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PREGUNTA: Uno de los párrafos del Decreto de la Congregación para las Causas de los Santos sobre las virtudes heroicas de Josemaría Escrivá de Balaguer, comienza con estas palabras: "Amó ardientemente a la Santísima Eucaristía, y consideró siempre el Sacrificio de la Misa centro y raíz de la vida cristiana". En infinidad de lugares, afirmó que de cada cristiano debe poder decirse que no es alter Christus, otro Cristo, sino ipse Christus, el mismo Cristo. Con mayor motivo es ipse Christus el sacerdote, cuando oficia esa acción divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona et in nomine Christi, en la Persona de Cristo, y en nombre de Cristo (Es Cristo que pasa, 86). Vd. ha visto de cerca, desde 1953, cómo se preparaba el Fundador del Opus Dei para celebrar la Misa, cómo la decía, cómo daba gracias y cómo se prolongaba durante el día.

Exponer cómo celebraba la Misa, rezaba la Liturgia de las Horas, o administraba los Sacramentos, requeriría mucho tiempo, porque era la expresión más clara de su trato inmediato, intenso y amorosísimo con el Señor.

Sufría mucho cuando una enfermedad le impedía celebrar; y sólo el ofrecimiento de esa pena paliaba un poco la tristeza de no poder renovar el Sacrificio del Calvario. Se dibujaba en su rostro la gran alegría interior que experimentaba cuando el médico le autorizaba a levantarse: aunque se encontrase muy débil, salía al altar con gran recogimiento, con todos sus sentidos y potencias. Muchas veces, exclamaba: tengo ansias de celebrar, tengo ansias de estar con Jesús en el altar, tengo ansias de que el Señor baje a través de mis manos otra vez al altar.

Nunca celebraba sin haber considerado, en la presencia del Señor, la sublimidad y la grandeza del Santo Sacrificio. Hacía antes la meditación, para prepararse con la mayor dignidad posible. Cuando dio la Primera Comunión a algunos de sus sobrinos, organizaron las ceremonias hacia la mitad de la mañana, para que pudiesen asistir los invitados. Como es lógico, saludaba a sus parientes al llegar, pero, después de cambiar unas palabras con ellos, se despedía: me tengo que retirar, porque voy a prepararme para celebrar la Santa Misa. Se marchaba al oratorio, y allí se quedaba recogido en oración, hasta el momento de comenzar.

Muchas veces, me confió lo que repetía mientras daba gracias o se preparaba para la celebración del día siguiente: gracias, Señor, porque me has dejado decir la Misa esta mañana; gracias, Señor, porque mañana podré tenerte nuevamente entre las manos, si me concedes la vida.

Recuerdo que el 9 de febrero de 1973, nos manifestó a Mons. Álvaro del Portillo y a mí: quiero decir la Santa Misa muy bien. Don Álvaro comentó: "¡es muy difícil!". Y el Fundador del Opus Dei agregó: ya lo sé, pero quiero decirla bien porque al Señor le agradan esos deseos.

En otra ocasión, instantes antes de empezar, me rogó: únete a la intención de mi Misa, y pide al Señor que yo celebre la Santa Misa como Él quiere. Pondré en el altar, como hago todos los días, a los enfermos y a los atribulados, aunque muchas veces nos inventemos las tribulaciones. De modo que "buen sastre es el que conoce el paño" y os lo digo yo, porque me veo con las mismas debilidades que podéis tener vosotros.

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