La vocación

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

En cuanto a su vocación al sacerdocio... por lo que nos contó mi madre, sé que fue siempre un chico bueno y piadoso; y he sacado la conclusión de que aquella fue la única y la gran ilusión de su vida. Siempre y sólo quiso ser eso: sacerdote.

Muchas veces, al oír que faltan vocaciones sacerdotales, he reflexionado sobre esto... y pienso que la vocación de José María fue un don de Dios que creció en tierra buena; una tierra que mi madre cultivó a fuerza de sacrificios, y en la que sembró ideales de entrega y santidad. Y estoy segura de que Dios escuchó sus oraciones, su ilusión por ser madre de un hijo sacerdote, y que aquella mirada, durante la procesión de la Primera Comunión, fue la respuesta de José María...

Veo también que los padres pueden enseñar a sus hijos a amar a Dios desde muy niños... y me pregunto a veces si, más que vocaciones al sacerdocio, lo que falta realmente son padres verdaderamente cristianos que sepan sembrar esos deseos de entrega en el alma de sus hijos... ¡Qué ilusión tuvo mi madre cuando José María le dijo que quería irse al seminario! No hacía más que decir:

-¡Qué alegría! ¡Qué alegría! ¡Dios me concedió lo que le pedí y vamos a tener en casa a un hijo sacerdote!

Comprobaron luego mis padres que era una decisión libre y firme; se pusieron en contacto con don Manuel Fernández, un sacerdote de Cornellana, amigo de la familia, que era abad de la Colegiata de Alcalá de Henares, y convinieron que José María iría a estudiar al Seminario que había allí.

A José María le debió costar mucho aquella separación. Alcalá estaba lejos y éramos una familia tan unida y feliz... y siempre cuesta dejar a la propia familia. Pero mi madre nos había enseñado a poner siempre a Dios en primer lugar. Y ahora me doy cuenta de cuánto le debió costar también a mi madre verle partir para el Seminario y de cuántas cosas tuvieron que privarse mis padres para formar una familia numerosa y cristiana. Pero el Señor era lo primero para ella, como nos recordaba cada primer viernes de mes, cuando nos vestía con nuestras mejores galas:

-Mirad, hijos míos: Dios es lo primero; siempre lo primero. Y se merece lo mejor....