Huellas en la nieve

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Durante uno de aquellos días de frío, un chico de la misma edad que Somoano, caminaba por la calle Mayor de Logroño, delante de la fachada trasera del Colegio de los Maristas. Al llegar a la altura del patio de juegos, en una zona conocida como la Costanilla, vio en el suelo cubierto de nieve algo que le llamó poderosamente la atención: las huellas heladas de unos pies descalzos. Eran las pisadas de un joven carmelita que caminaba descalzo con una leve sandalia de cuero sobre el pie desnudo por amor a Dios.

Aquello fue como un fogonazo de luz en su alma. "Si otros hacen tantos sacrificios por Dios —pensó aquel chico—, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?".

Fue una señal decisiva. Entendió, de pronto, que Dios le estaba llamando. Sí; le estaba llamando, le estaba pidiendo algo con fuerza inusitada, poderosa, profunda... pero ¿qué? ¿Dónde? ¿Para hacer qué?

No lo sabía.

Se llamaba Josemaría Escrivá. Era aquel chico del que decía su madre, doña Dolores, que la Virgen lo había dejado en este mundo para algo muy grande. Ahora Josemaría vislumbraba oscuramente los perfiles nebulosos de ese algo en su corazón... Y años después comentaría: "Vino Jesús a mi alma como viene el amor: sicut fur, como un ladrón, en el momento más inesperado", comparando aquella llamada interior con el grito de Isaías: yo te he llamado por tu nombre porque eres mío.

El Señor le quería para El. Lo había entendido. Debía ser, sin reservas, enteramente suyo. Dios le había indicado la dirección: la entrega plena. Pero no había señalado el camino: la llamada había sido imperiosa y al mismo tiempo vaga, indefinida. Era sólo un murmullo, casi un susurro... un susurro que se le había clavado en lo más hondo del alma. "Barrunté el Amor, la llamada de Dios, que quería algo. Yo no sabía lo que era".

Y decidió hacerse sacerdote. De ese modo —pensó— podría llevar a cabo ese querer de Dios que barruntaba en su alma. Se lo dijo a sus padres, buenos cristianos, e ingresó poco después en el Seminario de Logroño.

Fue un acto de fe y de generosidad sin límites. No esperó a conocer la Voluntad de Dios para ponerse en camino. Se puso en camino precisamente para cumplir cuanto antes esa Voluntad de Dios que desconocía. No sabía qué era, aunque tenía la certeza de que todo aquello era algo grande, algo maravilloso, algo divino; algo -comentaría años después- "que todavía estoy paladeando y que me ha endulzado la vida".