Presencia de Dios

PREGUNTA: Esa presencia de Dios se reflejaba externamente en su intenso recogimiento, que vivía con naturalidad, sin cosas ni gestos raros.

En 1968, aprovechando el intervalo de un cambio de ocupación, me confió: continuamente, cada pocos segundos, le estoy diciendo al Señor que le quiero. Necesito decírselo y repetírselo. Díselo tú también, y díselo de mi parte.

En muchas circunstancias, le notaba recogido a lo largo de la jornada, hablando con el Señor. Luego reconocía que estaba tratando con Él de los distintos temas. Lo he presenciado día a día, especialmente antes de retirarse a descansar, cuando -terminado el trabajo- contemplaba cómo se recogía para dar gracias por todo lo que había ocurrido, para pedir perdón contrito por sus faltas -también por las de omisión-, para unirse a la plegaria de la Iglesia, para apoyarse en las súplicas de sus hijas y de sus hijos en el mundo.

En más de una ocasión, considerando el peso y la fatiga de su esfuerzo, Mons. del Portillo o yo le preguntábamos si estaba "impensierito" [absorto en sus pensamientos]. Contestaba inmediatamente, con naturalidad, que estaba hablando con el Señor. Respetábamos esos silencios y nos uníamos a su oración, que interrumpía -sin cortar el diálogo contemplativo- para preguntar por asuntos del trabajo, encargos apostólicos, o noticias de la labor en distintos países.

No significa cuanto acabo de decir que viviera al margen de las situaciones del mundo y de la sociedad, o de las tareas que afectan a los hombres; y mucho menos que permaneciese ajeno a los problemas de la Iglesia. Al contrario, le interesaban profundamente, porque sentía la preocupación de difundir el instaurare omnia in Christo: devolverle todas las cosas, porque a Él pertenecen, y sólo con esa dirección adquieren su auténtico sentido, tantas veces desvirtuado por los hombres. Le apasionaban los asuntos de esta tierra, porque estaba empeñado en santificarlos.

Consideraba diariamente la situación de la Iglesia, de la Obra y de la sociedad. Concluía con actos de amor a Dios por todo lo bueno que sucedía en el mundo, y de desagravio por la falta de correspondencia de la humanidad, y también mía -agregaba-: antes de comenzar cualquier ocupación, procurad recogeros en la presencia de Dios, para que no perdamos nunca el sentido sobrenatural, aunque luego sintamos el zarpazo de nuestra miseria personal o el zarpazo que ataca ahora a la Iglesia y al mundo.

Se palpaba la veracidad de su afirmación: no sé dónde termina el trabajo y dónde comienza la oración, y al revés; pues, con diligencia activa, disponía alma y cuerpo, sentidos y potencias, al cumplimiento de la Voluntad divina.

Nos confiaba a Mons. Álvaro del Portillo y a mí que se daba cuenta de que había recibido la gracia de seguir haciendo oración durante la noche, y agradecía constantemente a Dios poder dedicarle las veinticuatro horas de la jornada. Aconsejó siempre ofrecer el sueño, procurando que el último pensamiento de cada día fuese para Él. Recomendaba igualmente que nos esforzásemos para que el primero, cada mañana, fuera también para el Señor. Por eso, nos sugería que besásemos el crucifijo si por cualquier circunstancia nos despertábamos. Repetía este propósito: quiero que mi día y mi noche sean enteramente para Dios.

Recurría frecuentemente a jaculatorias que aprendió cuando era niño, de labios de sus padres: desde hace unas semanas estoy rezando dos que me han conmovido siempre: ¡dulce Corazón de Jesús, sed mi amor!, ¡dulce Corazón de María, sed mi salvación! Y hago esfuerzos para no perder esa presencia de Dios. Quiero estar en conversación con Él, ser completamente contemplativo de la mañana a la noche y de la noche a la mañana. Me despierto por la noche, y enseguida me sale un clamor del alma: quiero vivir como un niño pequeño, que busca a su madre como la cosa más natural; no se preocupa de las formas, llama, grita, insiste y, cuando no sabe hacer otra cosa, llora.

Repetía que, como sacerdote, sólo sabía hablar de Dios y sólo quería hablar de Dios. De hecho, su conversación era sobrenatural, aunque versase sobre los temas más corrientes, porque de todo sabía sacar contenido y sentido espiritual para referirlo al Señor y para ofrecérselo como continuación del Santo Sacrificio de la Misa.

Encomendaba siempre al Señor a quien hablaba, a quien veía y, en general, a las personas del lugar donde se encontraba. Nos sugería con viveza: en cada persona, ved a Cristo que os espera; a Cristo que sufre en aquel enfermo; a Cristo que está necesitado en aquel indigente; a Cristo que quiere entrar en el alma de ese ignorante; a Cristo en el trabajador, que cumple su tarea cotidiana. No olvidéis que así nos lo ha dicho el Señor, para la realidad cotidiana en que nos encontremos: el que sirve a su prójimo -en cualquier necesidad- me está sirviendo a Mí.

En los viajes, alimentaba la vida de piedad de los que le acompañábamos sacando fruto espiritual del paisaje, las iglesias, los conventos, los cementerios, las personas... A partir de esos detalles derivaba la conversación a la necesidad de acompañar a Jesús Sacramentado, ocuparse de las almas, pensar qué servicios o qué tareas apostólicas se podían desarrollar en aquel país o ciudad, dar gracias al Señor por la belleza de lo creado, tratar a las almas del Purgatorio, etc. En fin, un conjunto de consideraciones que ayudaban a mantenerse en presencia de Dios, a pedir perdón, a amar más.

Le entusiasmaba contemplar a Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, que sirve a quienes le siguen y, de modo especial, a los suyos. Nos animaba a vivir una caridad llena de cariño, siendo muy humanos y estando muy atentos a las necesidades de los demás. En 1956 le oí: un hombre de oración que se preocupa de que los demás sean dichosos, felices -con una felicidad de Dios-, tiene en su vida una mira sobrenatural y, además, es humano: anima, comprende, ayuda, corrige, disculpa. Y él mismo es feliz, porque no piensa nunca en su yo.

En momentos muy diversos nos hacía considerar: Os miro, hijos míos, y os veo como a otros cristos: Cristo joven; Cristo adolescente; Cristo alegre; Cristo que trabaja... y, cuando pasen los años, seguiréis siendo alegres, porque llevaréis dentro la juventud eterna del Maestro y su amor a todas las almas, aunque de ellas no hayamos recibido el bien.