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Dios no traiciona nunca

PREGUNTA: Desde esta perspectiva, se afianza la serena seguridad que se aprecia en otros aspectos de la vida de Mons. Escrivá de Balaguer.

Tenía siempre en los labios afirmaciones de este estilo: Dios no traiciona nunca, y ese Amor -que recibiremos en el Cielo, si nosotros le somos fieles- no conoce de traiciones, ni de cansancios, ni de acostumbramientos. O también: el Señor no deja jamás a nadie en la estacada, porque somos sus hijos, porque somos sus criaturas. En 1954 señalaba sobre la lucha personal diaria: tienes, hijo mío, que ir empapándote cada día más del sentido y de la seguridad -es sentimiento y doctrina- de nuestra filiación divina. Por esto, nuestras miserias no nos apartan de Dios, porque necesariamente sentimos la fortaleza y el apoyo de Nuestro Padre que nunca nos abandona. Años más tarde, en esta misma línea, refrendaba: la carga bendita de nuestra vocación -el peso precioso del Amor Divino- se convierte en armadura y en escudo; y es un aguijón constante para sentir la urgencia de ser fieles, porque Dios nos ama, porque Dios nos espera.

En las conversaciones que tenía con Mons. Álvaro del Portillo y conmigo, en las que nos hablaba o nos hacía un resumen de las incidencias diarias, casi siempre concluía: rezo, procuro rezar mucho, porque espero siempre seguro en el Señor, del que me siento muy hijo, a pesar de ser tan poca cosa.

Esta confianza le llevaba a abandonarse en Dios. En 1954 nos aseguraba: filiación divina: ¡es el secreto de la eficacia!; lo que da reposo a la hora del cansancio, paz a la hora de la guerra, serenidad en los momentos de conflicto.

Como es sabido, el 27 de abril de 1954, padeció un "shock" anafiláctico que le puso al borde de la muerte. Al día siguiente, trabajando en el cuarto de don Álvaro del Portillo, nos hablaba muy contento del regalo que le había hecho el Señor: había comprendido la Misericordia divina con mayor profundidad, puesto que en aquellos breves instantes, antes de perder el conocimiento, y después de haber rogado a don Álvaro que le diese la absolución, había podido examinar su vida y pedir perdón de todo corazón al Señor. Comentaba que Dios es un Padre muy bueno, que cuida de sus hijos de la forma que más conviene a cada uno.

El Fundador del Opus Dei -sin miedo a la muerte- pensaba que, en muchas ocasiones, desearla supone intentar esquivar el peso que Dios quiere que llevemos. Por eso, nos confiaba que, si el Señor le diera a elegir entre llevarle al Cielo o dejarle en la tierra trabajando por Él, escogería esto último -remachaba con mucha fuerza- porque Él es más generoso que yo, y no me abandonará, ni permitirá que me pierda, si vivo por Él y para Él, trabajando exclusivamente con la mirada puesta en su gloria.

Tanto en los comienzos del Opus Dei como al final de su vida, cuando continuaba promoviendo nuevas y más amplias labores apostólicas, predicaba que, si somos hombres de vida interior, no importa ser pocos o que aparezcan obstáculos: con Él los venceremos. Lo subrayaba especialmente cuando se iniciaban labores en países paganizados o postcristianos.

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