Un santo muy grande

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Un día del mes de marzo de 1923, mientras don Daniel García Hughes daba clase, un alumno de segundo de teología le preguntó sobre los canónigos de la Catedral. Don Daniel, que estaba explicando con el tono distendido de costumbre, se puso serio de repente:

—En la Catedral de Madrid —dijo— tenemos un santo muy grande.

—¿Quién es?

—Don Francisco de Asís Méndez.

A José María le impresionó aquella respuesta. "Siempre que iba a la catedral —recordaría años más tarde— clavaba en él los ojos y aunque pecara de indiscreto, procuraba escuchar sus palabras. Sin conocerle, le veneraba. Es el influjo que ejercen los santos".

¿Quién era el padre Méndez? Para saberlo bastaba pasear por los alrededores del Seminario durante las noches de frío y ventisca. Los serenos de Madrid, pertrechados con su chuzo y su gran manojo de llaves, estaban acostumbrados a contemplar, bajo la luz amarilla de las farolas de gas, la silueta de aquel sacerdote anciano que caminaba encorvado sobre la nieve, embozado en un amplio manteo y apoyándose tambaleante en su bastón. Se dirigía habitualmente hacia los soportales de la Plaza Mayor, o hacia las garitas de la guardia de caballería, frente a la fachada pálida del Palacio Real. Iba con la seguridad del que sabe lo que busca. Con frecuencia, encontraba allí, entre las sombras, acurrucado en un rincón, a un niño de pocos años, temblando de frío, sucio y vestido con harapos. Lo tomaba entre sus brazos, lo arropaba en su manteo y se lo llevaba, mientras amanecía sobre los tejados de la ciudad.

Para saber quién era aquel sacerdote bastaba también con preguntar a cualquier canónigo de la vecina catedral; o mejor, a cualquier vendedora del Mercado de la Cebada, que estaban al tanto de los dimes y diretes de todo Madrid:

—¿El padre Méndez, el del Porta Coeli? Es una persona muy conocida... Pero yo no sé a qué carta quedarme, porque mire usted, se comenta de todo. Hay muchos que dicen que está loco. ¡A quién se le ocurre ponerse a recorrer esas calles de Dios, todas las noches, con más de setenta años, enfermo como está, para recoger golfos! Y más en días como éstos... Pero él sigue saliendo noche tras noche, llueva, truene, o relampaguee. Y si se pone a nevar como ahora, dice que mejor, que así encuentra más. De día merodea por las puertas de los cafés o de los cuarteles, o se va a las Estaciones del ferrocarril, porque allí hay muchos golfos trabajando de maleteros. ¡Y eso cuando no se va a las covachas, a los suburbios, a las Peñuelas, o a Dios sabe dónde! Yo lo veo muchas veces por aquí, entre los tendejones de fruta, porque ya sabe usted que esos golfos están siempre por estos sitios olisqueando a ver que pillan...

Yo no digo que ese cura no tenga mérito, pero... ¿a usted qué le parece? ¡Con las enfermedades que contagian esas gentes! Que ya lo dice el dicho, por la caridad entra la peste... Dicen que más de una vez, cuando iba con un golfo de ésos, le han hecho bajarse del tranvía. Pero el caso es que convence a muchos de los chicos para que se vayan con él a su Asilo, el Porta Coeli. Los atienden las trinitarias, unas monjas que ha fundado, porque no encuentra hombres que le ayuden...

En el Asilo los pone a trabajar y les enseña un oficio: ebanista, carpintero, impresor; y les enseña la doctrina... a los que le duran, claro está, porque ya sabe usted cómo es esa gente: hay algunos que, a las cuatro horas de haberlos recogido, se le escapan sin decir oste ni moste...

* * *

Mientras se comentaban sus andanzas por todo Madrid, el padre Méndez terminaba de limpiar a uno de los niños abandonados que había recogido durante la noche. Después de curarle pacientemente las heridas infectadas, le preguntó:

—¿Qué tal te encuentras, hijo mío?

El chiquillo abrió los ojos, asombrado, y miró a aquel sacerdote con una mezcla de recelo y extrañeza. Nadie, hasta ahora, le había llamado así. Limpio y bien vestido, el padre Méndez se lo confió a Sor Loreto, una de sus religiosas.

—Ya ve usted —le dijo—: este chico se ha criado sin haber oído decir nunca hijo mío.