El gran día

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

En el Seminario se esperaba aquella fiesta con especial ilusión. Era la conmemoración de la entrega de 42 hostias incorruptas, robadas de tres sagrarios distintos en 1567 y entregadas al padre Juárez en mayo de aquel año por un penitente desconocido.

Era uno de los momentos culminantes de la vida de la ciudad. A las cinco y media de la tarde comenzaban a desfilar los infantes con sus uniformes de gala, los batidores y los soldados de caballería, con sus chaquetillas rojas y sus altos kalpaks de plumas blancas. Cubrían la carrera los regimientos de Lanceros de la Reina y el Príncipe, que tras el toque de clarín, rendían armas entre el alegre campaneo de las iglesias. Luego, sonaban los compases de la marcha real y don José Rodríguez colocaba en lo alto el pesado viril con las Santas Formas. La carroza comenzaba a avanzar, solemne, bajo una lluvia de flores, por el empedrado tosco, entre el tintineo de las campanillas de plata de la custodia, regalo del cardenal Spínola, acompañada por los miembros del clero local, revestidos con ornamentos de la época de Cisneros. Por último, venía el palio barroco de ocho varas.

El Ayuntamiento asistía en pleno, de rigurosa levita, cumpliendo el voto que hicieran sus antecesores el 28 de enero de 1626, al librarse de una inundación. Rezaba el acta capitular que habían prometido acudir, bajo mazas, a la misa por la mañana y a la procesión por la tarde, hasta la fin del mundo. Tras ellos, unos funcionarios municipales portaban las chisteras de los señores ediles en una gran batea de mimbres.

Todos los alumnos del Seminario desfilaban en la procesión acompañando las reliquias de los Santos Niños y la urna de plata repujada con el cuerpo incorrupto de San Diego de Alcalá. Los alcalaínos los contemplaban, luciendo sus mejores galas, orgullosos de la presencia de los forasteros, entre los que destacaban los segadores del Levante, si la fiesta caía en fecha alta, con sus grandes sombreros negros. Se veían caras conocidas, gentes de abolengo y apellidos de lo más granado de Madrid: y es que de estas cosas -comentaban las vecinas— por mucho que digan las señoritingas, no tienen en la capital....

Por la tarde, los alcalaínos solían disfrutar de una función de género chico en el Salón Cervantes. "Y al menos por una vez salimos del peliculeo cinematográfico semanal -comentaba el cronista local de El Eco de Alcalá-. Y no es que yo abomine del cine, no; soy acérrimo entusiasta de ese maravilloso invento. Es que hay necesidad de variar, porque en la variedad está el gusto, y en este pueblo, hay personas de muy buen gusto".

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Don Vicente escribió al Rector pidiéndole informes sobre la marcha de su hijo. La respuesta de don Manuel le llenó de orgullo: "Es un niño muy bueno y aplicado y en todas sus cosas revela una excelente educación".

Así fueron pasando los primeros años de José María Somoano en el Seminario: años de estudio y de formación, en los que se fueron acrisolando sus virtudes humanas y espirituales, y en los que su alma se fue adentrando, poco a poco, en los caminos del trato con Dios.

Fue un tiempo duro, qué duda cabe. La disciplina era exigente; las renuncias, muchas. Pero la correspondencia plena y generosa a las exigencias de su vocación dieron a aquel adolescente -que se iba convirtiendo en un muchachote joven de quince años, aspecto vigoroso y mirada profunda- las fuerzas necesarias para luchar, día tras día, con la ilusión de que años más tarde -muchos años más tarde- sería ¡al fin! sacerdote de Jesucristo...