¿Queremos ser más? Seamos mejores

PREGUNTA: En el afán apostólico de Mons. Escrivá de Balaguer, me parece advertir la primacía de cada persona, de cada alma en concreto.

Cuando se encontraba con un hijo suyo al que no veía desde hacía tiempo, solía preguntarle: ¿cómo has ayudado a tus amigos, a tus parientes, a tus colegas, a las personas a las que tratas, para que se acerquen más a Dios? O bien: ¿a quiénes has hablado hoy de Dios? Quería que nos planteásemos estas cuestiones y otras semejantes en el examen diario, para persuadirnos de que -si estamos enamorados de Dios- necesariamente debemos comunicar a otros, con naturalidad y con espontaneidad, el amor que llevamos en el alma. Como con un grito atractivo de invitación, apelaba a nuestra responsabilidad: todas las personas que os conozcan y os traten, han de percibir con claridad que creéis en Dios y que vuestra fe informa toda vuestra vida. Y el 28 de enero de 1972 nos precisaba: el apostolado, la preocupación por las almas, es como el cariño cuando es sincero: siempre se está convencido de que no se quiere bastante. Yo os quiero a vosotros, quiero a todas las personas, con toda mi alma y, sin embargo, siempre me parece que os puedo querer más, y que os puedo servir más.

Evidentemente, el Fundador se ocupaba de afianzar el desarrollo del Opus Dei. Deseaba que viniesen muchas almas, para servir a la Iglesia. Pero al mismo tiempo recalcaba que es necesario cuidarlas una a una; de una parte, porque cada persona vale toda la Sangre de Cristo; y de otra, porque hay que dedicarse a la formación de los que vienen a la Obra con el mismo cuidado, con el mismo interés, y con la delicada atención con la que un monje del medioevo miniaba aquellos pergaminos, en los que se fijaba hasta en los detalles más pequeños. Así -y, sobre todo, con mucho amor de Dios- debemos hacer con las almas, para formarlas y para llevarlas al Señor. Por eso, al mismo tiempo que rezaba para que se incorporara al Opus Dei mucha gente, quería que -uno a uno- fuesen personas verdaderamente entregadas; por la misma razón repetía que no le interesaba la cantidad, sino la calidad, en el sentido de que -sabiéndonos pobres instrumentos- debíamos esforzarnos sinceramente por caminar al paso de Dios. A este propósito le he oído comentar que prefería, como recoge la historia de Gedeón, trescientos hombres unidos al Señor, y unidos entre sí para servirle, a treinta mil hombres desunidos, y que no busquen, con totalidad de entrega, dedicarse día y noche al servicio divino.

Como es lógico, estaba atento al número de vocaciones, para poder examinar la extensión del apostolado; a la vez, deseaba que esa cifra no se tuviese en cuenta, para evitar cualquier síntoma de soberbia o de poderío, porque -puntualizaba- no nos interesa encaramarnos para nada aquí en la tierra. Además, medía la eficacia de las tareas apostólicas no por los resultados estadísticos, sino por la santidad que alcanzaban las personas.

Para grabar bien en sus hijos esta enseñanza, nos insistía: el que no esté decidido a luchar de verdad para ser santo, ¡que se marche!; o también: los que no estén decididos a hacer apostolado, nos estorban; los que no estén decididos a ser almas de oración, nos estorban; los que no estén decididos a vivir un desprendimiento total de su yo, nos estorban, porque impiden la Obra de Dios en la vida personal y en la vida de las personas a las que tratan.

Con esta clara orientación impulsó el crecimiento del Opus Dei desde el comienzo. Escribía a los primeros: ¿queremos ser más? Seamos mejores.