Don Leopoldo

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Madrid, cuya arquitectura ocre y abigarrada se divisaba desde los ventanales del Seminario, conservaba, en aquellos primeros años de los "felices veinte", un aire castizo y provinciano. Las modistillas seguían bajando cada 13 de junio por la cuesta de San Vicente para oír misa en la ermita de San Antonio, y las lavanderas seguían ocupando las riberas del Manzanares con sus cubos atestados de ropa entre los tendederos de caña; y todavía se podía oír, cuando arreciaba el invierno, el grito de las castañeras pregonando su calurosa mercancía:

-¡Asás! ¡Calentitas! ¡Castañas de Galicia!

Todavía, por las noches, los faroleros se reunían en la Puerta del Sol para distribuirse las escaleras, las cestas con la aceitera, las torcidas y los paños para limpiar los faroles. Eran aquellos que inmortalizó la canción:

Soy el farolero
de la Puerta el Sol,
cojo mi escalera
y enciendo el farol.
Después de encendido
me pongo a contar,
y siempre me sale
la cuenta cabal.

Una muchedumbre pintoresca atestaba las calles, vestida de trapillo, y se arremolinaba entre los coches de caballos, los tranvías, las carretas y las carrozas de la corona: menestrales, traperos, quincalleros, aguadores, serenos, organilleros, charlatanes, cocheros, caleseros, vendedores ambulantes, mozos de cuerda y un sinfín de castizos que se peinaban con un tupé sobre la frente, a lo Alfonso XIII. Y mendigos; muchos mendigos; muchísimos mendigos...

La capital se preparaba para recibir a su nuevo Obispo, séptimo de la diócesis, que hizo su entrada solemne el 1 de julio de 1923, en plena canícula madrileña. Una entusiasta ovación recibió a don Leopoldo Eijo y Garay a su llegada a la Estación del Príncipe Pío, entre un repique general de campanas.

Y, como no podía ser menos, a comienzos de curso, los seminaristas agasajaron a su nuevo obispo con una gran velada literaria. Vino don Leopoldo y tres seminaristas representaron una pieza escénica en la que remedaban a un andaluz, un italiano y un gallego, aludiendo a los orígenes del nuevo prelado. El Rector no cabía en sí de gozo... que se fue pronto al pozo de los desencantos. "El que hizo de gallego —recuerda Verdasco— encarnó la figura estereotipada del gallego inculto y ordinario, ya conocida. Esto desagradó al doctor Eijo, que se creyó ofendido en su nativa condición, y con agrio tono se dirigió públicamente al Rector, diciendo: Señor Rector, ¡eso no es el gallego!

¡Pobre don Rafael! Con aquello se le aguó la fiesta...".

A pesar de aquel pequeño incidente, la primera visita de don Leopoldo trajo una gozosa consecuencia: la instalación inmediata de la calefacción en todo el Seminario. ¡Se acabaron las tiritonas en la capilla por las mañanas y aquellas largas horas de estudio, envueltos en mantas!

Meses después, con motivo de la fiesta de la Inmaculada, don Leopoldo hizo una nueva visita al Seminario: "Y sin protocolos -recordaba José María García Lahiguera-, rodeado por nosotros los seminaristas, nos narraba, con su peculiar gracejo, su visita reciente al Santo Padre, y terminó diciendo: Para mí, el Seminario es el 75 por cien de la Diócesis. Y comentábamos chicos y mayores: ¡Cuánto nos quiere, porque para el resto de la Diócesis, un 25 por 100!".

* * *

Mientras tanto, en Arriondas, había llegado un nuevo párroco, don Fernando, para sustituir a don Pablo, que había fallecido sin realizar su sueño dorado: terminar de construir la torre de la iglesia. Al principio don Pablo había ideado hacer dos torres; pero poderoso caballero es don dinero y se tuvo que conformar con una, que había empezado a levantar dos años antes. Llegó hasta los siete metros... y ahí se quedó la torre, compuesta y sin campanario, rodeada de andamios, en espera de tiempos mejores.

El nuevo párroco llegó con nuevos bríos: retiró los andamios y promovió la construcción del comulgatorio y la cancela lateral. Los parregueses contemplaban aquello con calma: realmente la iglesia estaba tardando bastante en acabarse, pero no se ganó Zamora en una hora...

En el Seminario se sucedían los cursos y las clases con ordenada monotonía. El Rector se ocupaba de la Teología Moral, Pastoral y Ascético-Mística. Don Eusebio Malo les enseñaba Teología fundamental; un salmantino, don Juan Francisco Morán daba Sociología; y un canónigo de la catedral, madrileño de pura cepa a pesar de su apellido, don Daniel García Hughes, explicaba Historia Eclesiástica. Solo alteraba el horario alguna celebración extraordinaria o alguna visita del obispo que, como recordaba Faustino Cerrato, "era muy amante de los seminaristas. Le gustaban siempre mucho las cosas que hacíamos".