduras certificaba lacónicamente: «que José ESCRIBÁ ALBÁS, de 35 años, soltero, está al servicio de esta Cancillería como INTENDENTE» |290|.

Debajo de una foto, en traje oscuro y con corbata, viene la «Firma del interesado y huella digital derecho». (El interesado —José Escriba— dejándose llevar de un arranque espontáneo firma: "Josemaría Escrivá". Cuando se dio cuenta de su error era ya demasiado tarde. Y, por primera y última vez en su vida, se vio obligado a corregir la v de "Escrivá" con una b de aparatosa prestancia. Pero, ¿a qué preocuparse de la firma si todos aquellos papeles —los certificados del doctor Suils y del Cónsul— eran más falsos que Judas?)

Gozoso de no ser ya un indocumentado y poder salir a la calle, escribe a los de Daimiel dispuesto a inaugurar las funciones de su cargo; sin olvidar, por encima de todo, que podría llevarles la Sagrada Eucaristía:

31-VIII-937

Querida nieta: te comunico que mi hermano Josemaría ha sido nombrado "Intendente" del Consulado General de Honduras. Naturalmente, tiene a su cargo el aprovisionamiento del Consulado. Y se le ocurre que, si ahí se le proporcionaran, en cantidad, judías, garbanzos, lentejas, aceite, harina, etc., él —Josemaría— emprendería gustoso el viaje a Daimiel (acompañado por D. Manuel) en un coche oficial del Consulado. Ved, pues, si hay posibilidad de comprar, en ésa, las vituallas que indico: y, si es posible, decidme precios y cantidad de cada cosa que se podría adquirir. Si no es cantidad algo notable, S. E. el Sr. Cónsul no se decidirá a que se haga el viaje.

¡Qué alegría, si Josemaría os ve!

Esperando tu contestación, os abraza

Mariano |291|.

Notas

241. Carta a Pedro Casciaro Ramírez, en EF-370429-1.

242. Carta a sus hijos de Valencia, en EF-370624-1.

243. Carta a sus hijos de Valencia, en EF-370421-1.

244. Carta a sus hijos de Madrid, en EF-370605-1.

245. Carta de Isidoro a Francisco Botella Raduán, 13-VI-1937 (IZL, D-1213, 196).

246. Ignacio es el nombre que se da a Isidoro Zorzano en estas cartas escritas en clave.

247. Carta a sus hijos de Valencia, en EF-370615-1. Pepe Isasa había muerto en Pinto, en el frente de Madrid, el 23 de abril de 1937.

248. Carta a sus hijos de Valencia, en EF-370815-1.

249. Carta a Rafael Calvo Serer, en EF-370515-1.

250. Francisco Botella Raduán, RHF, T-00159/1, pp. 15-16.

251. Carta de Isidoro a Pedro Casciaro Ramírez, 4-VII-1937 (IZL, D-1213, 217).

Era obligado contar con los silencios y vaguedad de estilo impuestos por la mordaza de la censura de correos al hablar de la salud espiritual de sus nietos. Una discreción mal entendida en este campo irritaba al abuelo, que, inquieto por falta de información, alguna vez se quejó a Paco Botella por no contestar concretamente a sus preguntas. Paco —le decía—: ¿no ves que el pobre abuelo, preocupado con sus peques, está en carne viva? (Carta a sus hijos de Valencia, en EF-370725-3).

252. No había demasiada exageración en el dicho, como él mismo confiesa en uno de los párrafos de esa carta: Rafaelín: me he leído tus letras, en dos horas, tres veces. Es verdad que hago igual con las de todos los nietos. Jeannot y Alvarote, que se fijan siempre en estos detalles, me han armado un lío (Carta a sus hijos de Valencia, en EF-370624-1).

253. Carta a José María Hernández Garnica, en EF-370727-4.

254. Carta a Rafael Calvo Serer, en EF-370727-2.

255. Carta a sus hijos de Madrid, en EF-370529-2.

256. Carta a sus hijos de Valencia, en EF-370707-1.

257. Carta a sus hijos de Madrid, en EF-370525-1.

258. La carta a María Dolores (Lola) Fisac es breve: Para Daimiel. — ¡Con qué alegría leí tus líneas, Lola! Sabed que nunca os olvido, como a toda vuestra familia. ¡Ah! Y que me gustaría mucho que llegaras a ser nieta mía. — Vuestro, Mariano. Madrid — 21-Mayo 937 (Carta, en EF-370521-1).

259. Carta a María Dolores Fisac Serna, en EF-370701-1.

260. Carta a María Dolores Fisac Serna, en EF-370714-1.

261. Carta a María Dolores Fisac Serna, en EF-370805-1.

262. Carta a sus hijos de Valencia, en EF-370505-4.

263. En Carta a sus hijos de Valencia, en EF-370707-1. En esta carta del Fundador, como va dicho, se entremezclan, entre líneas, los escritos de Álvaro del Portillo y de Juan Jiménez Vargas para los de Valencia.

264. Carta a sus hijos de Valencia, en EF-370526-1.

265. Carta a sus hijos de Valencia, en EF-370505-1.

266. Carta a Isidoro Zorzano Ledesma, en EF-370629-1.

267. Carta de Isidoro a los refugiados en la legación de Honduras, 30-VI-1937, en IZL, D-1213, 214.

268. Carta a sus hijos de Madrid, en EF-370701-3.

269. Carta a sus hijos de Valencia, en EF-370707-1.

270. Carta a sus hijos de Valencia, en EF-370601-1.

271. Carta de Isidoro a Pedro Casciaro Ramírez, 15-VIII-1937, en IZL, D-1213, 247.

¿Queréis saber cuánto peso? Pues 57 kilos (Carta a sus hijos de Valencia, en EF-370905-1).

272. Carta de Isidoro a los refugiados en la legación de Honduras, 24-VII-1937, en IZL, D-1213, 230.

273. Carta a Isidoro Zorzano Ledesma, en EF-370725-6.

274. Carta a María Dolores Fisac Serna, en EF-370725-2.

275. Carta de Isidoro a Pedro Casciaro Ramírez, 24-VII-1937, en IZL, D-1213, 229.

276. Carta a sus hijos de Madrid, en EF-370725-4.

277. Cfr. Carta a Isidoro Zorzano Ledesma, en EF-370801-3.

278. Cfr. Tomás Alvira Alvira, RHF, T-04373, p. 3. Este modo de proceder hay que encuadrarlo dentro del contexto social del momento, en el que, a causa de la guerra y de los intentos revolucionarios, se había producido una grave quiebra de la convivencia social y de las normas de comportamiento inherentes a la misma.

279. Carta a Isidoro Zorzano Ledesma, en EF-370804-2.

280. Carta a sus hijos de Madrid, en EF-370806-2.

En carta del 12 de agosto notificaba Isidoro a los de Daimiel, que había fracasado la evacuación del abuelo; «no obstante —añade—, como somos todos los de la familia muy testarudos, seguimos insistiendo hasta que se ablande D. Manuel a nuestros ruegos» (Carta de Isidoro a María Dolores Fisac Serna, 12-VIII-1937; en IZL, D-1213, 244).

281. Se había conseguido una cierta reconstrucción del Estado, y había mayores garantías de seguridad, si bien la actitud defensiva frente al quintacolumnismo era muy acusada. La actividad policial era intensa y estaba en manos de los elementos comunistas que se habían hecho con la mayor parte de los resortes de ese sector del poder. Cfr. Javier Cervera Gil, ob. cit., pp. 104-105.

282. Carta de Isidoro a María Dolores Fisac Serna, 26-V-1937 (IZL, D-1213, 171).

283. Carta recibida en Madrid el 20-VIII-1937: RHF, D-15703.

Es la respuesta a la carta del Fundador del 5-VIII-1937, ya citada, en que le sugiere una fórmula de contestación: Decirme: abuelo, a su pregunta, le respondo que sí. Y la otra pregunta que le hacía el abuelo era: ¿Quieres —con querer eficaz— formar parte de la familia de este abuelo? Cfr. Carta a María Dolores Fisac Serna, en EF-370805-1. (Muy nerviosa debía estar Lola cuando en tan breve respuesta escribe: «muy feliz de tomar parte de su familia»; lapsus que damos corregido).

284. Carta a María Dolores Fisac Serna, en EF-370822-1.

285. Cfr. Carta a Isidoro Zorzano Ledesma, en EF-370820-1. Isidoro fue a ver al Dr. Suils, que extendió el siguiente certificado: «Casa de reposo y de salud para cura de enfermos mentales, nerviosos y toxicómanos / Director: Dr. Ángel Suils / Arturo Soria, 492 (Ciudad Lineal) / Teléfono Núm. 51188 / Horas de visita, 3 a 5

Madrid 22 de Agosto de 1937

Certifico que José María Escribá Albás de 35 años de edad viene siendo tratado por mí desde los 29 años de una psicosis endógena, que le afecta por temporadas. Es dado de alta en el día de hoy, del último brote de la enfermedad (periodo) que ha obligado a ser internado en este Sanatorio durante varios meses, dadas las dificultades que había de tratarle en el domicilio con los sucesos actuales. Desde hoy le permitimos ir a vivir con su hermana.

El Director / Dr. A. Suils» (original en RHF, D-15067).

286. Por una parte, D. Álvaro González Valdés, en cuya casa vivía doña Dolores con sus hijos, estaba lleno de dudas y temores; por otra, si se presentaba como enfermo ante el Comité, lo más probable era que le evacuasen a algún pueblo lejos de Madrid, por no tener ocupación u oficio (cfr. Carta de Isidoro a los refugiados en la legación de Honduras, 10-VIII-1937, en IZL, D-1213, 253).

287. Carta de Isidoro a Francisco Botella Raduán, 23-VIII-1937 (IZL, D-1213, 256).

288. Carta a sus hijos de Valencia, en EF-370825-1.

289. Cfr. Carta a Isidoro Zorzano Ledesma, en EF-370828-1.

290. El documento decía: «Consulado General de Honduras / Teléfono 45097 / Paseo de la Castellana, 51 dupdo. / Madrid

EL CONSULADO GENERAL DE LA REPÚBLICA DE HONDURAS, AMÉRICA CENTRAL, con residencia oficial en esta ciudad:

CERTIFICA: que José ESCRIBÁ ALBÁS, de 35 años, soltero, está al servicio de esta Cancillería como INTENDENTE, y rogamos a las AUTORIDADES Civiles de prestarle todo apoyo y protección, por reciprocidad, así facilidades en la circulación para el desempeño de sus funciones.—

Madrid a Iº de Agosto. 1937.

El Cónsul General / F. Matheu» (en RHF, D-15070).

291. Carta a María Dolores Fisac Serna, en EF-370831-1.

 
gayrawclub