El punto de mira sobrenatural

Indice: Memoria del beato Josemaría

PREGUNTA: Realmente, junto al Fundador del Opus Dei, se respiraba una atmósfera espiritual.

Meditaba y predicaba con frecuencia las palabras que el padre de familia dirige al hermano mayor del hijo pródigo: omnia mea tua sunt ["todo lo mío es tuyo": Lucas 15,31]. Este es el tesoro nuestro, el fin de nuestra vida, la esperanza de toda nuestra actividad, el único anhelo que debe movernos: estar con Dios y vivir de Dios. Por eso, no dejaba de recordarnos que no podemos robarle ni un ápice de su gloria. En las múltiples ocasiones en que le abrí mi alma, me repetía que buscara esa honra divina, rechazando cualquier compensación humana, porque de otro modo erraría el camino.

Paraba muchas veces cada día para ofrecer lo que ya había realizado y lo que le quedaba por hacer. Mientras trabajábamos, era recurrente su incitación a rendir el culto debido al Señor: no perdamos el punto de mira sobrenatural en cada una de las acciones que estamos haciendo, en lo que realizamos ahora. Vamos a rectificar la intención, para que sea todo para Él. Deo omnis gloria! Dios nos espera ahora.

Ponderaba cuanto ocurría a su alrededor a la luz de la fe. Enfocaba los problemas doctrinales, de gobierno, de apostolado, de convivencia social, desde el punto de vista sobrenatural, con la certeza de que sólo en ese plano se encuentran las verdaderas soluciones. Quedó muy grabado en su mente el comentario de una monja piadosa, ante una situación dura: "Don Josemaría, ¡el Señor es muy agudo!"; y sacaba gran partido de esta anécdota, que le ayudaba a sentirse seguro y sereno con las disposiciones del Señor.

Aplicaba a su existencia las palabras del Apóstol: vivo autem, iam non ego, vivit vero in me Christus ["ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí": Gálatas 2,20]. Y se examinaba para ver si le dejaba realmente empapar todas sus actividades, a la vez que nos insistía a los demás en la necesidad de empeñarnos en la lucha por la presencia de Dios.

Repetía, con urgencia sobrenatural, que hemos de dar a cada segundo de nuestra vida vibración de eternidad. En un Círculo de formación, al leer en voz alta semper, praesentia Dei, consideratio nostrae filiationis divinae... ["siempre, presencia de Dios, considerar nuestra filiación divina..."], se detuvo un instante y nos explicó: cuando yo escribía esto, me parecía una ingenuidad, como una cosa innecesaria ponerlo, algo así como si dijese: el corazón, para vivir, tiene que latir siempre. Semper: que lleva consigo estas manifestaciones de desasimiento de nuestro yo, porque es vivir de Dios, por Dios y para Dios.

En otro Círculo, de 1957, nos hacía considerar: es interesante que os deis cuenta del significado del semper. Si no hay lucha por adquirir una presencia de Dios que sea constante, tampoco hay trato con Dios. Hemos de dirigirnos a Él en todo momento, y enseguida surge la consideración de que somos hijos de Dios, que se manifiesta en un vivir continuo cara al Señor, con jaculatorias, con actos de desagravio, con acciones de gracias, todo el día para Él.

El 22 de noviembre de 1973, abría su corazón a Mons. Álvaro del Portillo y a mí: ayer, mientras hablaba con el Señor, escribí algo que nos puede servir de jaculatoria: tenui eum, nec dimittam, ¡lo tengo cogido, y no lo soltaré! Llevaba yo dos días con esta comezón. No son locuciones de Dios. Son inquietudes que pone en el alma, que no descansa hasta que las descubre. Nunca me he preocupado de encasillar la vida interior con las distinciones que señalan los tratados de mística, pero entiendo que Dios se mete en el corazón de la criatura, y ésta sólo encuentra la paz cuando responde y se abandona en Él.

No tenía la menor duda de que la oración consigue los prodigios que narra el Evangelio, y resuelve situaciones que parecen barreras insuperables: yo no soy milagrero. He escrito desde hace años, y he dicho tantas veces de palabra, que me sobran y me bastan los milagros del Evangelio. Pero si afirmara que no toco a Dios, que no siento toda la fuerza de su Omnipotencia, ¡mentiría!