Comienzo del Opus Dei en nuevas naciones

PREGUNTA: Vd. ha tenido ocasión de ver de cerca cómo aplicaba Mons. Escrivá de Balaguer estas grandes líneas en el comienzo de la labor apostólica en nuevas naciones.

Quería que la empezasen unos pocos miembros de la Obra, y evitaba que apareciesen como grupo, con riesgo de enquistarse. Deseaba que tuviesen, desde el primer momento, la ilusión de integrarse en el país, amando y admirando sus buenas cualidades, comprendiendo y disculpando los defectos -siempre que no fueran ofensa a Dios-, poniendo en su actuación amor y espíritu cristiano. Además, elegía a personas de varias nacionalidades, para dejar claro que no iniciaba la labor del Opus Dei un grupo nacional -ni siquiera externamente-, y se tocase con las manos la universalidad de la Obra.

Resultan indescriptibles su alegría y su agradecimiento al Señor, cuando comenzaban a llegar al Opus Dei hombres y mujeres en esos nuevos países. Además, no se conformaba con haber empezado la labor. Quería que fuese realizándose enseguida una expansión dentro de cada lugar. Alentaba a sus hijos a que procurasen tener cuanto antes más de un Centro en la ciudad en la que se encontraban, para poder llegar a más gente; y les animaba a fijarse en otras localidades donde podrían establecerse, sabiendo que debían tender a crear como una red en servicio de las almas por todo el territorio nacional.

Se ocupaba de que estuviesen atentos incluso a los detalles materiales más pequeños, para favorecer lo que llamaba el trasplante, es decir, la acomodación al nuevo país. Por ejemplo, cuando se comenzó en Japón, donde se iban a encontrar con costumbres tan diferentes -idioma, cultura, ambiente, formación religiosa-, quiso que procediesen con prudencia, sin imponerse un cambio inmediato y radical hacia lo que desconocían; pero con el deseo sincero de habituarse a la idiosincrasia de esa gran nación, a la que iban a aprender y en la que, si el Señor no disponía otra cosa, debían gastar toda su vida.

Hizo colocar un mapamundi en una habitación grande de la Sede Central. Figuraban con distinto color los lugares en los que ya se estaba trabajando, y las zonas pintadas se iban extendiendo a medida que crecía la expansión apostólica. Quería que fuera un despertador para la oración de los miembros del Consejo General. El Fundador era el primero que se acordaba de que se debía colorear, cuando se comenzaba la labor apostólica de la Obra en una nación.

Tuvo siempre la preocupación de sembrar el amor de Dios por el mundo entero. Ansiaba esa dilatación de la Iglesia, como me confió muchas veces: cuando estoy cansado, cuando algunas noches me cuesta conciliar el sueño, me distraigo conquistando el mundo para Cristo, y pienso en los servicios que prestaremos aquí y allá, llevando a Nuestro Señor para que muchas personas le amen, le conozcan, le traten.