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PREGUNTA: En definitiva, se sentía hijo y, además, hijo pequeño. Siempre me llamó la atención que dedicase a este rasgo de la vida espiritual dos capítulos de Camino.

Para fomentar su humildad, aunque andaba tan olvidado de sí mismo, acudió a la vida de infancia: abandonarse totalmente en el Señor, sin pretensiones personales de ningún género. Le ayudaba el recuerdo de su niñez, cuando se sentía completamente seguro en las manos de su padre, quien proveía a sus necesidades y le atendía en cualquier momento. Precisamente por esta infancia espiritual, tuvo la fortaleza de no transigir en lo que era de Dios, dispuesto a pasar por encima de su persona, de su fama, de su prestigio, de su honra, cuantas veces fue necesario.

Ya en su primer trabajo sacerdotal en Perdiguera, captó el tesoro que supone la formación de los niños: su vida, llena de candidez y sinceridad, puede trasladarse al trato del alma con el Señor, para andar por los derroteros de la infancia espiritual, que tanto le enamoraron a lo largo de su caminar terreno.

Puso desde entonces gran cariño en la catequesis de los niños, preparándoles para la Primera Comunión, y siguiendo de cerca sus avances a través de la dirección espiritual. Hablaba a sus hermanos sacerdotes de tantas horas como pasó con los pequeños: era yo el mejor y el más beneficiado, porque aprendía a tratar a Dios con el candor de los niños, con la audacia de los niños, y también a fomentar el espíritu de contrición en mi vida al ver el dolor sincero de esas almas ingenuas, cuando pensaban que habían ofendido al Señor, en cosas que a lo mejor no constituían ni faltas: para esas criaturas eran motivo de pena, ya que consideraban que Jesús estaba enfadado con ellos, y me empujaban a hilar más fino en mi propia vida.

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