Nuevas costumbres

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

El rector, don Rafael García Tuñón, aunque no era excesivamente mayor, era conocido por los seminaristas, con el apodo cariñoso de el abuelo. El nombre le retrataba de cuerpo entero: había algo en don Rafael de venerable y paternal; y sus consejos delataban la sabiduría de un viejo cura de pueblo. No en vano había sido párroco de Valdetorres, Ciempozuelos y Villarejo de Salvanés, lugares que evocaba de vez en cuando en sus famosas Kalendas, charlas que daba un domingo al mes a todos los seminaristas en el salón de actos; o en las clases de Ascética y Mística,en las que transmitía sus experiencias pastorales a los teólogos de los últimos cursos, junto con algunas enseñanzas prácticas de la vida sacerdotal.

Poco a poco, a lo largo de aquel año, José María fue habituándose a las nuevas costumbres del lugar. Aquí las cosas se hacían con la prestancia y el empaque de la capital. Por ejemplo, el 11 de diciembre se celebraba la fiesta de San Dámaso, patrón del Seminario, con una Misa solemnísima. Venían oradores de postín, que unos años hablaban de Sófocles, otros de Latín y otros del nombramiento de obispos en España; había comida especial, los seminaristas daban un largo paseo y organizaban por la noche una velada literaria de altos vuelos. No se podía hacer menos en honor de aquel Papa madrileño, nacido en el antiguo Matritum e hijo glorioso de la España Romana, al cual sus paisanos desconocían -y siguen desconociendo- casi por completo.

Los domingos tenían clases de escritura y pronunciación, daban catequesis en la Capilla del Seminario a los chicos del barrio de las Vistillas y repasaban, a la hora del recreo, las reglas de ortografía. Sólo se libraban de aquel repaso los que no hubieran cometido ninguna falta durante dos días seguidos... Luego paseaban por la Casa de Campo, donde no era raro encontrarse con los mismísimos reyes, propietarios del lugar. Los jueves, los alumnos de quinto de Teología se repartían por diversos hospitales de la ciudad para visitar enfermos. "La visita a los hospitales de Madrid —recuerda Félix Verdasco— nos venía muy bien. Nos ponía en contacto con la desgracia ajena, y, aparte de adiestrarnos en el difícil arte de hablar al enfermo, ponía en nuestra alegre y, a veces, alocada juventud, una nota saludable del realismo de la vida. Repartíamos a los enfermos cigarrillos y revistas, y algunos nos llamaban padre, y este tratamiento nos sonaba, a nuestros veinte años, tan gratamente como a un estudiante de medicina el de doctor".