Espíritu romano y universal

PREGUNTA: Quienes se incorporaron al Opus Dei en los años treinta, evocan la viveza con que el Fundador dibujaba el apostolado que se haría en todo el mundo. Tuvieron claro desde el primer momento el carácter universal de la Obra. Personalmente, me impresionó la lectura de un fragmento de la oración que Mons. Escrivá de Balaguer hizo en voz alta el 20 de mayo de 1970, ante la Virgen de Guadalupe: Te ofrezco un futuro de amor, con muchas almas. Yo -que no soy nada, que solo no puedo nada- me atrevo a ofrecerte muchas almas, infinidad de almas, oleadas de almas, en todo el mundo y en todos los tiempos, decididas a entregarse a tu Hijo, y al servicio de los demás, para llevarlos a Él. Vd. ha sido testigo de muchas manifestaciones concretas de esa característica del carisma fundacional.

Doy extraordinaria importancia al hecho de que el espíritu del Opus Dei, por haber nacido romano y universal, se acomode a las circunstancias más diversas de naciones y ambientes, pues -sin menguar la idiosincrasia propia de cada país y persona-, lleva a poner todo el esfuerzo por santificar la vida, las costumbres y los trabajos de quienes habitan cualquier rincón de la tierra.

Por ejemplo, Mons. Escrivá de Balaguer, desde que vino a Italia, se consideró ciudadano del país, y amó con sinceridad las virtudes de este pueblo, fijándose en sus buenas cualidades, no en los defectos. Repetía que no le gustaba generalizar las limitaciones de una tierra, atribuyéndolas a toda la población. Con espíritu apostólico, nos recomendaba que nos adaptásemos al cien por cien al lugar donde viviésemos. De sí mismo afirmaba con sencillez que amaba a Italia con locura, y que podía decir -con santo orgullo- que se sentía más italiano que los propios italianos.

Comprendió y potenció los valores humanos, culturales y religiosos de los países que visitó. Acudía a los sitios con la disponibilidad más absoluta de aprender lo positivo. Seguía con verdadero interés las explicaciones e informaciones que recibía. Con su capacidad de observación, descubría con increíble rapidez esos valores espirituales y humanos de los pueblos. Contribuyó además a que hubiese intercambio de conocimientos entre las naciones, para llegar a una verdadera comprensión y superar viejas querellas o enemistades ancestrales.

Recordaba que, cuando era pequeño, en los lugares donde había estudiado, le enseñaron a no apreciar a determinados países, porque habían estado en guerra contra España. En cuanto se dio cuenta, procuró desagraviar por aquella antipatía que le habían inculcado, y querer más a esos países. Había llegado también a esa conclusión por un razonamiento humano: ¿qué culpa tiene el pueblo de lo que hayan decidido aquellas autoridades, movidas por determinados criterios e intereses?; y ¿qué culpa tienen los que viven actualmente de aquellas luchas que ocurrieron hace siglos?

Tuvo también siempre gran interés en que los católicos conocieran la situación y el trabajo de sus hermanos en otras naciones o ambientes. Deseaba particularmente que se difundieran las vidas heroicas de los santos de unos y otros países, las gestas llenas de heroísmo de tantos pueblos en defensa de la fe.

En Roma, durante muchos años, la cabecera del telediario era una bola del mundo girando: al verla, rezaba por todas las naciones y habitantes de la tierra.

Al mismo tiempo, como he señalado antes, luchó incansablemente contra la deformación del patriotismo que se convierte en nacionalismo exacerbado. Afirmaba que si algún hijo suyo se dejaba llevar por ese nacionalismo, que fomenta la división entre los hombres, no dudaría en plantearle la siguiente disyuntiva: trasladarse al país más pobre, para trabajar en servicio de esas almas necesitadas, o cambiar de actitud; si no, tendría que dejar el Opus Dei, ya que, por nuestra vocación, estamos todavía más obligados a vivir la caridad cristiana, considerando con igualdad a todos nuestros hermanos, sin discriminaciones de ningún género.