Los frutos del odio

Índice. Biografía de San Josemaría. Tomo II. Andrés Vázquez de Prada

Los factores que rigen la vida española de 1936 a 1939, años de guerra civil, son de carácter tan trágico que, para interpretar debidamente los sucesos de ese periodo, se requiere una mínima y previa comprensión del entramado político en que se desarrollan. Dentro de ese marco circunstancial resalta, con grandiosidad heroica, y a la vez humilde, la figura del Fundador del Opus Dei. Sin embargo, un enfoque desviado de la realidad histórica haría ininteligible el alcance y razón de su conducta. Más aún si se tiene en cuenta que un factor clave de la tragedia española fue de índole religiosa. Guerras civiles no han faltado en España, pero un aspecto peculiar de la de 1936 es que se desencadenó en el país una de las persecuciones religiosas más enconadas y sangrientas registradas en veinte siglos de Cristianismo. En el breve espacio de meses corrió la sangre mártir de una docena de Obispos y más de seis millares de sacerdotes y religiosos. Ese simple dato —impresionante, desnudo y objetivo— ilumina tétricamente la escena. Y es muy improbable que el lector pueda captar con rectitud, y en todo su significado, la conducta del Fundador si prescinde de estos sucesos. Por otra parte, también le resultará un tanto incomprensible el comportamiento del sacerdote si no penetra anticipadamente en la raíz cristiana de las motivaciones que le llevaron a perdonar de todo corazón a los culpables, desagraviar al Señor por los crímenes cometidos y aprender, para el futuro, la lección de la historia.

En julio de 1936 existía por todo el país, sin excepción de campos ni ciudades, una enorme tensión, hecha de reivindicaciones sociales, del quebranto de la economía nacional, del desprestigio de la acción de gobierno y de frustrados sentimientos regionalistas. Todo ello en medio de huelgas continuas, hambre, desórdenes, y agitadores revolucionarios que azuzaban a las masas y favorecían de rechazo las posturas contrarrevolucionarias partidarias de medidas de fuerza. El régimen, al borde del colapso, se tambaleaba al choque de los extremismos, mientras una conjura militar preparaba un golpe de Estado para restablecer los fundamentos de la perdida autoridad de la República. ¿Cómo fue posible llegar a tal extremo? |2|

No es preciso remontarse a las centurias pasadas, a las guerras civiles del siglo XIX, al retraso histórico en establecer los principios democráticos en las instituciones políticas |3|, o achacar la gravedad del conflicto al carácter belicoso del español. Cuando cayó la Monarquía y se estableció la República en 1931, media España saludó su advenimiento con regocijo y esperanza. Se inauguraba una nueva etapa, que podía haber rectificado errores e implantado un régimen democrático, justo y representativo. Pero, desde que se constituyó un Gobierno provisional hasta que se hubo elaborado la nueva Constitución, los gobernantes y los diputados de las Cortes Constituyentes imprimieron al nuevo régimen un estilo frecuentemente radical, difícilmente aceptable para buena parte de los españoles |4|.

La historia de la segunda República española, entre el periodo que va de su instauración en 1931 hasta el comienzo de la guerra civil en 1936, es sumamente agitada. Fácilmente pueden distinguirse varias etapas: un primer periodo constituyente, al que sigue un bienio de reformas radicales en lo referente a la Iglesia, el Ejército, la educación y las cuestiones regional, agraria y laboral |5|. El descontento generado por la actuación de los gobiernos cuajó en un minoritario y mal organizado pronunciamiento militar de signo monárquico, que fracasó en Sevilla en el verano de 1932. No fue ni el primero ni el único intento de cambiar el curso de los acontecimientos por la fuerza. La vida política española, teñida ya de radicalismo, se hacía cada vez más violenta. Vienen luego las elecciones generales, en noviembre de 1933, y la Cámara cambia de color político. La anterior mayoría, dominada por socialistas y republicanos de izquierda, es sustituida por otra, formada por la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) y los partidos radical, liberal-demócrata y agrario |6|. Los representantes de la CEDA, el partido más numeroso de la nueva mayoría, aceptando el postulado de la indiferencia de la forma de gobierno —Monarquía o República— se proclamaban conservadores y defensores de los ideales católicos. El nuevo bienio —1934-1935— se caracteriza por una política que trata de modificar los extremismos del período precedente. Esta nueva etapa también se pretendió truncar mediante una acción de fuerza, esta vez más intensa, mejor preparada y de mayor alcance que la de 1932: fue el intento revolucionario izquierdista de 1934, que fracasó en Madrid y Cataluña y triunfó en Asturias, donde se vivió una sangrienta revolución |7|, que hizo necesario acudir al ejército para dominarla y restaurar el orden constitucional |8|.

A partir de la revolución de octubre de 1934, se aceleró el desgarramiento de toda la nación. Sectores de derechas e izquierdas se inclinaron hacia los extremismos políticos, sin posible componenda. De manera que, al faltar el entendimiento entre los moderados de uno y otro bando, no se pudo contener la marcha decidida hacia un enfrentamiento, fuera de los cauces democráticos.

En febrero de 1936, las fuerzas políticas de derechas e izquierdas (estas últimas unidas bajo el programa del Frente Popular) acudieron a las urnas de las elecciones generales, buscando muchos de los integrantes de uno y otro bando, más que el poder democrático, la potencia política para aplastar definitivamente al enemigo. Las fuerzas de izquierda ganaron ajustadamente unas elecciones que por desgracia tampoco sirvieron para pacificar los ánimos. Al contrario, con una izquierda cada vez más dividida, el enconamiento entre los antagonistas políticos continuó su escalada hasta precipitar al país, sin que se encontrara remedio, por la vía del desorden. La convivencia estaba rota |9|.

El odio entre los adversarios no era puramente político. Cabe rastrear sus raíces en un tormentoso proceso, que corre a lo largo del siglo XIX y contrapone el tradicionalismo conservador al liberalismo progresista. A ello habría que añadir la resistencia de muchos capitalistas y propietarios a resolver urgentes problemas de justicia laboral, agudizando viejas tensiones sociales, mientras la propaganda demagógica incitaba a la lucha armada del proletariado. El fermento del odio se infiltró en el alma de los ciudadanos, anegándola de rencor y violencia. Otras causas próximas del conflicto fueron los errores cometidos por los gobiernos republicanos. Por ejemplo, las reformas de Azaña, que afectaron principalmente al Ejército y a la Iglesia. El primero de estos estamentos fue humillado innecesariamente, alejando a muchos militares de la causa republicana, poniéndoles ante la tentación conspiratoria y golpista. En cuanto a la Iglesia, las medidas profundamente laicistas respondían a una ideología sectaria, sin tener en cuenta que la mayoría de la población la formaban católicos practicantes |10|. Otros errores, como algún caso de soborno y de cohecho entre algunos gobernantes del segundo bienio, miembros del Partido Radical, la falta de sensibilidad social o de sentido de la oportunidad en otros, el radicalismo generalizado en la política europea de esos años y la crisis de las democracias, contribuyeron a desprestigiar todavía más el régimen y a confirmar a los violentos en su recurso a una solución radical y traumática |11|.

Finalmente, no faltó el detonador, un grave suceso que precipitó la decisión de algunos que dudaban |12|, y el entendimiento entre los Carlistas y el General Mola, Director de la insurrección: el asesinato de José Calvo Sotelo, uno de los líderes monárquicos de la oposición parlamentaria, el 13 de julio de 1936. Lo llevaron a cabo fuerzas de Orden Público, en represalia por el también reciente asesinato del teniente de la Guardia de Asalto José Castillo. A los pocos días se produjo el estallido de las sublevaciones |13|.

Las primeras fuerzas que se sublevaron fueron las guarniciones militares de las plazas africanas |14|, a última hora del 17 de julio. Al gobierno no le cogió de sorpresa la conjura militar, pero creyó poder dominar la rebelión ya que los puestos clave del Ejército estaban en manos de generales afectos al ejecutivo. A las veinticuatro horas la situación era bastante confusa, pues algunas guarniciones se iban sumando a los rebeldes, mientras los partidos de izquierda y las organizaciones sindicales obreras exigían del gobierno que se armara a las milicias del pueblo |15|. En la noche crítica del 18 al 19 de julio el Presidente de la República buscó una solución transitoria a la nueva situación. El gobierno de Casares Quiroga fue sustituido por el de Martínez Barrio, con ministros más moderados, con el fin de atraerse a los generales de esa misma tendencia. Enseguida, ese nuevo gobierno sufrió, lo mismo que el anterior, la presión de los partidos y sindicales obreras para armar a las milicias socialistas y comunistas |16|. Las autoridades se resistieron a dar armas a los afiliados a los sindicatos, aunque ya en la madrugada del 19 de julio, miles de obreros circulaban por Madrid armados con los fusiles que les habían entregado horas antes en algunos cuarteles. Pero en el Cuartel de la Montaña, a pesar de las órdenes contradictorias recibidas, se negaron terminantemente a entregar las armas del depósito a las milicias revolucionarias.

* * *

El domingo, 19 de julio, estaba el Padre con los suyos trabajando en la nueva Residencia de Ferraz 16. Desde sus balcones podían observar un creciente ir y venir de guardias y curiosos por delante de la casa. Esa parte de la calle de Ferraz no tenía edificios enfrente, sino un ensanche con vistas a la explanada del Cuartel de la Montaña, que estaba a doscientos pasos de la Residencia |17|. A últimas horas de la tarde llegaba hasta allí la bulla de las milicias populares que, puño en alto, recorrían, con armas y banderas, el centro de la capital. Hacia las diez de la noche el Padre envió a casa a quienes vivían con sus familias en Madrid, encargándoles que le telefoneasen al llegar, para su tranquilidad |18|. Isidoro Zorzano y José María González Barredo se quedaron con él aquella noche |19|.

Entretanto, el cuartel permanecía cerrado tras sus altos muros, en amenazador silencio. Por la noche se oyeron a deshoras tiroteos intermitentes. Y, apenas amaneció, comenzó a notarse cierta actividad por los alrededores. Se hacían los preparativos para la toma del cuartel, que fueron precedidos de fuerte cañoneo. Los sitiados respondían a su vez con fusiles y ametralladoras |20|. Las balas perdidas rebotaban contra la fachada de la residencia y astillaban los balcones, obligando al Padre y a los suyos a refugiarse en el sótano de la casa. A media mañana se produjo el asalto. El patio del cuartel quedó sembrado de cadáveres. Las masas de milicianos que irrumpieron en el cuartel salían armadas con fusiles, vociferando y exaltadas.

El Padre, que de meses atrás venía oyendo hablar de asesinatos de curas y monjas, y de incendios y asaltos y horrores |21|, vio llegado el momento en que llevar sotana era tentar a la divina Providencia. Más que imprudente, resultaba temerario. Dejó, pues, la sotana en su cuarto y se puso un mono azul de trabajo, que utilizaban esos días al hacer arreglos |22|. Era pasado el mediodía cuando el Padre, Isidoro y José María González Barredo rezaron a la Santísima Virgen, se encomendaron a los Ángeles Custodios y, separadamente, salieron por la puerta de atrás. Con las prisas olvidó el sacerdote cubrirse la cabeza, cuya amplia tonsura delataba de lejos su condición clerical. Atravesó así entre grupos de milicianos que, excitados por el reciente combate, no le prestaron la menor atención.

Llegó a casa de su madre, que vivía no lejos de la Residencia. Habló por teléfono con Juan Jiménez Vargas y se cercioró de que todos sus hijos se encontraban sanos y salvos. Al sacerdote, por vez primera sin breviario, porque lo había dejado en la Residencia, le sobraba tiempo. Encendió la radio. Continuaban dando noticias, confusas y alarmantes, y la noche se presentaba larga y calurosa. Rezó rosario tras rosario. El piso estaba en lo alto de una casa de la calle Doctor Cárceles, al extremo opuesto de su cruce con la de Ferraz. Por tejados y terrazas se oían los pasos precipitados de los milicianos persiguiendo a los francotiradores, que disparaban desde las azoteas.

Don Josemaría pensó en comenzar un diario; con concisión telegráfica, porque no estaba para historias. El lunes, 20 de julio, hizo la primera anotación de aquella jornada:

Lunes, 20 —Preocupación por todos, especialmente por Ricardo. —Rezamos a la Santísima Virgen y a los Custodios. —Cerca de la una, hago la señal de la Cruz y salgo el primero. —Llego a casa de mi madre. —Hablo por teléfono con Juan. —Noticias radio. —Todos llegaron bien. —Mala noche, calor. —Tres partes del Rosario. —Sin breviario. —Las milicias en la azotea |23|.

En sumarias pinceladas nos revela las impresiones de su alma ante los acontecimientos y la preocupación por la suerte de sus hijos, en especial por Ricardo Fernández Vallespín, a quien los sucesos le cogieron en Valencia. Ese 20 de julio, lunes, don Josemaría había dicho misa en la Residencia, sin sospechar que no volvería a celebrarla por largo tiempo. Por la cadencia de las notas de ese breve diario, que no pasó del sábado, 25 de julio, sabemos dónde tenía su pensamiento y su corazón: Martes, 21. —Sin Misa; Miércoles, 22 —Sin celebrar; Jueves 23 —Comuniones espirituales. ¡Sin Misa!; Viernes, 24 —¡Sin Misa!

El jueves encontró un misal en la casa y empezó a decir a diario, por devoción, misas secas. (Reproduciendo las ceremonias de la Santa Misa, seguía atenta y devotamente todas las oraciones litúrgicas, salvo la Consagración, por carecer de pan y vino para consagrar; y, cuando llegaba a la Comunión, hacía una comunión espiritual) |24|.

Aquella semana fue inquietante. Toda España vivía horas de trágica incertidumbre. No resultaba fácil reconstruir la situación del país. Ninguna información, de la prensa o de la radio, era de fiar. Don Josemaría llamó por teléfono a la funeraria que había enfrente de Santa Isabel. Así se enteró el martes de que habían quemado la iglesia. Con la noticia le vino de golpe a la memoria lo sucedido cuatro o cinco años atrás, cómo al salir un día de Santa Isabel se posesionó de su mente la sugerencia divina de que aquella iglesia sería quemada |25|. Tristemente, el convento de Santa Isabel no era la excepción; otras iglesias ardían ya por Madrid y el resto habían sido incautadas, según noticias que trajo de la calle Juan Jiménez Vargas. En apunte correspondiente al miércoles, 22 de julio, se lee: Dicen que cogen presos a los sacerdotes.

Sin mucho esfuerzo, y teniendo ante la vista el recuerdo reciente de las escenas del Cuartel de la Montaña, don Josemaría revivía mentalmente los peligros a que estaban expuestos los ministros del Señor. Esa misma semana, como si hubiesen tocado a rebato, empezó la caza implacable de sacerdotes y religiosos, para arrojarlos a la cárcel o llevarlos al martirio. Quedaron desiertos conventos y casas parroquiales |26|. No existía más salvación que el escondite. En los pisos debajo del de doña Dolores había refugiados una monja y un agustino |27|. Don Josemaría redobló la oración y la expiación, como compendia en una línea de su diario: Oración: Señor, Santísima Virgen, San José, Custodios, Santiago.

Buscando por el piso encontró un Eucologio Romano, con el que pudo rezar el oficio de difuntos. Empezaron, todos en familia, una novena a la Virgen del Pilar. Y, en vista de que hacía un calor horroroso, don Josemaría emprendió la lucha ascética con la sed: No beber agua por todos, especialmente por los nuestros, anotó el miércoles. A lo que no se resignaba el Padre era a pasar sin noticias de sus hijos. Hizo, pues, que Juan enviase unas tarjetas a Valencia, para tranquilizar a Ricardo Fernández Vallespín y a Rafael Calvo Serer, y saber de ellos.

Quería don Josemaría irse a vivir de nuevo a Ferraz, pero Juan, que venía andando todos los días desde su casa a la de doña Dolores, le hizo ver el peligro a que se exponía al tener que atravesar los muchos controles de los revolucionarios. El caso es que tampoco podía trabajar, porque los papeles y documentos de la Obra los tenía guardados en un baúl, allí, en el piso de Doctor Cárceles; pero estaban bajo llave, y ésta la había dejado en la Residencia de Ferraz. El jueves, Juan e Isidoro se encargaron de ir a la Residencia y trajeron al Padre las llaves, una cartera y la cédula personal, que era el único documento de identidad que tenía |28|. El sacerdote estaba preparado para enfrentarse con lo imprevisible, si es que llegaba la hora de tener que abandonar precipitadamente el piso de su madre; y se dejaba crecer el bigote para no ser reconocido.

Llegó el sábado, 25 de julio, última fecha de las anotaciones del diario. Ni el gobierno republicano ni los rebeldes sabían aún de qué lado iba a inclinarse la balanza. La suerte estaba indecisa. Metidos en una inextricable refriega, con la geografía del país caprichosamente partida y repartida entre fuerzas enemigas, la nación se debatía en los umbrales de una guerra civil. También los ánimos de todo español se hallaban conflictiva y sentimentalmente escindidos.

Radio Madrid era una incesante granizada de noticias servidas al público por el gobierno, anunciando el fracaso del alzamiento militar, la rendición de los rebeldes, el bombardeo y destrucción de quienes resistían a las victoriosas fuerzas republicanas. Para apartar la mente de su madre de catástrofes y desastres, don Josemaría procuraba entretenerla jugando al tresillo o haciendo que escuchara Radio Sevilla |29|. La charla del general Queipo de Llano, que propalaba la entrada inminente en Madrid de las fuerzas rebeldes que marchaban para liberar la capital, era, aunque engañosa, una gota de optimismo |30|. Por esas fechas no se pensaba todavía en una guerra civil sino en un golpe de estado militar y en la represión de los brotes revolucionarios.

En la mañana del sábado, 25 de julio, acababa de entrar Juan en el vestíbulo de la Residencia de Ferraz en busca de unos papeles cuando irrumpió en el piso una patrulla de anarquistas, entre los que se contaban el chófer y el cocinero del anterior dueño de la casa, el conde del Real. Probablemente ignoraban los milicianos quiénes eran los nuevos inquilinos. Inspeccionaron el piso. En el cuarto que había ocupado el Padre descubrieron una sotana, un sombrero y otros objetos, como unos cilicios y unas disciplinas ensangrentadas, que anunciaban a gritos que allí vivía un cura. A las preguntas de los que efectuaban el registro, Juan contestaba como podía, con vaguedades, para salir del paso, dando a entender que aquello era de unos estudiantes de Medicina (los milicianos habían visto ya unas calaveras y unos esqueletos en la sala de estudio), que el dueño era un extranjero y que el capellán no solía ir por allí |31|.

Sin más averiguaciones, declararon incautado el edificio en nombre de la C.N.T. (Confederación Nacional del Trabajo, un sindicato anarquista) y se fueron al domicilio de Juan a continuar el registro, que había de resultar aún más peligroso que el de la Academia, porque en su dormitorio tenía Juan en un baúl un fichero con las direcciones de los estudiantes que iban por la Residencia, aparte de otros documentos cuya posesión equivalía a sentencia de muerte |32|. El registro del cuarto fue minucioso, pero, inexplicablemente, los milicianos no tropezaron con el baúl, que al abrir el armario quedaba oculto tras las puertas. De todos modos, al terminar, invitaron a Juan a que les acompañase. Aquello, en la jerga del terror, significaba que le iban a "dar el paseo" o, en otras palabras, que lo llevaban a fusilar. Cosa que estaba a la orden del día y dentro de las atribuciones de las patrullas. Intervino entonces dramáticamente la madre y, sin saberse por qué, el jefe de los anarquistas, pistola en mano, cambió repentinamente de parecer, mientras explicaba: — «Nosotros no matamos a nadie. Los que matan son los socialistas. Llevamos esto —decía señalando la pistola— sólo por profilaxis... ¡Que se quede!» |33|.

Esa misma tarde comentaban entre sí Juan y Álvaro del Portillo los sucesos de los últimos días, preguntándose cómo iría a terminar todo eso. «Si triunfa la revolución comunista —se decían—, aquí no se podrá seguir y tendremos que planear una Residencia en el extranjero» |34|. Ambos tenían muy presente el compromiso de seguir haciendo la Obra si faltase el Fundador. Uno y otro se reafirmaban en aquella sabida consideración: La Obra de Dios viene a cumplir la Voluntad de Dios. Por tanto, tened una profunda convicción de que el cielo está empeñado en que se realice |35|. Basados en tan sencilla lógica, mantenían la firme y esperanzada convicción de que al Padre no le pasaría nada |36|. De hecho, todos los miembros de la Obra durante los años de persecución religiosa escaparon repetidas veces de modo milagroso —o, si se quiere, de manera inverosímil e inexplicable— de entre las manos de sus perseguidores.

Don Josemaría, además de las gracias fundacionales, poseía una cualidad humana que le venía facilitando desde tiempo atrás el enfrentamiento con una situación histórica adversa, desempeñando con audacia y naturalidad las actividades apostólicas propias de su misión. El Señor, indudablemente, había dotado a aquel joven sacerdote de una paz interior y hasta de una valentía física inconcebible, dadas las circunstancias en que desempeñó su ministerio. Por lo que tiene de excepcional, y como para confirmar aquella dádiva, narra en sus catalinas una de las poquísimas ocasiones en que no pudo dominar el miedo. Era, como dice, un miedo fisiológico, pueril, a estar de noche a oscuras en la iglesia. Esto ocurría en 1930, en el Patronato de Enfermos. Un miedo tonto, pero que no podía remediar, y que le impedía acercarse al Sagrario. Hasta que una noche —escribe—, al volver de la Academia tuve una moción interior: "ve, sin miedo": "ya no tendrás miedo". No es que oyera esas palabras: las sentí, ésas o muy parecidas; desde luego ese concepto. Fui a la iglesia oscura. Sola la luz del Sagrario. Hasta el Sagrario. Apoyada la frente en el Altar. No he vuelto a sentir más miedo |37|.

Libre desde entonces de las raíces del miedo, pasión que llega a torcer los juicios y la voluntad, don Josemaría pudo entregarse de lleno a sus actividades, no sin estar expuesto a burlas, injurias y pedradas. La figura de aquel sacerdote arrebujado en su manteo era muy conocida en algunos suburbios y despoblados de las afueras de Madrid, a donde iba a visitar enfermos o dar la catequesis. Y, de todas formas, don Josemaría necesitaba una buena dosis de audacia y valentía para continuar ejerciendo sus funciones ministeriales como si no hubiese cambiado el ambiente de la calle.

Aun hallándose libre de ese tipo de miedo que paraliza la acción, en los meses que siguieron a la instauración de la República hubo de superar también el odio con el que se daba de cara en todas partes. ¡Dios mío! —se preguntaba—, ¿por qué ese odio a los tuyos? |38|. La mirada serena del sacerdote, que había hecho el propósito de apedrear con avemarías a quienes proferían groserías e indecencias contra él —devolviendo amor por odio—, purificaba sus sentimientos. Antes se indignaba. Ahora, al oír esas palabras innobles, se me estremecen las entrañas |39|, se lee en una catalina de septiembre de 1931.

Ese mismo año, pocas semanas más adelante, confirmó un propósito sacerdotal que mantuvo vigente hasta el final de sus días: yo sólo debo hablar de Dios |40|. Pero, metido como estaba en un programa divino, que tenía que desarrollar en medio del mundo, don Josemaría sufría en silencio los encontronazos callejeros de cada jornada. Inmerso en la realidad social, por encima y al margen de ideologías políticas, el Fundador cumplió su misión de 1931 a 1936 envuelto en una atmósfera de tormenta y de odio creciente. Le había tocado vivir una sucesión de situaciones dramáticas que parecían llegar ahora al paroxismo de la sinrazón. Era como si el país entero, con el estallido de aquel polvorín de aversiones en que se había convertido, se sumiera sin remedio en un abismo de maldad. Para colmo de desgracia, sus ansias de apóstol estaban rodeadas de compatriotas que, por diversas razones o atizados por la propaganda, pensaban que la solución de los problemas pasaba por destruir antes la Iglesia de Cristo.

La Obra de Dios —había escrito el Fundador— no la ha imaginado un hombre, para resolver la situación lamentable de la Iglesia en España desde 1931 |41|. Reservó, pues, sus energías para cumplir fielmente ese otro designio, más grande, universal y para siempre, del que se había hecho cargo el 2 de octubre de 1928.

Notas

1. «El terror en España se parecía al de la guerra civil rusa en cuanto, en ambos casos, el clero fue una de las víctimas principales de la violencia. La persecución de la Iglesia católica fue la mayor jamás vista en la Europa occidental, incluso en los momentos más duros de la Revolución francesa. El número de eclesiásticos asesinados –unos 7000– era proporcionalmente igual al de las matanzas comunistas en Rusia, teniendo en cuenta las diferencias de población, aunque parece que en Rusia fueron más comunes las torturas». Stanley G. Payne, El catolicismo español, Barcelona 1984, p. 214. Cfr. Fernando de Meer Lecha-Marzo, Algunos aspectos de la cuestión religiosa en la Guerra Civil (1936-1939), en «Anales de Historia Contemporánea», nº 7 (1988-1989), pp. 111-125.

2. Para una sintética visión de conjunto, cfr. Carlos Seco Serrano, De la democracia republicana a la guerra civil, en «Historia General de España y América. Tomo XVII: La Segunda República y la guerra», Madrid 1988, pp. XIII-LX; y Stanley G. Payne, «La quiebra de la Segunda República», en Miguel Alonso Baquer (dir.), La Guerra Civil Española (Sesenta años después), Madrid 1999, pp. 17-32.

3. Ciertamente la Constitución de 1876 y la Ley Electoral de 1890 establecían principios democráticos en las instituciones. Ahora bien, otra cuestión es que esos principios tuvieran una efectividad real en un país que, en 1900, tenía una tasa de analfabetismo superior al 60%.

4. Se trata de una etapa todavía hoy polémica para los historiadores: «La historia política de la Segunda República española es una de las más controvertidas y mitificadas de la Europa del siglo XX. La República empezó pacíficamente con una aceptación relativamente amplia, aunque naturalmente había actitudes muy distintas entre los diversos elementos de la sociedad española. En dos años introdujo una serie de reformas —algunas de prudencia o efectividad discutibles— y produjo las movilizaciones políticas más importantes que España había conocido hasta entonces. Al cabo de tres años presentaba el caso más notable de decadencia y polarización política en la Europa del siglo XX, desintegrándose en una masiva guerra civil revolucionaria/contrarrevolucionaria.

»Incluso los historiadores no están de acuerdo en cómo ocurrió esto. Ya no se admite la propaganda, ampliamente aceptada en el extranjero durante la Guerra Civil y la II Guerra Mundial, que lo atribuía a una conspiración derechista contra la democracia, pero no existe ningún consenso claro y simple. La experiencia republicana puede verse como el conflicto y colapso de las fuerzas parlamentarias, el fracaso de un intento de reforma, o como un proceso revolucionario, y el caldo de cultivo de una conspiración derechista. De hecho, fue todas estas cosas, y algunas más». Stanley G. Payne, El régimen de Franco. 1936-1975, Madrid 1987, pp. 47-48.

5. Cfr. Stanley G. Payne, «Antecedentes y crisis de la democracia», en Stanley G. Payne y Javier Tusell (dir.), La Guerra Civil. Una nueva visión del conflicto que dividió España, Madrid 1996, pp. 26-27.

6. Sobre un total de 472 diputados, la CEDA obtuvo 115 diputados, seguida de los Radicales de Lerroux, con 102. El conjunto de pequeños partidos de derechas (Agrarios, Tradicionalistas, Partido Nacionalista Vasco, Partido Nacionalista Español, Lliga Catalana, etc.) sumó 124 escaños. Los pequeños partidos de la derecha republicana (Conservador, Liberal-Demócrata y Progresista) obtuvieron un total de 30 diputados; el bloque de la izquierda, compuesto por diversos partidos de corte burgués (Acción republicana, Esquerra Republicana, Federales y ORGA) y revolucionarios (PSOE, Radical-Socialista, Comunista y Unió Socialista de Catalunya), sumó un total de 101 diputados.

7. En Gonzalo Redondo, Historia de la Iglesia en España. 1931-1939. Tomo I. La Segunda República (1931-1936), Madrid 1993, p. 412, se da el siguiente balance de la revolución, en víctimas y daños: «—Muertos: Guardia Civil, 100; Ejército, 98; Fuerza pública y Carabineros, 86; religiosos y sacerdotes, 34; paisanos, 1051. —Heridos: Ejército y Fuerza pública, 900; paisanos, 2051. —Edificios incendiados, volados o deteriorados: edificios públicos (cuarteles, ayuntamientos, etc.) 63; iglesias, 58; centros de cultura, 5; fábricas, 26; edificios particulares, 730. Además, 58 puentes, 31 carreteras y 66 ferrocarriles cortados».

8. Lo más grave políticamente era el avance de la orientación decididamente revolucionaria de un sector de los socialistas, decidido a "bolchevizar" el partido, frente al ala moderada del mismo. Cfr. Burnet Bolloten, La Guerra Civil española: Revolución y contrarrevolución, Madrid 1989, pp. 73-89.

9. Cfr. Stanley G. Payne, «Antecedentes…», ob. cit., pp. 35-40 y 61-94.

10. Puede dar una idea de la complejidad de motivos que condujeron a la guerra, la lectura del «Informe acerca del levantamiento cívico-militar de España en Julio de 1936», del 13-VIII-1936, enviado por el Cardenal Gomá a Roma, en María Luisa Rodríguez Aisa, El Cardenal Gomá y la Guerra de España. Aspectos de la gestión pública del Primado. 1936-1939, Madrid 1981, pp. 371-378. Cfr. Fernando de Meer Lecha-Marzo, ob. cit., pp. 111-113. Cfr., también, Stanley G. Payne, La revolución española, Madrid 1972.

11. Cfr. Michael Alpert, El ejército republicano en la guerra civil, Madrid 1989, p. 16; cfr., también el testimonio de Churchill, en Charles A. Willoughby, Bailén y la cabeza de puente española: 1808-1948, Madrid 1952, pp. 59-60.

12. Entre los que se encontraba el General Franco.

13. Cfr. Burnet Bolloten, ob. cit., pp. 95-97. Cfr. también, el recuerdo personal de un testigo cualificado de estos acontecimientos: Julián Marías, Una vida presente. Memorias 1 (1914-1951), Madrid 1988, capítulo XII, «La guerra civil», pp. 187-192.

Unas palabras del líder socialista Indalecio Prieto, escritas al día siguiente del asesinato de Calvo Sotelo, muestran a qué tensión social se había llegado: «Si la reacción sueña con un golpe de Estado incruento, como el de 1923, se equivoca de medio a medio. Si supone que encontrará al régimen indefenso se engaña. Para vencer habrá que saltar por encima del valladar humano que le opondrán las masas proletarias. Será, lo tengo dicho muchas veces, una batalla a muerte porque cada uno de los bandos sabe que el adversario, si triunfa, no le dará cuartel. Aun habiendo de ocurrir así, sería preferible un combate decisivo a esta continua sangría» (Indalecio Prieto, en El Liberal, del 14-VII-1936).

Hay que señalar que el día 12 de julio el General Mola estableció la fecha del futuro alzamiento militar: «A partir de las 0 horas del día 17» (cfr. F. B. Maíz, Mola, aquel hombre, Barcelona 1970, p. 264). Cfr. también Antonio González-Betes, Franco y el Dragon Rapide, Madrid 1987: en las pp. 107 y siguientes se puede leer cómo este avión, que trasladó al General Franco a Marruecos, al comenzar la insurrección, inició su camino hacia España el 11 de julio.

El motivo aducido por los militares para sublevarse era la situación crítica por la que atravesaba España: cfr. la «Alocución del General Franco radiada desde Tenerife»; el «Bando declarando el Estado de Guerra en Sevilla», dictado por el General Queipo de Llano, o el «Manifiesto del General Mola», los tres del 18-VII-1936.

14. España, junto a Francia, ejercía entonces un protectorado en territorios del actual Marruecos.

15. Las milicias eran formaciones paramilitares, parcialmente armadas, encuadradas en distintos partidos. El término "milicias populares" surgió con motivo de la reclamación de entregar armas "al pueblo", en realidad a los militantes de partidos y sindicatos revolucionarios decididos a hacerse con el control de la situación. Esta petición se unió al abandono del servicio de armas por parte de muchos soldados —especialmente en Madrid, Barcelona, Cartagena, Valencia y otras ciudades— con motivo de un decreto que les eximía de cumplir su juramento de obediencia a sus oficiales, dado por el Presidente de la República poco después de la sublevación. En el mismo momento en que el ejército se deshacía, nacía la figura del miliciano o la miliciana popular, gentes armadas, agrupadas por afinidades políticas, que constituyeron un serio problema para los gobiernos, hasta que consiguieron —y no siempre se pudo o se quiso— encuadrarlos dentro de la disciplina militar. En Madrid ese objetivo no se logró de forma apreciable hasta mayo de 1937, y fueron los milicianos, fuera de todo control gubernativo, quienes impusieron su ley en la calle al menos en los primeros meses del conflicto. Cfr. Burnet Bolloten, ob. cit., pp. 411-423; y para el caso de Madrid, Javier Cervera Gil, Madrid en guerra. La ciudad clandestina, 1936-1939, Madrid 1998, pp. 109-110.

16. El gabinete de Martínez Barrio no duró 24 horas: ni siquiera fue publicado en la Gaceta. Le sucedió otro, con José Giral como primer ministro, el día 20. Uno de los problemas más graves que estuvieron en la raíz de estos relevos relámpago fue el de la entrega de armas, que Casares y Martínez Barrio intentaron impedir sin conseguirlo. Eran conscientes de que, de no lograrlo, su gobierno sería meramente nominal, y de que el poder real estaría desde entonces en manos de las milicias. Justamente eso fue lo que llevó a dimitir a Martínez Barrio y lo que admitió Giral: «Pero aquel gobierno sólo lo era de nombre; arrastrado irremediablemente por los acontecimientos, estaba asistiendo a la rápida disolución del régimen republicano de 1931 bajo el doble impacto de la rebelión militar y la revolución social. Según su primer ministro, en todos los ministerios se establecieron inmediatamente comités del Frente Popular para ayudar y supervisar a los ministros, privándoles de toda apariencia de verdadera autoridad.» Burnet Bolloten, ob. cit., p. 109. El autor habla por eso del advenimiento de una "Tercera República" nacida de la revolución que se estaba produciendo.

«En otro orden de cosas, Casares Quiroga, antes de dimitir (lo haría [el 18] por la noche), había aconsejado a monseñor Eijo y Garay, obispo de Madrid, que, por su seguridad, abandonara la ciudad, lo cual hizo camino de Vigo esa misma tarde. (…) Los milicianos asaltaron el obispado de Madrid y acribillaron a balazos el retrato de monseñor Eijo y Garay [el día 19]». Javier Cervera Gil, ob. cit., pp. 44 y 45.

17. «Quienes entraban en el cuartel [de la Montaña el día 19] superaban un cerco constituido primeramente por la Guardia Civil y de asalto, seguido del batallón de socialistas y, más atrás, grupos armados del pueblo de Madrid.» Javier Cervera Gil, ob. cit., p. 45.

18. Cfr. Juan Jiménez Vargas, AGP, RHF, T-04152-III, p. 15; Álvaro del Portillo, Sum. 879.

19. Cfr. José Miguel Pero-Sanz, Isidoro Zorzano Ledesma. Ingeniero Industrial (Buenos Aires, 1902-Madrid, 1943), Madrid 1996, pp. 191-192.

20. Puede verse una descripción de los hechos con cierto detalle en Javier Cervera Gil, ob. cit., pp. 45-48. Dos cañones, y otros tantos carros de combate, habían sido llevados a la plaza de España.

21. Apuntes, n. 1325, del 25-III-1936.

22. Como dice Juan Jiménez Vargas, «la sotana ya era sentencia de muerte». Cfr.: Juan Jiménez Vargas, RHF, T-05152/1, p. 16; Santiago Escrivá de Balaguer y Albás, RHF, T-07921, p. 18. El mismo peligro corría la tonsura clerical: cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 879. Sobre el mono azul de trabajo, cfr. Carta a María Dolores Fisac Serna, en AGP, RHF, EF-370813-1 (todas las cartas del Fundador de este periodo –julio de 1936 hasta el 7 de octubre de 1937- fueron escritas en Madrid).

23. El diario consta de dos hojas manuscritas. Tiene carácter esquemático y sus muchas abreviaturas van suplidas en nuestra transcripción del texto por los vocablos correspondientes. El original se conserva en AGP, RHF, D-15223. Cfr. Apéndice XVI.

24. Cfr. Álvaro del Portillo, PR, p. 1001; y Javier Echevarría, Sum. 2420.

25. Cfr. Apuntes, n. 1620, del 24-VIII-1940.

26. Cfr. Burnet Bolloten, ob. cit., pp. 117-118. El día 19 todavía se celebraron en Madrid algunas misas. Ese mismo día fueron atacadas y saqueadas una decena de iglesias. «La noche del 19 al 20 ardieron en Madrid 34 edificios religiosos más. En el periodo comprendido entre el sábado 18 y el martes 21, las primeras setenta y dos horas de revolución, fueron saqueadas en la capital de España 46 iglesias; es decir 34,8% de las existentes». «En 1939, al terminar la Guerra Civil, la situación de las 210 iglesias que había en Madrid-capital era la siguiente: destrucción total, 45; destrucción parcial, 56; daños leves, 84; sin daños, 14; intactas, 11. Las destruidas parcialmente, así como las que sufrieron daños leves o quedaron sin daños, habían sido todas ellas saqueadas.» Gonzalo Redondo, Historia de la Iglesia en España. 1931-1939. Tomo II. La Guerra Civil (1936-1939), Madrid 1993, p. 20 y nota 6. Cfr. Raymond Carr, La tragedia española. La Guerra Civil en perspectiva, Madrid 1977, pp. 111 sigs.

27. La monja era hija del teniente coronel Paniagua, que vivía en la misma casa que doña Dolores; y el agustino era el P. Nemesio Morata, célebre arabista, que había salido huyendo del monasterio de El Escorial (cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 879; y Santiago Escrivá de Balaguer y Albás, RHF, T-07921, p. 19).

En los primeros días de la revolución, hasta finalizar el mes de julio, están documentados los asesinatos de 41 sacerdotes en Madrid. El estudio más detallado disponible ha acreditado el asesinato de 435 sacerdotes de la diócesis de Madrid-Alcalá durante la guerra (un 38,8% del total): José Luis Alfaya Camacho, Como un río de fuego. Madrid, 1936, Barcelona 1998, pp. 64-88 y 285-309. A ellos hay que añadir, sin salir de esta misma diócesis, los de 451 religiosos y 73 religiosas asesinados o desaparecidos durante la guerra (Cfr. Gonzalo Redondo, Historia de la..., Tomo II, ob. cit., p. 20). La empresa de contabilizar los simples fieles que fueron asesinados por su condición de cristianos parece difícil de acometer por su elevado número y la casi imposible localización de fuentes, aunque la obra de Javier Cervera Gil aporta indicios cualitativos interesantes y significativos.

28. Cfr. José Miguel Pero-Sanz, ob. cit., pp. 192-193.

29. Sobre todos los detalles y anécdotas mencionados: cfr. Diario, RHF, D-15223 (Apéndice XVI); y Juan Jiménez Vargas, RHF, T-04152-III, pp. 21 y sigs.

30. Cfr. Ian Gibson, Queipo de Llano. Sevilla, verano de 1936 (Con las charlas radiofónicas completas), Barcelona 1986.

31. Cfr. Juan Jiménez Vargas, RHF, T-04152-III, pp. 26-28.

32. Estos "otros" documentos, que estaban en el mismo baúl que el fichero mencionado, eran unos carnets de la AET (Asociación de Estudiantes Tradicionalistas), sin rellenar, pero firmados por Juan Jiménez Vargas, y que conservaba desde que fue secretario de esa organización en Madrid, unos años antes. Al estar todo en el mismo baúl, cabía el peligro de que los milicianos vincularan a los estudiantes de la Residencia con los miembros de esta organización política. Cfr. ibidem, p. 29.

33. Ibidem, pp. 29-30. Javier Cervera (ob. cit., pp. 68-78) ha realizado un estudio detallado de los "paseos" en Madrid de julio a diciembre de 1936. De los casos estudiados —3000 sumarios— concluye que el grupo sociológico más "paseado" fue el de los sacerdotes y religiosos (18,11%), y el que menos el de los estudiantes y médicos (5 y 4% respectivamente).

34. Juan Jiménez Vargas, RHF, T-04152-III, pp. 30-31.

35. Instrucción, 19-III-1934, n. 47; cfr. también Apuntes, n. 1287, del 3-X-1935; Álvaro del Portillo, Sum. 675.

36. Acerca de esa seguridad y optimismo, escribe Vargas: «La explicación es bien sencilla. No dudamos nunca del futuro inmediato, convencidos, por supuesto, de que al Padre no le pasaría nada. Comprendíamos, sin embargo, la necesidad de extremar la prudencia y el cuidado de su seguridad personal. Sabíamos que tenía que hacer la Obra, y eso nos daba una sólida esperanza, una clara certeza de que todo se solucionaría» (Juan Jiménez Vargas, RHF, T-04152-III, p. 34).

37. Apuntes, n. 178, del 20-III-1931.

38. Ibidem, n. 212, del 26-VII-1931.

39. Ibidem, n. 291, del 18-IX-1931.

40. Ibidem, n. 431, del 29-XI-1931.

41. Instrucción, 19-III-1934, n. 6.

 
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