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Unidad de vida

PREGUNTA: La unidad de vida puede y debe vivirse con sencillez y naturalidad, en las situaciones más ordinarias.

El 18 de mayo de 1972, al final de la jornada, estábamos viendo las noticias del telediario. Hicieron una entrevista a una famosa bailarina, de ballet clásico, muy conocida por su arte y su honestidad. Aquella mujer hablaba de que, después de un gran éxito, a la mañana siguiente volvía a la barra de entrenamiento y, al empezar, los músculos estaban como agarrotados, incapaces de conseguir la figura y el ritmo logrados el día anterior. Mons. Escrivá de Balaguer comentó inmediatamente: nada se consigue en este mundo sin esfuerzo; sólo con un comenzar y recomenzar continuo se llega a saborear el trato con Dios, que se pierde, si no se mejora, si falta en el alma la preocupación de vivir atentamente para el Señor. Para amar a Dios de verdad, hay que esforzarse constantemente en amarle.

El Fundador del Opus Dei rechazaba la actitud que reserva la vida cristiana solamente para determinados momentos del día, o para determinados días de la semana: la fe ha de informar toda la actuación del creyente. A propósito de esta coherencia, recuerdo que, en 1954, la televisión habló de una persona fallecida en un accidente. Mons. Escrivá de Balaguer se entristeció, al comprobar que los comentarios carecían por completo de sentido cristiano. Al terminar el programa, nos confió: con mucha frecuencia vemos, y no me parece mal, que personas de otras religiones las profesan externamente, delante de todos los demás: unos se arrodillan en dirección a la Meca; otros llevan unas vestiduras y asumen unas costumbres que incluso pretenden imponer a los demás... En cambio, nosotros, los católicos, tantas veces nos quedamos conformes sin hacer nada. ¿Dónde se ha ido la fe de Cristo? ¿Dónde se ha ido la fe que decimos que profesamos? Y con una voz más terminante, concluyó: ¡No, no!: hemos de ser siempre valientemente consecuentes; hemos de dar la cara por Dios, porque de toda actividad y de toda palabra el Señor, en justicia, nos pedirá estrecha cuenta, ya que tiene derecho a que nos comportemos como hijos suyos y a que la gente sepa que somos y queremos ser hijos de Dios.

La fuerza apostólica de Mons. Escrivá de Balaguer se fundamentaba en la oración. Efectivamente, su trato con Dios no se reducía a consideraciones ascéticas o místicas, sino que se aplicaba a su tarea diaria e influía en su modo de trabajar y de convivir. Además, procuraba transformar todo su día en oración, presentando al Señor los distintos quehaceres: antes de comenzar cualquier tarea -intelectual o material-, alzaba su corazón a Dios para ofrecerle esa labor y pedirle luces, para llevarla a cabo en su presencia, aprovechando las gracias actuales.

No se cansó de enseñar que hemos de contar siempre con el factor más importante: la Providencia divina. Por eso, indicó que se pusiera un azulejo en su cuarto de trabajo, junto a un crucifijo, con estas palabras: sanctis omnia sancta, mundana mundanis ["todas las cosas son santas para los santos; mundanas, para los mundanos"]. Y comentaba que, cuando se busca al Señor, es muy fácil descubrir el quid divinum en todo, para no apartarse de la ley de Dios y conducirse como un buen hijo.

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