Llamada universal a la santidad

PREGUNTA: Ha salido en páginas anteriores. Pero no estará de más insistir en la radical amplitud del trabajo apostólico personal de Mons. Escrivá de Balaguer, puesto que proclamaba la llamada universal a la santidad.

Repitió que en el Opus Dei cabían: jóvenes y viejos, intelectuales y trabajadores manuales, sanos y enfermos, solteros, casados, viudos, sacerdotes, gente de todas las razas y condiciones sociales. Por eso, jamás anduvo por la calle sin encomendar a las personas con las que se cruzaba, hablaba o coincidía; lo mismo hacía en sus relaciones con ocasión del trabajo, en el trato con los profesionales de la información, o cuando acudía a lugares en que se reúne mucha gente.

Aprovechaba los viajes para charlar con quienes se encontraba en el tren, en el autobús, o en los aviones, de acuerdo con lo que nos exponía en 1952: la primera manifestación de nuestra llamada es el deseo de pegar este fuego de rectitud, de limpieza, de vida sobrenatural, a todas las personas y en todos los ambientes donde estemos. Allí donde se encuentre un miembro del Opus Dei, debe haber un foco de luz, de amor, de comprensión. En la vida, hemos de dar todo lo nuestro a los hombres, con mucho cariño. El apostolado es un afán que nos debe comer continuamente las entrañas. Es un deber del que hay que dar cuenta cada semana, y siempre, delante de Dios. En 1962, refiriéndose a este modo de conducirse, subrayaba: el apostolado -esa preocupación santa por meter el fuego de Cristo en las almas de quienes nos rodean, y en todas las almas del mundo- es una obligación de caridad; más, es una obligación de justicia, que hemos de cumplir todos los días.

Una vez, en Florencia, tuvimos que comprar unos pantalones. Mientras lo hacía, estuvo hablando con la persona que le atendía, y procuró llevar la conversación al terreno sobrenatural. Aquel hombre fue respondiendo con garbo y tomando cariño al Fundador del Opus Dei, aunque era la primera vez que le veía. Al despedirnos, mientras pagábamos, nos dio las gracias y comentó espontáneamente: "il vostro compagno non perde neanche un minuto. Fa il sacerdote e lo fa con convinzione".

A todos nos animaba a llegar a las almas de las personas con las que hablamos: todas las personas que tratamos tienen que llevarse, por lo menos, el beneficio de nuestra oración y de nuestra petición por ellas, y hemos de dejar caer en la conversación alguna palabra que les ponga frente a su responsabilidad de cristianos o que les transmita -si, por desgracia, no practican- la inquietud de descubrir la Verdad y de seguir la auténtica Verdad.