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PREGUNTA: Muchas personas que asistieron a alguna Misa celebrada por Mons. Escrivá de Balaguer, han relatado la fuerte impresión que sintieron al llegar a la Consagración.

Su fe resplandecía mientras pronunciaba las palabras que actúan la Transubstanciación, sabiendo que en ese momento no es Josemaría quien las dice, sino Cristo. De acuerdo con las rúbricas de entonces, se inclinaba sobre el altar, cogía la Santa Hostia con cariño y respeto, con suavidad y delicadeza, sin afectación ninguna, poniendo todo su amor. En 1956, le escuché este comentario: hoc est enim Corpus meum... Hic est enim Calix Sanguinis mei... ["Porque esto es mi Cuerpo... Porque éste es el Cáliz de mi Sangre..."] No lo digo yo, lo dice Él; yo le presto mi voz, mi persona; pero es Cristo quien consagra, porque no hay más sacerdote que Cristo, Sacerdote Eterno. Como no hay más que una Víctima: por eso me gusta a mí tanto tocar la Forma con mis manos: en ningún sitio está mejor la Víctima que en las manos del sacerdote. Y solía agregar, cuando se refería a este privilegio: yo, que soy un miserable, le presto mi voz, mi voluntad, todo mi ser. Y Él, que es el Amor infinito, que no necesita de nadie, se somete a mi pobre persona.

Pronunciaba las palabras de la Consagración con solemnidad, con encendido amor, con claridad y delicadeza, con una fe que se tocaba. Luego, con el Cuerpo de Nuestro Señor o el Cáliz en sus manos, invocaba interiormente: Dominus meus et Deus meus! ["¡Señor mío y Dios mío!"] Después añadía sin ruido de palabras: Adauge nobis fidem, spem et charitatem! ["¡Auméntanos la fe, la esperanza y la caridad!"] Inmediatamente recitaba en silencio una oración al Amor misericordioso: Padre Santo, por el Corazón Inmaculado de María, os ofrezco a Jesús, Vuestro Hijo muy amado, y me ofrezco a mí mismo, en Él, por Él, y con Él, a todas sus intenciones, y en nombre de todas las criaturas. Pedía después: Señor, danos la pureza y el gaudium cum pace ["la alegría y la paz"] a mí y a todos. Y finalmente, mientras volvía a arrodillarse, repetía: Adoro te devote, latens Deitas ["te adoro devotamente, Dios escondido"]. Eran estas oraciones modos fijos de adorar al Señor, que completaba con otras invocaciones y jaculatorias. Por ejemplo, había épocas en las que le manifestaba: ¡Bienvenido! ¡Gracias por haber venido! No supe hasta 1970, en la Villa de Guadalupe, que dirigía estos requiebros y peticiones al Señor, mientras le adoraba en la Consagración.

Recuerdo con qué pasión nos hablaba de nuestras genuflexiones ante el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor. Refiriéndose a las que se hacían entonces antes y después de la elevación, explicaba con detenimiento la rúbrica sacerdos genuflexus adorat ["el sacerdote adora con una genuflexión"]: ¡que le adoréis, y que no tengáis vergüenza de que el pueblo vea que le adoráis, y que le adoráis con todo vuestro amor!

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