Fuera y dentro

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Con su letra pulcra y minuciosa, año tras año, don Manuel Picazo, el Secretario de Estudios, firmaba las papeletas de las calificaciones en la primera semana de junio. En aquellas papeletas pequeñas, cuadrangulares, con una greca de dibujos geométricos en la que iba estampado el sello del Seminario, no había, por lo general, grandes variaciones. Se sucedían uno tras otro, los Benemeritus y los Meritissimus.

El alumno Somoano, por ejemplo, había obtenido el primer curso Benemeritus y Meritissimus en Latín, Historia Sagrada y Geografía elemental; en el segundo, Benemeritus en Geografía universal y Latín; Benemeritus en Latín de tercero, Historia de España, Griego y Retórica...;

Con el paso del tiempo, don Manuel fue firmando los Benemeritus y los Meritissimus en Historia Universal, Poética, Griego y Latín de cuarto... A comienzo de los años veinte firmó la papeleta de Lógica, Ontología, Historia de la Literatura, Aritmética y Algebra. En 1921, la de Metafísica especial, Física y Química, Geometría y Trigonometría. En 1922, la papeleta con las calificaciones de Etica y Derecho natural, Historia de la Filosofía, Fisiología e Higiene, Geología y Agricultura: más Benemeritus y Meritissimus.

Aparentemente, la vida no cambiaba. Aparentemente, dentro, todo seguía igual, con cadencia de rito, con un ritmo sereno, uniforme y ordenado. Fuera se sucedían las revueltas y las revoluciones; las huelgas y los atentados en Cataluña; los fracasos en la campaña de Marruecos: el desastre de Annual... Aquellas tragedias de la Gran Guerra que comentaban los socios del Círculo de Contribuyentes, años atrás, en sus tertulias bajo los toldos, viendo pasear a los alcalaínos por la Plaza de Cervantes, se habían vuelto ahora, al cabo de poco tiempo, una realidad inquietante, terrible y cercana: los periódicos recogían las imágenes sobrecogedoras del Monte Arruit, donde habían perdido la vida miles de soldados españoles. Sus cadáveres, destrozados y mutilados por la barbarie del enemigo, se quedaron sin enterrar durante mucho tiempo, calcinados por el sol africano, formando un inmenso y siniestro cementerio sin tumbas.

Por el contrario, allí, en el pequeño caserón de Santa María la Rica, todo iba sucediéndose en calma, año tras año, sin variar, como la procesión de las Santas Formas que desfilaría, como aseguraba la promesa, hasta la fin del mundo; como los seminaristas -Marcelino López Herranz, José Sevilla y José María Somoano-, que al acabar los cuatro cursos de Latín y Humanidades y los tres de Filosofía, se trasladaban al Seminario de Madrid para estudiar Teología...

De nuevo, sólo aparentemente.