El Seminario menor

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Debió de ser un cambio brusco y duro para aquel adolescente de trece años que nunca había salido de su entorno familiar. Tras un larguísimo viaje —aunque no tan largo como algunos años atrás, cuando sus paisanos cantaban asombrados: es tanta la violencia/ que lleva el ferrocarril/ que en veinte horas se planta/ desde Gijón a Madrid—, había arribado, en los últimos días de septiembre, a esta ciudad famosa por su antigua Universidad, con grandes edificios de color pajizo, donde todo le resultaba novedoso. Había cambiado el pequeño valle asturiano de su infancia, verde y húmedo, con ríos salmoneros y montañas difuminadas entre nieblas invernales, por la inmensa llanada alcalaína, seca, amarillenta, pobre, austera, pletórica de luz en medio de la monotonía agreste de Castilla.

Aquí, en Alcalá, todo era distinto: al bajar del tren y cruzar la estrecha portezuela de la estación, de la mano de su padre, sus ojos asombrados fueron descubriendo el sorprendente estilo neomudéjar del hotel Laredo; la plaza de Cervantes, que era mucho mayor que la de su pueblo, y tenía, además, un quiosco de música; el Círculo de Contribuyentes, con sus grandes toldos blancos en las ventanas; la calle Mayor, con sus soportales de piedra; la casa donde nació Cervantes... Al final de la calle estaba la Plaza de los Santos Niños, con la iglesia Magistral, en reparación desde hacía algunos años, que mostraba orgullosamente en sus muros los escudos de armas de Cisneros. Por todas partes, conventos, palacios, iglesias y cuarteles de piedras doradas por el sol, con altos campanarios que se recortaban a bisel sobre el azul del cielo.

Un poco más allá de la Plaza, torciendo a la izquierda, en el callejón de Santa María la Rica, estaba el Seminario. Era un caserón sencillo y modesto. Desde el portón de entrada se atisbaba el espacioso zaguán, un patizuelo rodeado de columnas con una fuente de mármol en el centro y una escalera de madera con barandales de hierro. Entraron. Les enseñaron la capilla y las habitaciones, que estaban en el primer piso. Todo era humilde y discreto, de una sobriedad castellana, severa y recia, que contrastaba con la alegría ruidosa de aquel puñado de adolescentes que subían y bajaban riendo por las escaleras.

Una vez hechas las presentaciones de rigor, en cuanto su padre se volvió a Arriondas, José María fue conociendo a sus nuevos compañeros. En su curso estaban catorce, contándole a él: José Sevilla Seco, Marcelino López Herranz...

Ya tengo amigos —explicaba en su carta— de 1er curso y alguno de segundo pero el mejor amigo que tengo es uno que se llama Ramón García y es de Llanes, va en segundo curso. En segundo curso estaban veintidós, y pronto se haría amigo de algunos de ellos: de Ramón García y García, que en seguida cobraría fama por su facilidad para versificar; de Avelino Obesso, que era de Bolmir, un pueblecito cerca de Reinosa; de Francisco Navarrete, un andaluz de Saviote, de la provincia de Jaén; o de Inocencio Casas, un segoviano que conservaba, al cabo de los años, un recuerdo nítido de aquellos tiempos:

"José María -recuerda Casas- era sencillo, alegre, estudioso; un chico sano y bueno, con una vocación muy clara hacia el sacerdocio, que había experimentado con fuerza desde pequeño, como nos había sucedido a la gran mayoría de los que allí estábamos.

El Seminario —explica- contaba con un plantel de profesores bastante reducido. El Rector era un asturiano, don Manuel Fernández, que era Abad de Alcalá. Otras clases corrían a cargo del Administrador, un canónigo anciano, muy elegante, que se cortaba personalmente la ropa y nos contaba sus andanzas en la guerra de Cuba. Don Eduardo Ardíaca nos explicaba Latín e Historia de España; don Luis Alonso Muñoyerro nos daba Historia Universal, don Eduardo Llorente era el Prefecto de Disciplina; don Samuel Ramos nos daba música... la Geometría y la Trigonometría nos las daba don Longinos. Y recuerdo a pocos profesores más, salvo a un hermano del Rector, don Aquilino, que nos explicaba Etica y Derecho Natural; a don Marcial Plaza, que era Subprefecto de Disciplina; y a don Pablo Herrero, canónigo de la Magistral y primo carnal de mi madre, que nos daba clases de Metafísica.

La capilla del Seminario era de estilo neogótico, y estaba pintada en azul claro, con un evangelista en cada esquina del presbiterio y un gran cuadro que representaba el martirio de los Santos Niños. No cabíamos casi: los pequeños se sentaban delante y los mayores detrás.

Dormíamos en unas habitaciones que contaban con lo imprescindible: un catre de hierro, una mesilla, una percha, una silla y un palanganero. Los pequeños dormían en habitaciones comunes, de cuatro o cinco camas. Los mayores, en individual. Eramos unos sesenta. Eso explica que nos conociéramos mucho todos. Estábamos divididos en siete cursos lo que daba una media de unos siete a diez alumnos por clase".

Eran en total setenta y cinco seminaristas y las penurias económicas del Seminario se ponían de manifiesto en el texto del Reglamento: Traerán los alumnos de sus casas un colchón y dos almohadas de lana; sábanas, fundas de almohada, tohallas y servilletas en número de cuatro; un peine, unas tijeras, (...) cubierto y vaso.

"Todo estaba muy reglamentado -recuerda Casas-. Al llegar nos asignaban un puesto fijo en el comedor; y luego, con el transcurso de los años, íbamos ascendiendo hasta una mesa cada vez más cercana a la de los Superiores...

De la cocina se ocupaba la señora Gil, que tenía un hijo en el Seminario. Y como no andaba la economía para muchas florituras, por los seis reales diarios de pensión que nos cobraban, nos acababa poniendo todos los días lo mismo, salvo el día de los Santos Niños o alguna fiesta de relumbrón. De merienda nos daban tres higos... si era tiempo de higos; y algunas jícaras de un chocolate que fabricaban unos frailes de la parte de Palencia. Todo eso, a pesar de que nos trataban muy bien, resultaba bastante duro para unos chicos de trece a quince años, como nosotros, que en su gran mayoría era la primera vez que salíamos de nuestra casas. Yo había venido de Segovia, y mi primer viaje en tren desde Madrid a Alcalá me pareció una gran aventura...

El Administrador se las veía y se las deseaba para sacar aquello adelante; por eso, el 1 de junio, en cuanto se terminaban las clases, nos enviaban enseguida de vuelta a nuestras casas.

De entre los profesores, recuerdo especialmente a don Práxedes Pinilla, el superintendente. Era un hombre muy divertido: firmaba Práxedes Pinilla y López-Cañadilla, canónigo de esta Villa. Era muy bueno y paciente con nosotros. Vigilaba nuestras correrías durante el recreo, por entre los árboles de la huerta, sobre cuyas tapias se veía la iglesia de las Claras. Organizaba también los paseos por el campo. ¡Aquellos paseos! Salíamos por las calles de Alcalá, todos en fila de a dos, con unos bonetes de cuatro puntas, sin borla, con la sotanita y el manto con las becas moradas flameando al viento...".

Los vecinos de Alcalá estaban acostumbrados a contemplar, los jueves y los domingos, aquella larga fila de seminaristas, entre militares de uniforme, vendedores que pregonaban sus mercancías —¡Fresa! ¡A la rica fresa! ¡Requesoneeeero!—, y parejas que iban a escuchar el concierto de la banda de Wad-Ras. Los niños preferían acudir al tam-tam del tambor de la hija de Caroly, el húngaro ambulante que hacía bailar en la Plaza un oso y una mona; y que levantaba a pulso —¡oooooh!— una barra con dos grandes bolas de hierro...

"Los seminaristas —concluye Casas— formábamos parte de la vida cotidiana de la ciudad y asistíamos a las grandes fiestas litúrgicas, como la de las Santas Formas, a la que se tenía gran devoción en Alcalá y en los pueblos de alrededor".