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Abandono en las manos de Dios

PREGUNTA: Mons. Escrivá de Balaguer se abandonaba en Dios con la actitud de un niño pequeño, que busca los brazos fuertes del padre o el amable regazo materno.

En 1969 nos decía: pido al Señor y a su Madre Santísima que me hagan cada día más pequeño. Así, además de que tendrán que ocuparse de mí, si me dan un golpe, no lo notaré, porque los niños son de goma. Vivo al día, me llevan donde quieren, donde dispone mi Padre del Cielo. No me preocupo ni siquiera de hacer el programa. Os aconsejo que os abandonéis en las manos de Dios, que son las manos más seguras.

Desde 1948, le he oído reiterar: vale la pena jugarse la vida por amor de Dios. O también: hemos de jugarnos enteramente la vida a la carta del amor de Dios. Nos animaba constantemente a darlo todo, fiándonos de Él: acudid al Señor con confianza. Y pensando que, de la misma manera que los padres aman y protegen a sus hijos, aunque estén enfermos o sean deformes -probablemente entonces lo hacen con más cariño, para que esas criaturas no sufran-, así Dios nos acoge, nos protege y nos lleva con cariño y una dulzura inimaginables, si nos abandonamos sinceramente en sus manos.

He visto también cómo, a diario y con extraordinaria frecuencia, repetía: ¡confío en Vos!, ¡me abandono en Vos! Pienso que estas dos jaculatorias resumen las palabras que le escuché el 11 de diciembre de 1972: a temporadas, mi oración y mi mortificación es vivir continuamente en Él: ¡me abandono en Ti! Yo no pienso como hombre. Me dejo absolutamente en sus manos. Resulta duro, porque el alma pone en ejercicio las potencias que Dios nos ha dado para seguir el camino. Y llegan momentos en los que es necesario prescindir de la memoria, rendir el entendimiento, doblegar la voluntad. Resulta duro, repito, porque esa actividad del alma es lógica, como el reloj que tiene cuerda, y da necesariamente el tic-tac. Es a veces muy duro, ya que supone llegar a los setenta años en una infancia real: no me preocupo ni de espantarme las moscas ni de que me den el pecho. Ya lo harán. Me pongo en los brazos de mi Padre Dios, acudo a mi Madre Santa María, y confío plenamente, a pesar de la aspereza del camino.

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