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Indice: Memoria del beato Josemaría

PREGUNTA: Un momento crucial en la vida de Mons. Escrivá de Balaguer fue la muerte de su padre en Logroño (1924). Acudió desde Zaragoza, donde ultimaba los estudios eclesiásticos.

Estuvo el tiempo necesario para ocuparse del entierro de su padre y de los funerales. Ningún otro miembro de la familia, de Zaragoza ni de Barbastro, se trasladó a Logroño. Sin embargo, no sintió el menor recelo: se hizo la composición de lugar de que quizá cada uno tenía sus compromisos, y no consideraban imprescindible ni obligada su presencia. Como es lógico, sufrió el aguijón de la soledad, en los duros momentos de la sepultura de su padre, pues su madre y hermana se quedaron en casa, de acuerdo con los usos sociales de la época.

De regreso hacia el domicilio familiar, iba meditando lo que había sucedido, y la situación en la que se quedarían su madre y sus hermanos. Se dio cuenta de que llevaba en el bolsillo la llave de la caja del ataúd, que le habían entregado. Al cruzar el puente sobre el Ebro, pensó que el Señor le iba quitando todo lo que podía significar atadura, consuelo o seguridad en la tierra; y, completando ese sacrificio, tiró la llave al río como manifestación de su entrega a la Voluntad del Cielo: ¿para qué quiero conservar esta llave, que puede ser para mí como una ligadura?

Después del entierro, se reincorporó a sus estudios en Zaragoza, con el fin de prepararse para el diaconado, que estaba muy próximo; recibió esa orden el 20 de diciembre, apenas cuatro semanas después del fallecimiento de su padre. Cuando hacía alusión a esos sucesos, para que comprendiéramos que la fortaleza viene de Dios, solía comentar: era el Señor, nunca lo he dudado, el que me ponía en aquellas situaciones; por eso, con naturalidad y con sentido sobrenatural, yo no podía hacer más que aceptar gustosamente su Santísima y Justísima Voluntad.

 

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