Junto al Rhin alemán

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

La guerra era algo tan bárbaro y terrible como apartado y lejano. Sin embargo, los alcalaínos pudieron ver el rostro humano de la contienda. Un día lluvioso y frío del mes de mayo de 1918 llegó a la ciudad un grupo de alemanes del Camerún que había resistido valientemente a los ingleses. Poco después, arribó una tripulación de submarinistas que desafiaban el frío de la meseta con sus camisas descotadas y que causaron la admiración general . ¡Y, además, se bañaban en el río en pleno invierno! Más tarde hicieron acto de presencia otros personajes pintorescos, como un general boer y un capitán turco. La ciudad adquirió, de pronto, un insospechado aspecto cosmopolita. "Los alemanes traían unas grandes barbas —recuerda Inocencio Casas— y les escuchábamos cantar viejas canciones guerreras cuando salíamos a jugar a la huerta del Seminario". Eran cantos patrióticos que rompían los tímpanos neutrales de los naturales del lugar:

Es brauts ein Ruf wie Donnerball
mit Schwertgeklirr und Wogernprall
zum Rhein, zum Rhein,
zum Rhein zum deutschen Rhein.

Fermenta un grito cual la bola del Trueno,
con fragor guerrero y azote de olas
junto al Rhin, junto al Rhin,
junto al Rhin alemán.

"Durante aquellos años del Seminario —recuerda Leopoldo Somoano— mi hermano José María nos escribía unas cartas largas, muy largas, que desgraciadamente se han perdido, en las que nos relataba diversos aspectos de su vida de seminarista: sus compañeros, sus profesores, sus progresos en el Latín...

Esperábamos ansiosos su vuelta a casa en verano. ¡Qué ilusión, en junio, cuando regresaba! Todas las tardes nos llevaba a bañarnos al Sella o a jugar al fútbol".

"Mi madre -recuerda Cristina- nos contaba siempre que al volver de Alcalá traía los libros que le habían dado de premio en el Seminario, junto con una buena caja de almendras garrapiñadas. Ella disfrutaba especialmente durante aquellos meses. No le quitaba los ojos de encima; y como era gran aficionada a la lectura, le pedía que fuera leyéndole aquellos libros, en voz alta, mientras cosía o se ocupaba de las tareas de la casa".

Mientras tanto, la familia iba aumentando: en mayo de 1918 había nacido otro chico, Víctor. Ya estaba acostumbrado José María a encontrarse, casi cada verano, con un nuevo hermano en la familia...

"Creo recordar que durante el verano de ese año —cuenta Casas— fui a visitar a una tía mía que vivía en Pola de Lena y me acerqué hasta Arriondas para visitar a José María. Me encantó el ambiente de su casa, con tantos hermanos: un ambiente grato, amable, divertido, y muy cristiano. Un día fuimos de peregrinación a Covadonga; otro, nos fuimos de excursión a la montaña, y por poco no lo contamos, porque nos cogió un nublado tan tremendo que llegué a pensar que no salíamos de allí...".

Durante aquel verano de 1918 Arriondas se puso de gala. Se celebraba el duodécimo centenario de la batalla de Covadonga y el 8 de septiembre los Reyes de España en persona asistieron a la solemne coronación de la Virgen. Fue un acto inolvidable. Don Victoriano Guisasola, el Primado —que era asturiano—, coronó a la Santina en medio de un gran gentío que comenzó a aplaudir entre las melodías de las bandas de música y el estruendoso estampido de los morteros.

En octubre de 1919, una vez superados los cuatro cursos de Latín, Somoano, ya con diecisiete años, se dispuso a estudiar los tres años preceptivos de Filosofía. Y de nuevo, a comienzo de curso, cuando ya estaba de vuelta en Alcalá, recibió otra grata noticia: había nacido una nueva hermana, María Cristina.

También el Seminario acrecentaba, curso tras curso, el número de alumnos. Durante aquel año serían unos 300, de los que 120 eran internos. Y varios años después, en febrero de 1922, cuando estudiaba tercero de Filosofía, en su último año de Seminario menor, nació su último hermano, Máximo, a quien siempre llamarían Maximín. ¡Ya eran once hermanos!

Doce hubieran sido, de no haber muerto Luis...